-¡Permiso para hacer fuego, mi capitán!

-Concedido

-Fuego… fuego… ¡fuego!

Silencio. Debería, pero no suena nada. Hay risas de esas que son puro nervio, de las que buscan un compañero cómplice con la mirada. Si no explota, toca la parte fea. Tocaría salir del refugio, abandonar la seguridad del grosor de esas paredes e ir al sitio del que todos huyen. Tocaría acercarse, ver en la distancia si hay humo y, si no, ir a poner las manos sobre una mina anti carro que por algún motivo no ha explotado y que ha multiplicado su peligro de repente. 

Por supuesto, el que se tendría que acercar es el que ha puesto mal la carga que intentaba neutralizar la mina. Aunque se trata de un ejercicio, por unos segundos ha tenido una parte demasiado real. Cuando la explosión controlada no explota, todo se complica. Pero… boooom… un final feliz de pólvora retumba. Al final no pasó nada, aunque no sería la primera vez que sí que pasa algo

Que el fallo momentáneo no distraiga, seguimos en la élite. EL ESPAÑOL ha visitado el Centro Internacional de Desminado (CID) que el Ejército tiene en Hoyo de Manzanares (Madrid) en un curso de desminado que se está impartiendo a miembros de distintos ejércitos de la Organización de Estados Americanos. Pocos saben que en la pequeña localidad de Madrid se esconde una academia que es adalid en la materia para la OTAN, desde que se creó en 2002, y por la que han pasado para formarse militares de medio mundo. 

A poca distancia del campo de prácticas se encuentra el comandante José Luis Aguado, una eminencia en ir a esos sitios de los que el resto huye. “Él está aquí desde antes que esto existiera”, bromea un oficial. Aguado pasea por el interior del CID y explica con entusiasmo los distintos tipos de minas que tienen expuestos. Están desde las claymore de los videojuegos hasta unas de la Unión Soviética, de madera y apariencia casi artesanal. “Perdona si me enrollo, es que me gusta mucho”, dice. “Ésta no se qué hace aquí, la habrán puesto los de la limpieza”, ríe, porque por categoría debería ir en otro estante. Para un ojo inexperto casi todas son iguales. 

Aguado, desactivando la última mina junto al entonces presidente, José María Aznar, y el ministro de Defensa, Federico Trillo. E.E.

Pero pronto la cosa se vuelve solemne. Junto a su despacho cuelgan unos retratos. Todos son hombres, algunos jóvenes, otros no tanto. Una bandera da seriedad y hay una vitrina con ropa y objetos rotos. Los retratos son de los desactivadores de minas caídos en servicio y en la vitrina están algunas de las cosas que llevaban encima en el momento de su muerte. Llama la atención una boina azul, de las de la ONU, llena, entera, de agujeros. 

Cuatro días con una bomba de la Guerra Civil

“Los que elegimos esta especialidad es porque es un reto”, reconoce Aguado. “Es algo peligroso, pero cuando hay peligros la gente quiere hacerlos y obtiene una satisfacción por ello”, añade. “A mí me movió esa satisfacción profesional pero también la sensación de hacer un bien para la sociedad. Es algo peligroso, pero el que lo hace no es que esté mal de la cabeza, es que alguien tiene que hacerlo”, dice. 

“Es gente que sabe lo que hace y sabe el riesgo y lo asume, porque hay que hacerlo”, comenta mirando al café que se acaba de echar. “Para ello, la mejor seguridad es la formación, porque mejor afrontas el peligro. Si no, te entra el pánico y mejor que no toques”, añade. Y comenta que hay gente que no vale para ello, que algunos de sus compañeros se han cansado de vivir constantemente con esa tensión de si el cable rojo o el azul.

Un brigada, explicando cómo desactivar una granada de un lanzagranadas C90. Silvia P. Cabeza

Aguado tiene 60 años y lleva los últimos 40 en el Ejército. Comenzó como sargento e hizo un curso de Operaciones Especiales, los llamados Boinas Verdes. Después, pasó a ser escolta de generales en los años duros de ETA y acabó cambiándolo por la Brigada Paracaidista, como teniente. Ahí acabó en Bosnia, donde fue teniente de zapadores y tuvo su primera experiencia con minas. Fue el 19 de junio de 1993, no se le olvida. 

“Estábamos haciendo un rescate de cuatro muertos que se habían caído en un vehículo al río”, recuerda. “Pero en el camino aparecieron dos minas de fragmentación, del tipo PMR2A, y me dieron a mí la orden porque los soldados no eran profesionales todavía, eran voluntarios”, cuenta. “Se consideró que yo era el que más sabía. Y es que habíamos tenido una formación muy buena en la brigada paracaidista, éramos los mejores de toda España”, dice. Por suerte, todo salió bien, por eso ahora lo puede contar. 

Después de Bosnia, Aguado volvió a casa y en octubre de 1988 entró al equipo de desactivación de explosivos de la I Región Militar. Fue como voluntario, era lo que le gustaba. Ahí se dedicó sobre todo a desactivar explosivos que habían quedado de la Guerra Civil. “La actividad era frenética, en un día llegamos a quitar hasta tres explosivos”, recuerda.

Con su experiencia, Aguado ha visto de todo, partes del cuerpo cercenadas, compañeros caídos... pero la misión que más le marcó fue la que tuvo que llevar a cabo en el Alcázar de Toledo, donde pasó cuatro días al lado de una bomba de la Guerra Civil. El Alcázar fue duramente asediado durante la contienda y reconstruido dejando explosivos en su interior. “Ese trabajo fue muy complicado, fueron cuatro días en un agujero picando para sacar un proyectil que estaba a metro y medio de profundidad”, cuenta. 

Aguado, junto al proyectil de la Guerra Civil en el Alcázar de Toledo. E.E.

La tensión era máxima. La propia vibración de la gente que trabajaba alrededor podría haber hecho que explotara. Cuanto más antiguo, más impredecible. Además, uno puede tocar un artefacto explosivo cinco veces y que no pase nada y que a la sexta sí, sin avisar, viviendo en el filo. “Nos preguntaron los bomberos que qué hacían si explotaba. Nada, que se tomaran un café, porque cuando entraran no iba a quedar gran cosa del que estaba trabajando ahí”, dice sobre él. “Ahí sí que no tenías ninguna posibilidad de supervivencia”, añade. Quizás por eso en las fotografías sale sin traje protector, no habría servido de nada.

Pero el tiempo ya ha pasado y Aguado ya no está en ese frente que deja la guerra cuando se va. Ahora se dedica a formar y como asesor técnico en operaciones reales. No hay que confundir, de todas formas, no ha abandonado la primera línea y ha trabajado en múltiples ocasiones en Afganistán, Irak y en varios países de Iberoamérica. “Soy un comandante raro. Tengo 60 años pero siento que puedo aportar algo, que todavía puedo enseñar algo”, se sincera.

El CID como baluarte contra las minas

Antes de terminar la entrevista, Aguado cuenta otra anécdota de Bosnia. Recuerda que estaban patrullando y desde el exterior de una casa se podía ver que la mesa de dentro estaba llena de dinero. A un soldado de su equipo se le ocurrió que podrían llevarse parte de esos billetes como recuerdo, ya que no valían demasiado. Podría haber sido el último error que cometería el soldado. 

“Tú tienes ahí una cosa que te llama la atención, puede ser el dinero o una cartera tirada en el suelo”, explica Aguado. “Pero sólo con abrir la ventana, o poner un pie dentro, o levantar el fajo de billetes te puede salir una carga tremenda”, dice. “¿Está tirado ahí o lo han preparado para que un iluso lo mueva? Porque te pueden cazar en cualquier cosa”.

Desde que destruyó las minas que tenía, España se ha centrado en el entrenamiento para desactivar explosivos. Silvia P. Cabeza

Las minas, hablando bien y pronto, son una crueldad, especialmente las anti persona. Son la materialización del ingenio humano empeñado en matar. Son creativas a más no poder y si el enemigo, sea el que sea, descubre cómo trabajan para desactivarlas encontrará alguna forma de que exploten en esas labores. 

En el Centro Internacional de Desminado tienen expuesta una bota que ha pisado una mina. La punta del zapato está intacta, pero el talón está reventado. A esa persona habría que amputarle el pie. Pero no la mataría, no busca eso. Es mucho más rentable que al enemigo haya que rescatarlo, gastar tiempo personal y dinero en ello. Y está el efecto psicológico: un rescate profesional de alguien que ha pisado una mina lleva como poco 15 minutos, porque podría haber más. Ese cuarto de hora es puro sufrimiento, puro grito, y la imagen de un compañero que ha perdido parte del cuerpo. 

Por eso, en 1997 se firmó el Tratado de Otawa que entró en vigor en 1999 y buscaba poner fin al uso de minas antipersonales. Fue en parte gracias al esfuerzo de Diana de Gales, que había abanderado la lucha contra las minas, poniendo un rostro mediático. Los que lo ratificaron - no lo hicieron Estados Unidos, China y Rusia, entre otros- se comprometían a terminar con la utilización, así como el almacenamiento, producción y venta de este tipo de arma. 

Aguado, frente a un traje especial de los que se usan para desactivar explosivos. DRV

España recogió bien el guante y en enero de 1998 el entonces presidente, José María Aznar, acudió a Hoyo de Manzanares a un acto en el que se destruía la primera mina antipersonal. Por aquel entonces, el país tenía 819.678 minas en almacenamiento y los restos de esa primera destruida los guardó el expresidente en La Moncloa. Casi tres años después, en el año 2000, Aznar volvió para ver cómo se destruía la última de ellas. Fue el Comandante Aguado el que hizo los honores

Como algunos de los ejércitos con más medios del mundo no habían querido ratificar el acuerdo, España logró colocarse a la cabeza de la lucha contra las minas y en 2002 se creó el Centro Internacional de Desminado. Se hizo sobre la base del Grupo de Explosivos, Minas y Artefactos No Reglamentarios que ya existía en la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares. Su objetivo desde entonces es la “formación en desminado humanitario en beneficio de la comunidad internacional”, tanto para ejércitos extranjeros como para las distintas ramas del patrio. 

No es un trabajo para valientes

“No te preocupes, Carmen, deja la granada en el suelo”. De vuelta en el campo de prácticas el brigada Barroso bromea con la única mujer del grupo de militares de la Organización de Estados Americanos. El no te preocupes viene porque Carmen está sujetando entre sus manos la granada de un lanzagranadas C90, de esos que usa el Ejército español cuando quiere acabar con un tanque. “De verdad, no hay problema, Carmen, tus trozos los repatriaríamos a tu país”.

Se lo toman con humor, eso sí, sólo cuando toca. Detrás de cada uno de ellos hay un por qué a ese enigma de acercarse a los explosivos. Los colombianos, por ejemplo, cuentan que algunos han tenido familiares víctimas de minas y que por eso están ahí. Otros, porque simplemente quieren ayudar a desminar su país. 

Lo cierto es que hoy es su primer día en un nivel EOD 3, el más alto en la jerarquía de desminado humanitario. Y para estrenarse lo están haciendo en un campo lunar que antes no lo era, pero que a base de pólvora ha ido almacenando cráteres y trozos de metralla por doquier. Si pasan este nivel, que no todos lo harán, volverán a sus países convertidos en algunos de los que más saben del tema. No en vano el curso está valorado en 11.000 euros por persona. 

Miembros de los ejércitos de la OEA, en el Centro Internacional de Desminado de Hoyo de Manzanares (Madrid). Silvia P. Cabeza

En total son 9, de Brasil, Colombia, Panamá, Perú y Uruguay y van a pasar 14 semanas entrenándose en cómo neutralizar minas y otros tipos de artefactos explosivos. Además, tienen que trabajar por parejas, para no bajar la guardia y no estar solos en eso. La pareja no es simplemente un compañero de trabajo, es la única compañía, el único apoyo psicológico y la única persona con la que se habla cuando se tiene en las manos algo que podría volar un edificio. 

Es un trabajo muy peligroso y que por eso se desarrolla de manera extremadamente lenta. La guerra en sí funciona despacio, no se da un paso que podría ser fatal. Y aquí son unos profesionales después de todo. La desactivación de minas no es como en la película En tierra hostil donde un personaje le dice a otro: “¿Te das cuenta de que cada vez que intervenimos es a vida o muerte? Lanzas el dado y te la juegas”.

“Esa película ha hecho mucho daño”, dice uno de los instructores de la práctica. “Ahí buscan un héroe de Hollywood pero lo que hacen es poner a un loco, nada que ver con la realidad”, añade. “Antes de entrar en un equipo como estos hay que ser sereno e inteligente”. Los valientes son los que antes vuelven a casa, y lo hacen en cajas de madera.