Pepe Barahona Fernando Ruso

"Soy hombre y menstrúo", descerraja Álex.

La primera vez que Álex, con diez años, dijo que era chico venía del colegio con su madre. “Mamá, yo no soy una niña, yo soy un niño”, le explicó. La firmeza de la decisión sorprendió a Carola, acostumbrada a las dudas de su hijo. “Sabía que algo pasaba, que estaba encajando el proceso”, explica ella. Antes había dicho que era bisexual, lesbiana, género fluido. “Estaba conociéndose”, razona la madre.

Pero la postura rotunda de Álex sorprendió a Carola. “Le pedí tiempo, y fue un error”, explica ella. “Lo interpreté como algo rígido, sólido, estático” y me impactó”. A la mañana siguiente Álex reprendió a su madre: “Mamá, te dije que era un niño y me has cuestionado, no necesito tiempo, soy un niño”. “¿Álex?”, respondió ella. “Pues Álex, al colegio”.

Una de cada mil personas es trans, un término que hace referencia a las personas que no se sienten identificadas con el sexo y género que se les asignó al nacer. La palabra trans engloba a quienes se definen como transexuales o transgéneros.

Para ellos, Unidos Podemos registrará en el Congreso este viernes 23 de febrero una proposición de ley integral de transexualidad. El hito es fruto de las conversaciones que la Federación Plataforma Trans, que aglutina al 97% de las entidades de este colectivo de toda España, ha mantenido con los distintos partidos políticos del arco parlamentario.

La norma que llevará el partido de Pablo Iglesias al Congreso se basa en la ley integral sobre transexualidad que aprobó el Parlamento Andaluz en julio de 2014. Una norma pionera a nivel mundial en la que se regula el acceso a la sanidad, a la educación, al mercado laboral y se garantiza la libre determinación de la identidad y expresión de género. También para los menores.

La ley andaluza permite a los menores el acceso a la hormonación y los bloqueadores hormonales sin necesidad de la autorización de los progenitores o de un tutor legal. También sin el obligatorio dictamen de un psiquiatra que diagnostique disforia de género, un proceso que patologiza al colectivo trans y que es obligatorio en otras comunidades autónomas.

De momento, Álex no usa bloqueadores hormonales, que elimina la menstruación, ni toma testosterona. “Sé que la ley andaluza me da el derecho a tomarlos —asegura—, aunque ahora no quiero hacer uso de ellos”. “Por menstruar no me va a pasar nada, es algo que hacen las mujeres, y los hombres”, insiste el chico, menudo con el flequillo largo y rubio, que cursa Primero de la ESO y juega al fútbol en uno de los equipos de su barrio. "Soy un hombre que menstrúa todos los meses", enfatiza.

Pero Álex no oculta que busca recurrentemente información en Google y pregunta a su madre sobre la hormonación. “No sé qué pasará dentro de tres años, cuando me crezca el pecho y quiera dar el paso, quizás sea muy tarde y solo me quede el recurso de la operación”.

“Ahora estoy cómodo con mi cuerpo”, resuelve Álex.

Soraya (66 años) y Álex (12 años) no se conocen. Ambos viven en Triana; la primera, en el arrabal; el segundo, casi en la linde del barrio con la Vega. Entre ellos median 54 años. Una fue cantante folclórica, el otro sueña con ser programador de videojuegos. Los dos comparten un axioma: “Los genitales no tienen nada que ver con ser hombre o mujer”.

SORAYA SIEMPRE SE SINTIÓ MUJER: "NUNCA ME OPERÉ"

“Cuando Franco era cadete, no había ni gays, ni homosexuales, ni transexuales —sostiene Soraya—; éramos todos maricones”.

A Soraya la bautizó La Esmeralda de Sevilla, una conocida artista trans, famosa por sus deslenguadas coplas y sevillanas que regentó una venta con reservados a las afueras de la capital andaluza. Le puso ese nombre por los ojos claros, “como los de Soraya, la princesa del Sha de Persia”, justo a los 16 años, cuando la vistió de folclórica, la subió al escenario y la puso a cantar el repertorio de Marifé de Triana, Juanita Reina o Concha Piquer.

Soraya siempre se sintió mujer. A los 14 ya se maquillaba y vestía como tal con la bendición de sus padres. Supo de la palabra transexual años más tarde, cuando viajó a Madrid. “Antes se le decía solo a las que estaban operadas”, recuerda. “Yo nunca me operé —se contesta—, y no fui menos mujer”. “Eso sí, las hormonas nos las poníamos por carros, ¡no sé cómo no nos hemos muerto todas!”, comenta con una media sonrisa. No había más médico que el de oídas, ni más receta que la recomendación de una amiga.

Soraya, 66 años. llegó a ser arrestada hasta trece veces en una misma noche durante la dictadura. Fernando Ruso Fernando Ruso

“Todas nos poníamos la misma marca, sin controlar la dosis; muchas se tomaban en una semana el tratamiento de un mes porque se creían que así iban a hacer efecto más rápido”. Las cajas llegaban de Andorra. “Progynon Depot. De 100. En pastillas”, detalla a sus 66 años Soraya, nacida y residente en el barrio de Triana, en Sevilla.

Cuenta que durmió no pocas veces en los calabozos. Que la llegaron a arrestar hasta 13 veces en una misma noche justo cuando volvía a casa en el Puente de Triana. “La Policía te veía la pluma y te detenía, por maricón; porque antes no se decía eso de homosexual; solo por ir por la calle, al cuartelillo; y a más de una le tocaban la cara”.

Y lejos de lamentarse por lo sufrido, de padecer a una sociedad que la repudiaba, Soraya presume de una vida feliz. Se comporta, muy femenina, como la folclórica que fue, que es, posando para las fotos que acompañan a estas líneas con un abrigo de piel —de imitación— y los labios pintados de rojo. Y zanja: “La libertad de los transexuales de hoy nos la deben a nosotras, sin nuestra lucha no sería posible nada de lo que hay hoy”.

En marzo se cumplirán 30 años desde que se dejó de perseguir la homosexualidad en España. Se estima que entre cuatro o cinco mil acabaron presos por la ley de vagos y maleantes y la posterior Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que incluía varios artículos referentes a los “actos de homosexualidad”. Hasta 1986 fue considerada un delito contra el honor en el Ejército Español y el Código de Justicia Militar la castigaba con entre seis meses y seis años de cárcel. Las personas homosexuales y trans siguieron penalizados por escándalo público que no fue eliminado del Código Civil hasta el 25 de marzo de 1988.

Para la psiquiatría eran enfermos, una idea que horroriza en la actualidad, pero que sigue sufriendo el colectivo trans, que debe pasar evaluaciones psicológicas para acceder al tratamiento hormonal o que requiere de un informe médico para solicitar el cambio de nombre y sexo en el registro civil. No en Andalucía.

Álex no ha pasado por eso. La ley andaluza le puso las cosas más fáciles. Su caso es poco habitual y su actitud difiere de otros adolescentes trans, que recurren al tratamiento de hormonación y al uso de bloqueadores que impidan el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios: los pechos en un caso; el vello facial o el crecimiento de la nuez de Adán, en el otro.

ÁNGEL, 14 AÑOS: "SI PUDIERA, ME OPERARÍA MAÑANA”

Ángel, un chico trans de 14 años, toma estos inhibidores y testosterona. Le molesta la menstruación, que ya es cosa pasada; también los pechos, para los que solo la cirugía tiene solución definitiva. “Si pudiera, me operaría mañana mismo”, relata delante de sus padres. En Andalucía la intervención es gratuita, pero solo para los mayores de 18 años, y la familia Rosa sabe que no esperará a la sanidad pública. La mastectomía ronda los 4.000 euros en una clínica de garantía de Málaga. Aunque Antonio y Agus, los padres, piden tiempo.

La ley andaluza, en el artículo sexto del segundo capítulo, determina la edad mínima, 18 años, a la que acceder a una reconstrucción quirúrgica, ya bien sea una faloplastia, en el caso de ellos, o la vaginoplastia, para ellas. Y, como se establece en los criterios generales, para acceder a ellas, “ninguna persona será obligada a someterse a tratamiento, procedimiento médico o examen psicológico que coarte su libertad de autodeterminación de género”.

Ángel desea operarse. En Andalucía la intervención es gratuita para mayores de 18 años. Fernando Ruso

A Ángel no le convence la faloplastia. “No da resultados”, puntualiza. “Además, hay niños con vulva y niños con pene y niños con pene y niñas con vulva; todos somos personas, más allá de las etiquetas”.

Esas etiquetas hicieron que, en los albores de su pubertad, Ángel sufriese cuando florecía ante sus ojos una persona “que no era la que quería ser”. “Me sentía inseguro”, recuerda. Tanto que de sacar sobresalientes pasó a suspender las asignaturas. “Me encontraba mal conmigo mismo, pensé que nunca sería como me sentía, que iba a ser una persona infeliz toda mi vida”, añade el joven, un tipo de casi un metro ochenta que cursa tercer curso de la ESO y cuenta con el apoyo incondicional de sus padres.

“Ahora, cuando me miro en el espejo, es como si me hubiese liberado y hubiese salido lo que siempre he sido —aclara Ángel—, un niño”.

MAR, ABANDERADA ANDALUZA DEL COLECTIVO

A , la presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía y de la Federación Plataforma Trans, promotora de la ley que registrará Unidos Podemos en el Congreso, le costó dos amenazas de huelga de hambre que la norma andaluza incluyera a los menores. “Era una de las líneas rojas innegociables”, asegura la activista.

Mar Cambrollé, presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía y de la Federación Plataforma Trans. Fernando Ruso

“Antes no se atendía a los menores, con la gravedad que eso conlleva”, contextualiza. “La Convención sobre los Derechos del Niño deja claro que lo más importante es el interés superior del menor —argumenta Cambrollé—, y eso es el permitirle el libre desarrollo de su personalidad, algo que no se hacía y que ahora, gracias a la ley trans se protege, garantizando una vida en igualdad”.

“Los chicos andaluces ahora no piden un favor —resume la responsable de la ley andaluza—, les asiste el derecho”.

Otra de esas líneas rojas fue la despatologización de la transexualidad. Aunque por las limitadas competencias de la ley andaluza todavía se sigue dando en todo el territorio nacional. En menor medida, gracias a la ley, en Andalucía.

“Se ha convertido un procedimiento administrativo en uno médico”, critica Cambrollé. Solo para cambiar el nombre y el género en el registro civil la Administración Estatal pide como requisito el haber estado recibiendo tratamiento hormonal durante al menos dos años y pasar un reconocimiento psicológico que diagnostique disforia de género. “Es algo aberrante, totalmente discriminatorio; porque pide acreditar que no estamos enfermos mentales, algo que a priori sitúa a todo un colectivo como sospechoso de ser enfermos mentales”, lamenta la presidenta de la Federación Trans.

En Andalucía, el mero reconocimiento de una persona como trans ya sirve para activar distintos protocolos, tanto en la sanidad como en el ámbito educativo, que obligan al cambio de nombre. “Supone devolver a las personas transexuales el reconocimiento de sujetos de pleno derecho; que nadie, ningún tercero, acredite ni mediante un informe médico o judicial quien soy”, explica Cambrollé. La ley andaluza, y la que se presenta en el Congreso —sigue la activista—, “entiende la transexualiad como una expresión más de la diversidad humana y no como una patología, no como una disforia, o como una incongruencia”.

Esta concepción, que siguieron comunidades como Madrid o Valencia, situó a Andalucía a la cabeza de España y Europa en el tratamiento de las personas trans, pero dibujó un panorama de desigualdad entre regiones. “Por eso pedimos —subraya Cambrollé— una ley estatal, para que, valiéndose de la Constitución, nadie tenga más o menos derecho que otros, todos seamos iguales”.

Andalucía ha demostrado que es posible —insiste la activista sevillana—, pero ahora hay que luchar por una norma estatal”.

Cambrollé celebra especialmente los más de 800 jóvenes que están siendo atendidos por la sanidad pública andaluza sin necesidad de pasar por la segregación previa a la norma de 2014. Antes de esa fecha, todos los transexuales andaluces eran derivados a un único centro de referencia en Málaga, en el Hospital Carlos Haya, la Unidad de Transexualidad e Identidad de Género. La primera de España.

CAROL Y SU TRANSICIÓN TARDÍA A LOS 47 AÑOS

Carol, una transexual sevillana, estuvo dos años yendo a esa unidad específica con el objetivo de conseguir un tratamiento hormonal. Allí la atendió una psiquiatra, como mandaba el protocolo. Sin su visto bueno no podía acceder a una entrevista con el endocrino. “Nos preguntaba de todo, cuestiones íntimas que rozaban la mala educación”, recuerda a sus 58 años.

La suya fue una transición tardía. La empezó en 2007, cuando tenía 47 años. Motivo que despertó la sospecha en la psiquiatra de que no fuera transexual. “Me preguntó si me sentí atraída por hombre o por mujeres; que si me excitaba en caso de oír a mis padres teniendo sexo; que si al subir a un autobús me sentaba junto a una mujer o un hombre; que si veía presencias extrañas o tenía tendencias suicidas; incluso que si se me pasaba por la cabeza violar o asesinar a algún miembro de mi familia”, enumera ruborizada Carol.

Carol, 58 años. Estuvo dos años acudiendo a un psiquiatra para que le reconocieran su identidad, sin éxito, antes de la aprobación de la ley andaluza. Fernando Ruso

Y así, visita tras visita. Hasta que Carol se aburrió y se fue a un endocrino de la sanidad privada para que le recetase las hormonas. Hoy, después de la ley, le basta con acudir a su médico de cabecera para que le deriven a un endocrino.

Nos trataban como enfermas, cuando no lo somos —critica Carol—; y eso está pasando en otros puntos de España; aquí, por fortuna, ya no”.

Por eso Carol celebra ya el registro de la proposición de ley integral para las personas trans. Una norma que, explica, vendrá a reparar el daño y la exclusión que este colectivo viene sufriendo históricamente.

“La Constitución nos dejó fuera”, lamenta Cambrollé. “Hemos visto vulnerados muchos de los derechos que se nos reconocía sobre el papel”, explica la sevillana. “La gente debe entender que no pedimos una ampliación de derechos, ni privilegios, solo queremos la igualdad respecto al resto de la ciudadanía en todos los ámbitos: sanitario, educativo y laboral, que en el caso de los trans es exclusión laboral”.

ÁFRICA Y ADRIÁN Y SUS PÁNICOS EN LA UNIVERSIDAD

En uno de los patios del rectorado de la Universidad de Sevilla, África y Adrián, dos jóvenes transexuales de 22 años, comparten experiencias con EL ESPAÑOL. La primera estudia Sociología; el segundo, Comunicación Audiovisual. Los dos tienen todavía reciente el tránsito, el momento en el que con hormonación se adecúa su cuerpo al género sentido. No han sufrido acoso, en ambos casos han tenido el respaldo de la familia y su círculo íntimo. Aunque viven todavía —cada vez menos— los prejuicios, el estigma que acompaña a la transexualidad.

“Mis padres, por ejemplo, temían que no encontrase trabajo, que acabara en la prostitución —relata África—; y yo veía ese miedo y me sentía mal”. “Eso fue lo peor”, confiesa.

África y Adrián, veintidós años. Universitarios de Sociología y Comunicación Audiovisual, respectivamente. Fernando Ruso Fernando Ruso

Lejos de esa imagen correspondiente a décadas atrás, en la actualidad es más que habitual la presencia de los transexuales en la universidad. “Hay más conciencia, más sensibilización; nada que ver con la exclusión social que sufríamos antes”, razona África. “Y eso es gracias a las leyes que estamos conquistando”, justifica.

En el ámbito universitario, la ley trans de Andalucía ofrece a los estudiantes la posibilidad de cambiar su nombre de acuerdo a su identidad de género en los expedientes y en las listas públicas, así como en el resto del ámbito de la Administración de la Junta de Andalucía, también en la sanidad, con efectos en la tarjeta sanitaria. Una medida aplaudida por el colectivo trans universitario que evita una exposición pública de su intimidad.

“Ya no tengo que dar incómodas explicaciones a los profesores cuando pasan lista”, comenta África. “El estar en clase y que digan tu nombre en alto delante de todo el mundo es una vulneración absoluta de nuestra intimidad”, replica Adrián. “Antes estábamos muy desprotegidos, ahora es una garantía, una seguridad —sigue el joven—; la gente no tiene por qué saber lo que tú no quieres que no se sepa”.

Cuenta Adrián que cuando escucha su deadname —el que le pusieron sus padres—, se le vienen a la mente muchos recuerdos desagradables. “Es un nombre que me ha condicionado, que me ha limitado mucho —explica—; no he podido hacer mi vida normal hasta que ese nombre no se borró de mi documentación; escucharlo me trae de vuelta todo eso y no creo que sea agradable”.

Los dos, África y Adrián, coinciden al enumerar todas las cosas que dejaron de hacer con tal de no exponer su DNI y ocultar su identidad previa al tránsito. “No salía de fiesta, no me apuntaba al gimnasio, a una academia de inglés”, refiere ella. “A ningún sitio en el que me pidieran el carnet, tenía miedo —sigue—; también en los exámenes en los que te lo pedían, los profesores preguntaban y…”.

Todo cambió para ambos cuando solicitaron el cambio. “Fue una liberación”, coinciden. Aunque para ello necesitaron acreditar el haber estado dos años en tratamiento hormonal y un informe médico en el que certificase la disforia de género. “Tuve que hormonarme para que me reconociera el sistema, y eso genera un conflicto importante”, advierte Adrián.

“La nueva ley estatal pide que esto no sea necesario —zanja Adrián—, que tengamos los mismos derechos que cualquier persona”.

GABRIEL TIENE EL MERCADO LABORAL CERRADO “A CAL Y CANTO”

En su despacho de la Asociación de Transexuales de Andalucía, en el centro de Sevilla, Mar Cambrollé, repasa y subraya la ley andaluza. Asume que no todo lo que contienen esos diez folios por los que estuvo a punto de empezar dos huelgas de hambre se ha cumplido. En especial en lo que se refiere al capítulo tercero, el que versa sobre la no discriminación en el ámbito laboral.

Gabriel, 23 años. Desempleado. Busca trabajo cada día a través de plataformas online. Fernando Ruso

“Nos han cerrado a cal y canto las puertas del mercado laboral, precisamente en aquellas profesiones en las que no se exige ninguna formación o cualificación”, denuncia la activista. “Me gustaría ver en El Corte Inglés o en Zara a una dependienta o dependiente a una persona trans”, insiste al tiempo que critica que la Administración andaluza no haya activado políticas específicas de empleo para este colectivo.

“Igual que se ha hecho con quienes han sufrido exclusión social como mujeres maltratadas, mayores de 45 años o con las personas con diversidad funcional; a ellos se le ha abierto las puertas del mercado laboral incentivando a la empresa, reservando cuotas”, explica Cambrollé. “Lo mismo pedimos nosotros: políticas de discriminación positiva, que tienen sentido cuando se parten de situaciones de desigualdad”.

También lo pide Gabriel, un joven transexual de 23 años de Jerez de la Frontera. Lleva en paro desde que regresó de Londres, a donde se fue tras acabar el Bachillerato de Artes. Allí trabajó lavando platos, de ayudante de cocina y de peluquero canino en una empresa de lujo.

Su último empleo le gustaba. Le gustan muchos los animales. Pero lo dejó. Su jefa se negaba a llamarlo por su nombre y en masculino. También le hacía preguntas íntimas. “Que si había sufrido abusos de pequeño…”, recuerda Gabriel. “No podía seguir aguantando ese entorno hostil; me menospreciaba, me humillaba y me volví a España”.

Aquí busca empleo en la hostelería. Aunque no se cierra puertas. Su rutina consiste en levantarse, encender el ordenador y presentarse a las ofertas en las que encaja. Lo intentó como encuestador para una organización, pero le obligaba a llevar el DNI expuesto en mitad de la calle. Probó, pero no funcionó. “La gente tiene muchos prejuicios, aunque trate de ocultarlos; no quiere a un trans de cara al público”, lamenta.

“Piensan que somos personas enfermas, que transmitimos el SIDA… es una barbaridad”, concreta el joven, que no tiene de quien depender económicamente. “No tenemos las mismas oportunidades que el resto, nuestra tasa de suicidios está en el 41%; el que no lo ha conseguido, lo ha intentado; somos personas que tenemos una mochila que pesa, que está muy cargada; y si la sociedad no nos da una oportunidad de forma espontánea, estaría bien que el Gobierno las facilitase de alguna forma”, reivindica el jerezano.

Sus reclamaciones se incluyen, aunque sin éxito, en la ley andaluza y en la que se registrará este viernes en el Congreso de los Diputados. Aunque Cambrollé asegura que en sus últimas conversaciones con la Junta de Andalucía se activará un programa de incentivos a aquellas empresas que contraten a las personas transexuales.

“Una persona trans puede aportar muchas cosas —concluye Gabriel—; más allá de su formación, por su experiencia de vida, somos unas personas que por circunstancias hemos tenido que sufrir una serie de burlas, exclusión… y tenemos una gran capacidad de aguante, y los empresarios deberían ser conscientes de eso”.

EL PADRE DE IZAN: "ESTOY PERDIENDO A MI HIJA"

“No hay que olvidar de dónde venimos”, apunta Cambrollé. “De una dictadura miope para distinguir entre orientación o identidad —sigue—, en la que todos y todas hemos ido a las cárceles por maricones, donde se nos rapaba y se nos despojaba de la ropa femenina; de ahí a estar a un paso de ver reconocida nuestra identidad y vivir en igualdad de derechos, creo que algo hemos avanzado”.

El joven Izan cuenta con el apoyo de sus familiares y amigos. Fernando Ruso

“Y eso ha sido posible gracias a una transrevolución”, defiende.

“Desde el activismo trans hemos conseguido derrumbar las posiciones de la Oganización Mundial de la Salud o de la Asociación Americana de Psiquiatría; y también hemos arrancado el compromiso y las directivas o recomendaciones de organismos internacionales como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, como de la Comisión Internacional de Juristas, entre muchos otros. Todas abogan por poner fin a la discriminación de las personas trans”.

Y sigue Cambrollé. “Yo, como activista histórica pero contemporánea, he visto cómo se puede rozar la utopía con la mano. Ahora veo a familias convivir con naturalidad, cuando mi padre no me dejaba comer en la misma mesa que ellos; incluso me pegaba palizas”. “¿Vivimos al 100% de igualdad?”, se pregunta. “No, pero la ley andaluza se ha convertido a un referente y, de aprobarse esta nueva ley estatal, España podría volver a la cabeza mundial en derechos y libertades, tanto como cuando en 2005 aprobó el matrimonio igualitario”.

“No solo es posible —concluye Cambrollé—, lo vamos a conseguir”. “Aunque llegue 40 años tarde”.

Izan, y otros tantos transexuales de Andalucía, le debe la normalidad con la que vive, el acceso a las hormonas y bloqueadores o la oportunidad de cambiarse el nombre en el ámbito educativo y sanitario a quienes como Mar Cambrollé lucharon por una serie de derechos que hasta hoy no parecían tan obvios. A la activista le costó años de relación con sus padres. El joven Izan, a sus 15 años, cuenta con el apoyo de los suyos.

Por muchas lágrimas que derramara Encarni, su madre, cuando supo que su hijo era transexual. El sentimiento de duelo la acompañó durante días. “¿Por qué lloras?”, le preguntaba su marido. “Estoy perdiendo a mi hija”, respondía ella. “¿No ves que está ahí, es la misma persona?”, contestaba el padre.

Después desaparecieron las lágrimas. Y apareció un niño presumido, más sociable, más contento. Ahora Encarni, mediadora comunicativa, trabaja para explicar qué es la transexualidad a las personas sordas. “No es tan difícil de entender”, confirma.

“Cuando convives con la transexualidad ves que no es tan relevante como piensas”, zanja. “Solo sé que él es más feliz”.