Juan Diego Madueño Moeh Atitar

Llueve sol en la explanada de Las Ventas. Un calor que difumina los coches aparcados, ablanda los muros de la plaza y envuelve a las personas, reduciéndolas. A lo lejos se adivina un panamá que se convierte en señor paso a paso. Un hombre mayor, ancho, con el perfil circular, los brazos caídos, sin ninguna fricción en sus movimientos, mantiene una distancia prudencial, medida, con el portón rojo que tiene en frente. No mira, la guayabera suelta el conjunto, enfocado sólo de perfil. Desde el suelo rompen geiseres imaginarios. No hay nadie más hasta que cuatro figuras aparecen. Se esperaban. Lo rodean, charlan, cruzan las miradas y atraviesan juntos el horno abierto de Madrid, despacio. Se intuye una jerarquía. El grupo se acerca. En medio, él: El Rosco ya ha llegado.

-Él es Faustino, lo presentan en el estrecho umbral metálico.

La cara enorme, sombreada, esquiva el encuentro visual, da la mano floja, de pasada, tímido, condescendiente. Dentro, una protesta. Guardado el pañuelo verde, rebotando el último grito en la piedra. La quietud del patio de arrastre no es su hábitat.

-¿Han remendado la corrida?, pregunta, directo al tablón de anuncios.

El resto observa. El ambiente está cargado. Nadie da un paso más, apenas hablan. Tampoco esperan órdenes pero Yolanda, Roberto, Carlos y Pablo parece que lo han escoltado. Cuelga la medalla de la chapa, su primer mandamiento. "Sin toro, nada", se puede leer. Antes, ya aparecieron el matrimonio de Máximo y Ana. Son los siete del ‘7’, una selección de las 1450 personas que se aprietan en el tendido.

Entre todos suman 217 años abonados a ese tendido. Los ultras del toreo, los hooligans de San Isidro, cambian las bengalas por la voz, las consignas por frases afiladas y los tifos por sábanas pintadas. “Hombre, hooligans no. Siempre ha existido esa forma de protestar en los toros. Es imprescindible manifestar la opinión de cada uno”, coinciden algunos de ellos, como si se hubieran repartido un guión.

El Rosco: El líder

Su nombre es Faustino Herranz y es de Guadalix de la Sierra. Tiene 67 años y fue constructor. Le persiguen muchas leyendas urbanas de influencer analógico. “Se transforma en la plaza”, dice quien lo conoce. El duro asiento, el vomitorio, las escaleras y la barandilla, aquel matador pasando un trago, el toro, sobre todo el toro, son sus catalizadores. “Es educado en la distancia corta pero cambia. Hay dos Roscos”. Piden anonimato.



Cuando El Rosco se levanta, comienza la función. “Algunos no lo seguimos”, cuenta algún vecino de fila. “A mí me conoce todo el mundo, pero no soy líder de nada”, dice Faustino. ¿De dónde viene el mote de El Rosco? “Mi padre paraba siempre en el mismo bar. Yo iba allí a hacerle la rosca para que me invitara a un bollo. Los amigos ya se lo decían. ‘Rodrigo, que viene tu chico a hacerte la rosca’. La rosca, el rosco: El Rosco”, cuenta divertido, cordial. Pisa la plaza vacía, observa esa inmensidad relajado, feliz. 42 años yendo a la misma localidad, fila 12, asiento 38.

Faustino Herranz, 'El Rosco', mantiene su abono durante 42 años en el asiento 38, fila 12 Moeh Atitar

Molés lo ungió, enfocando sus reacciones como termómetro de lo que ocurría en la plaza, sacando esa personalidad forjada en tertulias, conferencias y viajes al mainstream taurino. “Ahora estoy ya cansado. 30 tardes son muchas”, habla la institución sobre San Isidro. “Nos revientan con 30 días esta lacra de taurinos sinvergüenzas. Nos han vaciado de fuerza, ellos lo saben: a la larga te tienes que cansar. Más corridas, más cansados, menos protestas, y más dinero para ellos”. El ‘7’, según él, ya no es lo que era. “Ha evolucionado a peor el tendido”. El murmullo de Madrid nace justo ahí y se propaga. Aficionado desde los 14 años, “he gastado mucho dinero en toros”. Echa de menos a sus amigos de siempre, aquellos compañeros de los salvajes 80 y 90, las décadas de las peleas entre tendidos, del contrapoder de la sombra. Ahora, queda él. “Ensabanado, Camino, Antonio, El Lupas, El Piñano. El Lupas daba siempre en el clavo”, recuerda.

-Siempre se ha dicho que llevaban la protesta preparada.

-Un día sí podemos hacer una huelga, huelga de silencio, responde lo que quiere. No decir nada. O leer el periódico. Una vez lo hicimos y quedó muy bonito. Mientras toreaban, nosotros leíamos el periódico.

La culpa de esa fama antisistema la tienen los medios, claro. “Nos echan la culpa de todo. Este año ha sido Emilio Muñoz el que ha cargado contra nosotros. Coincidimos en una charla y se fue. Mejor, es un traidor”, dice del torero, maestro, que mejor explica y ve el toreo.

El Rosco lloró “con Frascuelo”, recuerda al toro “Lanzaquema y a Joyerito, con el que no estuvo bien El Fundi”. Y resume en una frase Madrid: “prefiero ver a Matías Tejela que a cualquier otro”.

Máximo Pérez y Ana Estévez: 'casados' con el toreo

Por su cuenta y con algunos minutos de antelación, puntuales, llegan ellos. Siempre juntos, con una formalidad que roza el boato: ir a los toros sigue siendo ese acontecimiento. Llevan 42 años en la fila siete del ‘7’. “Livinio Stuyck y Jardón nos dejaron elegir los abonos como regalo de boda”, dos de los antiguos empresarios de Las Ventas, en una época en la que sólo sentarse allí era un milagro. Hay una separación, una mampara invisible que no los mezcla con el resto. Representan a los moderados. Guardan la esencia del '7' "de antes", explica un conocido de la pareja. “Había más respeto, seriedad”, comenta Maxi, como le conocen en Colmenar Viejo. “Con una frase se decía todo”. “Hemos estado juntos siempre”, dice Ana, aficionada por su padre, peluquero en el pueblo. “Cuando la conocí empecé a ir más a los toros”, comenta él. Desde entonces ha archivado su afición en un montón enorme de revistas, carteles y recuerdos, un museo propio, con olor a papel viejo.

Las suyas son vidas fundidas por el toreo. “15 días antes de dar a luz a mi primer hijo estaba en la plaza viendo a Paco Camino. Estoy segura de que el niño sintió la emoción de aquel día”. “Ha tenido mucho mérito”, interviene Maxi, “porque ha ido a los toros cargada con los niños, los biberones. Salía del trabajo, me encontraba con ellos en plaza Castilla y desde allí cogíamos el metro a Ventas”. ¿Vacaciones? “No somos de ir a la playa en vacaciones”, confiesa ella. “Me cogía los días que podía y subíamos a Bilbao, por ejemplo, a la feria”, dice su marido, “esas eran nuestra vacaciones”. Sus dos hijos pronto tuvieron abono. “Sí, venían con nosotros. Se han criado en la plaza”: Maxi es comentarista del canal Toros y Lucas, periodista en El Mundo, escribe de toros.

Máximo y Ana llevan yendo al 7 juntos 42 años: "Nuestros hijos se han criado aquí" Moeh Atitar

“Ahora ha cambiado todo mucho”, comenta el padre, serio. “Se le dice a los toreros lo que tienen que hacer, hay siempre jaleo y favoritismos”. “Están los del ‘7’ y los abonados del ‘7’”, especifica, estableciendo una frontera sentimental, nostálgica. “Es un escándalo a veces, ni siquiera puedes opinar”. Para hablar de lo mejor, responden casi a la vez: “la suerte de varas bien hecha”. “Curro con los Samueles, Dámaso doblándose con un toro”, recuerda Ana. ¿Lo peor? “La mala educación, la gente levantada y algunas borracheras. Esto no es lo que era”.

Yolanda Fernández: La profesora de Historia

Avanzando por las galerías sombrías y solitarias de Las Ventas, Yolanda detiene un poco el paso. “¿Jauría? No somos ninguna jauría”. Lo ha leído en una crónica. “Hay que utilizar bien las palabras, que influyen mucho en el lector”, reprocha Yolanda, que tiene 66 años, está casada y habla de “hijos y nietos”. Acude a la delantera, asiento número 32 “desde el año 88”. La afición a los toros como destino irremediable. “Me viene de familia. Siempre he podido ir a la plaza. Me he criado aquí”. Sube con dificultad los peldaños. “Los subíamos de dos en dos no hace tanto”, exclama mientras se apoya en el fotógrafo. Empezó acompañando a su abuelo, que era crítico taurino. “Me impregné del paisaje sentimental familiar. He evolucionado así como persona”.

¿Por qué del ‘7’? “Me ha gustado siempre el público vocinglero. Esas sentencias geniales en el silencio de la plaza. Mi entrada es un privilegio”, dice asomada a toda la extensión limpia de la plaza vacía. Fue por primera vez a los toros con cinco años. “Una vez mis padres me dejaron faltar al colegio para ver a Antoñete. Todavía recuerdo aquel día, los nervios. Fue la tarde de la faena al toro blanco”. ¿Hay más hombres que mujeres? “Los porcentajes están igualados, eh”.

Yolanda Fernández, profesora de Historia, es abonada a la delantera de palco desde el año 88 Moeh Atitar

Tiene un tono de voz claro, se explica con exuberancia: “he sido profesora de Historia muchos años en el instituto Cervantes de Madrid, ahora estoy jubilada”. Su diagnóstico sobre el momento que vive la afición respecto a las plazas de provincia, las ferias y la diferencia con la capital da para ensayo. Está disgustada por cómo ha cambiado Las Ventas. “Hay triunfalismo. Madrid es el fielato que tiene que pasar cada torero. La gente ya no escucha, viene creyendo que sabe y se va”. Y no le gustan los maleducados. “Alguno hay. Yo soy de las que mandan callar. Pero a veces hay que decirlo. No se nos puede demonizar porque somos los que mantenemos la fiesta pagando. Estamos asediados”. Yolanda recuerda “la faena de Paula al toro de Benavides y César Rincón con Bastonito”. Le duele “la sensación de pérdida de prestigio y rigor de la plaza”.

Roberto García: El 'hijo' del Rosco

Es una de las estrellas del tendido. Se ha hecho aficionado bajo la sombra de Faustino. “El Rosco es mi segundo padre”, dice. Presidente de la Asociación El Toro de Madrid, sustituyendo a Yolanda, su vida gira en torno a la plaza. De día y de noche. Tiene fama de duro, "un talibán", pero en la distancia corta es amable y comprensivo, un enfado perenne camuflado en esa sonrisa blanda.

Roberto vive en Guadalix de la Sierra, tiene 37 años y es funcionario. "Algunos fines de semana los pasa en Madrid cerca de Las Ventas", cuenta un conocido que prefiere no dar su nombre. Va y viene durante el resto de semana. “Puedo compaginar bien todo el mes de toros”. Su mujer es secretaria de la asociación. “Desde ahí defendemos la Fiesta contra el fraude. Damos máxima importancia al toro”. Acude al ‘7’ desde el año 87. “Esa exigencia es la que he mamado desde niño”. Se abonó por fin en el 97. Ha pasado por “la fila 22, la 17 y la 14, donde ya me quedo” y defiende esa forma de estar en el tendido. “Ha sido siempre vociferante, es donde más se exige y donde más se reconoce”, aclara. “Dicen que no, pero también tenemos sensibilidad”. Se le dibuja una sonrisa al pisar el tendido. “Impresiona, ¿verdad?”, mira a El Rosco.

Roberto García, presidente de la asociación El Toro, tiene 37 años y es abonado desde el 97 Moeh Atitar

Pasa en Las Ventas “70 u 80 tardes al año”. Su hija tiene 14 meses. ¿Imagina que fuese antitaurina? “No lo pienso. Vive en un ambiente de toros. Voy a intentar que sea aficionada aunque cuando crezca el futuro de la fiesta sea diferente”, aventura. Roberto pide ayuda para una gran protesta. “No se puede alzar la voz igual todos los días. Necesitamos apoyo”. Normalmente, le acompaña su mujer. “Ahora con la niña, por desgracia, viene menos”. Se siente engañado por Simón Casas, el nuevo empresario. “Prometió mucho: una revolución. El marketing está bien pero en la plaza ha pasado lo que nos temíamos”.  En todo este tiempo se queda con “Fusilito, de Palha”. Lo peor: “la imagen que tiene ahora Las Ventas y la poca afición de los presidentes”.

Carlos Palmeiro: "No venimos a reventar"

“He pasado varias etapas”, escueto, delgado, fibroso, habla Carlos. “Llevo desde el año 72. Cuando volví de la mili era imposible conseguir abono” y se exilió al ‘5’ “hasta que pude volver”. Llegó con 14 años. “Había aficionados a los que tenía respeto, aprender de toros no era fácil. Ahora llegan los jóvenes con todo sabido”. Tiene 59 años, está jubilado. “Por suerte. Trabajaba en un banco. Lo que puedo, lo invierto en toros”. Carlos aparece en un segundo plano. Recorre el grupo la desangelada plaza de toros, que se despereza a dos horas del inicio de la corrida, y a un lado, observador, lo hace él. Apunta algo. No termina de decirlo. Apenas se le oye entre el resto. Eleva la voz durante la conversación. “La afición me viene de un bisabuelo que era carpintero en la plaza vieja de Madrid”.

Carlos Palmeiro, de 59 años, va a la plaza de los 14 Moeh Atitar

-Os llaman reventadores.

-Pues no. Nadie viene a reventar. Venimos con ilusión, y da una especie de primicia.

Rechaza que haya nadie por encima de nadie. “Hay una voz fuerte, que se escucha mucho, como siempre. Pero nadie es el protagonista”. Él es también presidente de la Peña Taurina Los Areneros, donde pasa el invierno. “Nos reunimos, charlamos de toros y ahora queremos recuperar los premios”. Huye del calificativo de ‘ultras’. “Eso se dice de forma interesada. Hay gente buena, los mejores aficionados”, defiende. Para él lo mejor fue “ver torear a Lucio Sandín con la mano izquierda” y lo peor “la tarde en la que cogieron a Galán y echaron la culpa a los aficionados, por exigirle. Qué bronca se montó”.

Pablo Hernández: El estudiante

En las noches después de las corridas, en los bares que rodean a la plaza, no se le suele ver. “Tengo que volver a casa en tren o en coche”. Tiene 22 años, estudia, “prefiero no decir qué”, y vive en Yepes, a 70 kilómetros de Las Ventas. “Es un esfuerzo grande, me cuesta mucho dinero venir a los toros”. Todos los días suma 140 km. Alto, enorme, es un joven Hagrid, le sobrevuela un mote todavía no oficial: “El Muffin”, por su aire de Rosco de este siglo. Aparece agarrado a su almohadilla, con una envergadura aún por controlar. La seriedad inhalada, educado, mantiene la distancia.

“Mi padre y mi tío me llevaban a los toros de pequeño”. Acude al ‘7’ desde hace “casi cuatro años”. “Primero con entradas sueltas”, explica. “En 2015 conseguí un abono”. No es fácil hacerlo. “Me lo traspasaron”. ¿Te lo pagas tú? “Sí, ayudo a mi padre, hago lo que puedo para pagármelo”. El precio de las entradas en ese tendido oscila desde los 5,10 euros a los 60,70 de una barrera. El abono desde los 1618 a los 136. A Pablo, el suyo de la fila 13, le cuesta exactamente 494,90. “Es un esfuerzo grande”.

Pablo Hernández tiene 22 años y lleva dos abonado al '7' Moeh Atitar

En el ‘7’ hay afición joven. “Somos bastantes entre los 20 y los 30 años. Desde la grada joven ya ha llegado alguna petición para bajarse aquí”. La afisión cree que los chavales van a emborracharse. "A mí no me gusta beber. No juzgo a quien lo haga. Cada uno hace lo que quiere. Sí es verdad que es diferente beberse alguna copa, que me parece bien, a hacer botellón en la plaza, eso no me gusta".  Los amigos del pueblo “han terminado entendiendo” la obsesión. “Vengo a la plaza igual que ellos van al Bernabéu”. A lo lejos sobresale. En pie, los brazos arriba, uno de los más activos. “Me gusta esta forma de ver los toros. No venimos a pasarlo bien, hay que exigir. Me considero un aficionado exigente”. ¿Es El Rosco una autoridad? “No diría una autoridad. A veces no estoy de acuerdo con él y no pasa nada. Es un aficionado de reconocido prestigio”. Pablo recuerda “la faena de Ureña en Otoño” en 2015 y el “escándalo de El Capea”, el año pasado.

Vuelven a juntarse. Ya no existe la distancia del principio. Posan los siete relajados, sonríen a la cámara, el tendido es para ellos, alzada la piedra casi vertical delante. El día es un invernadero. A punto de sudar el grupo, que tiene que juntarse, más arriba, más abajo. Se escucha algún pájaro. Un operario coloca cables. Sale un murmullo de trasiego interior. Quieto el ruedo. Flota la espera. Debe ser la primera vez que está la plaza en silencio con ellos dentro. “Sácanos bien guapos”, grita alguien por fin. El resto ríe.

Los siete del '7' Moeh Atitar

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