Cuando el paseo marítimo de Almería toca a su fin por su extremo occidental, aparece una casa de dos plantas. La vivienda, situada en un descampado a 50 metros de la playa, está semiderruida y tiene la fachada llena de desconchones y grafitis. Son las 12 del mediodía de este jueves y dentro hay gente que se calienta quemando maderas en una chimenea. Se intuye porque del techo de la residencia sale un humo blanco. Dentro viven varios okupas

—¡Hola, hola! ¿Hay alguien?— pregunto en alto.

La puerta de entrada a esta casa es una cancela sin cerrojo. Cuando la empujo, de repente sale una señora menuda y de aspecto desarrapado. Tiene 33 años, calza chanclas y viste con un vaquero gris y un jersey grueso que deja el pecho al descubierto. De cerca se le observan los pómulos y la frente enrojecidos a causa de lo que parece ser una infección cutánea. Tiene los dientes llenos de sarro. Habla un perfecto castellano.

En 2006, Olga (en la imagen) y su hija emigraron hasta Málaga, donde la madre tenía varias amigas trabajando.

La joven se llama Olga Telutova y reconoce ser la madre de la niña de 13 años a la que la Policía Nacional rescató a finales de enero después de que la menor llevara meses prostituyéndose con clientes que encontraba en el paseo marítimo de la ciudad andaluza, principalmente entre inmigrantes de origen magrebí, aunque también entre españoles de mediana y avanzada edad.

La Policía sostiene que la niña, Andrea —nombre ficticio de la menor para preservar su intimidad— cobraba entre 15 y 20 euros por servicio. Con eso comían ella y su hermano, Carlos —nombre ficticio—, de 9 años. Con el dinero que ganaba también le pagaba los vicios a su madre, sobre todo tabaco y alcohol. 

Pero Olga lo niega: “Es todo mentira. Yo no puedo poner en manos de un señor a mi hija para que abuse de ella. Seguro que todo se aclara”, dice la mujer, quien se encuentra en libertad con cargos tras pasar 72 horas en el calabozo. Como tenía a sus dos hijos sin escolarizar, sólo está acusada de abandono familiar. 

El juez no ha podido acusar a Olga Telutova de proxenetismo debido a que la Policía Nacional tuvo que actuar con urgencia cuando, durante uno de los seguimientos que se le hicieron a Andrea, la niña estaba en el interior de la casa de un español de 59 años llamado Juan, quien le proveía de comida cada vez que abusaba de ella. De momento sí se mantiene la investigación a la madre por presunta prostitución de su hija. 

La niña se prostituía principalmente por el paseo marítimo de Almería. Ni ella ni su hermano iban al colegio.

Aunque hubo tocamientos en varias ocasiones, los investigadores piensan que no llegó a penetrarla porque Andrea se negó. El varón, que contaba con antecedentes por abusos sexuales, se encuentra en prisión desde entonces.

Según recoge Europa Press, la Fiscalía Provincial asegura que la menor "nunca tuvo relaciones sexuales por precio ni por otro tipo de compensación". Las fuentes de la Fiscalía consultadas por la agencia apuntan a que Andrea acudía a ejercer labores de "servicio doméstico" con el fin de obtener dinero para adquirir alimentos para su familia, y alcohol y tabaco para su madre.

HIJA DE UN SOLDADO RUSO MUERTO EN CHECHENIA

Tras aceptar hablar con EL ESPAÑOL, Olga cuenta que su hija es fruto de un matrimonio con un soldado ruso muerto a manos de la guerrilla chechena en 2005, dos años después de nacer la niña en Moscú.

En 2006, Olga y Andrea emigraron hasta Málaga, donde la madre tenía varias amigas trabajando. Fue allí donde Olga comenzó a prostituirse, aunque dice que también se empleó como cocinera y como camarera en varios restaurantes de la Costa del Sol.

El padre de Andrea era un soldado ruso muerto a manos de la guerrilla chechena en 2005.

 

Al año siguiente, en 2007, madre e hija se trasladaron a Granada. Allí conoció a Javier, un mallorquín que la volvió a dejar embarazada y con el que se casó. Nueve meses después, el 4 de enero de 2008, nació su segundo vástago, al que llamó Carlos.

Cuando el niño tenía un año y dos meses, Olga se divorció debido a que Javier les maltrataba a ella y a sus dos hijos. Desde entonces, ella ha vagado por diferentes poblaciones de las provincias de Málaga y Granada.

A Almería llegaron “hace ahora un año más o menos”, cuenta Olga desde la entrada de la casa ocupada, donde vive con un hombre. Vino para tratar de encontrar trabajo. Pero desde noviembre del año pasado, aproximadamente, comenzó a obligar a su hija a que se prostituyera por las calles de Almería, principalmente por el paseo marítimo de la ciudad. Ni ella ni su hermano iban al colegio.

“La niña pedía comida en los bares y en las tiendas de alimentación. Muchas veces iba con su hermanito de la mano”, cuentan en varios comercios del entorno del paseo marítimo almeriense. “Aquí —dice un empleado de una tienda de comestibles— venían siempre a comprar pan y otras cosas de comer”. Lo hacía con el dinero que la niña conseguía prostituyéndose o con lo que ambos hermanos obtenían mendigando.

Después de la liberación de Andrea, la niña les contó a los agentes policiales que, además de prostituirse, había estado trabajando para un hostelero durante casi tres semanas a cinco euros la jornada laboral. 

“Sabía que estaba necesitada y me contrató”, les contó la niña, quien principalmente se dedicó a limpiar el local. Al hombre, que es dueño de una cafetería en Almería, también se le detuvo, aunque era totalmente ajeno a la vida que llevaba la niña y también desconocía su edad. Ahora se enfrenta a una multa por abusar laboralmente de un menor.

Andrea junto a su hermano pequeño Carlos, de 9 años.

La investigación de la Policía se inició a mediados de enero. Un vecino de Almería denunció que había detectado movimientos sospechosos en el edificio donde vivía Juan, el ahora encarcelado. El denunciante, aseguran fuentes policiales, llevaba varios días viendo al hombre entrar y salir de su casa con la niña, situación que le extrañó. 

Fue entonces cuando la Policía montó un dispositivo para averiguar qué ocurría, incluido el seguimiento a la menor. Sólo unos días más tarde detuvo al hombre. El arresto se produjo en el propio domicilio, cuando estaba con la niña, por presunta corrupción de menores y abuso sexual.

Desde que fue liberada, Andrea y su hermano se encuentran residiendo en un centro de protección de menores gestionado por la Junta de Andalucía. Desde entonces no han visto a su progenitora, sobre la que pesa una orden de alejamiento.

“El señor encarcelado era muy bueno”, dice Olga. “Juan nunca le hizo nada malo a mi hija. Sólo se la llevaba allí porque nos permitía lavar la ropa y cargar el móvil”. Pero la Policía sostiene que el detenido, quien también mantenía relaciones sexuales con la madre de la niña a cambio de dinero, le entregaba comida a Andrea si le permitía abusar de ella.

Antes de volver a entrar a la casa okupa, Olga lanza un deseo. “Cuando todo se solucione quiero volver a Rusia con mis dos hijos”. 

Pero es un sueño irreal. Sabe que le será imposible tras la mala vida que les dio a ambos.  

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