Las condiciones para que se diera un estallido social en 1936 eran óptimas. A la crisis económica y a los episodios revolucionarios de Rusia, Alemania e Italia, se une la vertebración política frágil en una España donde hubo, en el siglo anterior, tres guerras civiles, con los rescoldos que eso deja.

Hoy son muchos los libros que analizan la multitud de causas que se dieron cita para precipitar una sociedad que en los años treinta podía considerarse como una de las más dinámicas de Europa, con una renta per cápita más que razonable gracias al estímulo económico que había supuesto su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial, y al esfuerzo de las clases medias para ponerse a la altura de Europa, en el abismo de la contienda civil. Pero el aspecto que quiero resaltar es otro.

Todos  comprendemos que el parlamentarismo supone el traspaso pacífico de poderes, dentro de la legitimidad democrática que ordenan las urnas. Ese traspaso es siempre delicado, pero cuando es aceptado se convierte en un eslabón que con el tiempo cobra solidez de cadena. Si nos fijamos en la más antigua tradición parlamentaria, la británica, ¿quién, después de doscientos años va a tener la decisión suficiente para romper con ella? En España, a falta de una verdadera tradición parlamentaria, ya de por sí frágilmente recuperada en tiempo de la Restauración, la ruptura que supuso la dictadura de Primo de Rivera no ayudó. Aquí, el peso de la tradición se inclinaba hacia la guerra. ¿Quién, con un sistema tan frágil y el recuerdo aún fresco de anteriores contiendas, las tres guerras carlistas, llegaba a tomarse en serio las Cortes?

La falta de tradición parlamentaria y la falta de educación democrática –llamemos a las cosas por su nombre– de los actores políticos tampoco ayudó. Y como guinda tenemos la ley electoral de Azaña, que fomentaba los bandazos en la composición de la Cámara y favorecía exageradamente a la candidatura más votada, sustituyendo el natural equilibrio sociopolítico entre derechas e izquierdas por la extremada bonificación al ganador. En definitiva, en tiempos agitados por las nuevas ideologías y una crisis económica galopante, con una sociedad empobrecida y desvertebrada, el navío parlamentario español, que no era lo suficientemente sólido, empezó a hacer agua por todas partes durante los meses que precedieron al dieciocho de julio y después se hundió trágicamente en el gran desastre de una guerra civil. ¿Era irremediable esto? Yo creo que a finales del julio todavía no se lo parecía a muchos de sus protagonistas.

OCTUBRE. LLEGA LA AYUDA DE RUSIA

La comidilla del mundo diplomático desde el arranque del conflicto español es el vergonzante Comité de No Intervención. En todas partes se habla del paripé lamentable que están haciendo Inglaterra y Francia. Todo el mundo sabe que cuando los republicanos fueron a pedir aviones en verano a León Blum, este, en el jardín del Hotel Matignon, aceptó de inmediato. Pero bastó que pasara por la embajada británica para que los ingleses pusieran el grito en el cielo. De no acceder a suscribir el convenio de No Intervención, amenazaron, Londres retiraría su compromiso de defender la frontera con Alemania y se consideraría libre de las obligaciones contraídas en el pacto de Locarno.

Fue un ultimátum del Foreign Office. Y además en el peor momento. Londres sabía perfectamente que la defensa de Irún era esencial para la República. Y, justo en su fase más crítica, los camiones con armas y municiones para los defensores dejaron de pasar por el puente internacional. Los franceses lo clausuraron en el último momento. Lo que Mola no había podido conseguir, lo logró el Pacto de No Intervención. En Irún muchos republicanos quemaron sus casas antes de huir hacia la frontera.

Manuel Azaña, el actual presidente de la República, se muestra lógicamente entristecido. Como afrancesado, es un trago amargo verse traicionado por aquellos a quienes considera sus aliados naturales. Y, peor, tener que echarse en brazos de ese antipático y soberbio Rosenberg, el primer embajador plenipotenciario de la URSS, que lleva desde finales de agosto en Madrid. Ahora lo tiene a diario en palacio, husmeando en cualquier asunto, medrando a ojos vista. La fisionomía de Madrid ha cambiado. Además de proliferar los carteles de No pasarán, en la propia puerta de Alcalá han tenido que poner en el arco central un gran cartelón con el rostro de Stalin, flanqueado en los arcos laterales por los retratos de Littvínov y Voroshílov, comisarios rusos de Exteriores y Defensa. Todo para darle gusto a este embajador entrometido (Rosenberg) que está gestionando la llegada del armamento ruso. Los comunistas están exultantes.

Mientras tanto, en Londres siguen haciendo el show representantes de todos los países europeos a excepción de Portugal, que descarta participar en el Pacto de No Intervención hasta que no se prohíba el envío de voluntarios. Por supuesto, ni la República ni los militares rebeldes han sido invitados. El presidente del Comité es un conservador, Ivor Windsor-Clive. Las reuniones se han celebrado en el Foreing Office. Es sabido que Ciano, el ministro de asuntos exteriores italiano, recibió en su momento instrucciones de Mussolini de dar a Comité un carácter “puramente platónico”. Es el tono. En definitiva, Gran Bretaña sigue manteniendo que no apoyará políticamente ni con armas a los sublevados y obliga a Francia a hacer lo mismo en tanto que Italia y Alemania, y también Portugal, están ayudando descaradamente a Franco.

El Comité de No Intervención ata las manos a la espalda al Gobierno de Madrid. A los republicanos no les queda otra que aceptar la ayuda de Rusia. Nadie pensó nunca que Inglaterra y Francia, sobre todo Francia, con el Frente Popular en el Gobierno, les pudieran hacer esto... Es una infamia.

En octubre llegan los primeros aviones y tanques rusos.

La ofensiva nacionalista en Madrid duró desde noviembre de 1936 a febrero de 1937, y fue uno de los episodios más atroces de la guerra. Durante este periodo Italia y Alemania ayudaron al bando nacional, y la URSS al Gobierno del Frente Popular. Robert Capa / Magnum Photos / Contacto

NOVIEMBRE. LA BATALLA DE MADRID

Noviembre es el mes en que los nacionalistas pensaron que la guerra se decidiría. En noviembre, el general Valera se ha plantado a las puertas de Madrid y todos piensan que, con la caída de la capital, los sublevados ganarán la guerra. Está de acuerdo hasta el propio Gobierno de Largo Caballero, que abandona la ciudad y se traslada a Valencia. Hasta el momento todo han sido derrotas y retiradas de los republicanos, una tras otra, y nada hace pensar que la tendencia se vaya a revertir.

No obstante, algo cambia en Madrid. La capital, libre de políticos, prácticamente se autogestiona. La Junta de Defensa, a las órdenes del general Miaja, militariza la ciudad. Se acaba con el descontrol callejero, se reduce el número de “paseos” y se desarticula más de una checa. Por contra, Santiago Carrillo, como director de Seguridad, ordena la evacuación de los casi diez mil presos que hay en las cárceles madrileñas. Los republicanos tienen miedo de que, liberados por Franco, pasen inmediatamente a formar parte del ejército enemigo. Unos dos mil nunca llegarán a ningún destino: se les asesinará de mala manera en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz. Es la matanza más salvaje desde los fusilamientos de la plaza de toros de Badajoz.

Desde que empezaron los bombardeos, los madrileños comenzaron a refugiarse en los andenes de Metro. Mucho antes que Londres, Madrid fue la primera capital europea bombardeada masivamente. Robert Capa / Magnum Photos / Contacto

Mientras tanto, las Brigadas Internacionales se incorporan a la defensa de la capital y se libra en la Ciudad Universitaria la batalla de Madrid. Nunca hasta aquí se había luchado tan ferozmente palmo por palmo, metro por metro, piso por piso. Los brigadistas que se atrincheran en el edificio de Filosofía y Letras comprueban un dato empírico curioso: los libros, a partir de las trescientas páginas, paran las balas enemigas. Se forman barricadas a base de libros tochos con los que se protegen del fuego enemigo. Kant y Platón vuelven a ser útiles.

Los enfrentamientos en la Ciudad Universitaria fueron durísimos. Un sesenta por ciento de la columna Durruti murió en cuestión de días, y las bajas entre los brigadistas fueron también numerosas. Robert Capa / Magnum Photos / Contacto

DICIEMBRE. CAMPANADAS ENTRE CAÑONAZOS

Ante la inesperada resistencia de Madrid, Franco ha decidido renunciar a la toma frontal de la capital y cambia de estrategia: ahora pretende cortar la carretera de la Coruña y envolver la ciudad. Al constatar la impotencia de Franco, Mussolini envía sus primeros tres mil camisas negras, esperando que con un poco de ayuda pueda acabarse rápidamente el conflicto. Hitler, por su parte, ya ha enviado su legión Condor. Entre ellos y las Brigadas Internacionales, puede decirse que, pese a todos los intentos del Comité de No Intervención por evitarlo, la guerra se ha internacionalizado.

Un gran protagonista, dentro del bando republicano, es Stalin. Tras enviar el material militar imprescindible para la defensa de la República y haber exigido a cambio de que se traslade a Moscú el oro de las reservas del Banco de España, ahora coloca sus peones en el entorno del Gobierno y conspira para acabar con el Gobierno de Largo Caballero, poco dócil a sus sugerencias. Con la nueva situación, se produce la elefantiasis del Partido Comunista, que de ser un partido marginal con poquísimos afiliados pasa a convertirse, gracias a su control del armamento ruso, en el partido más influyente del bando republicano. Muchos militares, como Miaja o el coronel Casado, se sacan el carné.

El Vaticano reconoce oficiosamente a Franco al nombrar a Isidro Gomá como intermediario ante el Gobierno de la Junta de Burgos. Es el aval internacional que más apreciará Franco. A partir de Nochebuena cesan las actividades bélicas en ambos bandos, que serán retomadas el día 31, cuando un cañonazo sucede a las campanadas de Nochevieja, recordando que la guerra continúa.

Imagen tomada en Cerro Muriano, Córdoba, el 5 de septiembre de 1936, que muestra a varios civiles huyendo. Robert Capa / Magnum Photos / Contacto

DRAMATIS PERSONAE

José Castillo. Guardia de Asalto de filiación socialista. Asesinado el 12 de julio de 1936.

José Calvo Sotelo. Exministro de Hacienda con la dictadura de Primo de Rivera y parlamentario por Renovación Española, el partido alfonsista. Asesinado el 13 de julio de 1936.

Francisco Franco, general. Entonces comandante general de las Islas Canarias.

Emilio Mola, general. Estuvo al frente de la Dirección General de Seguridad en los últimos tiempos de la monarquía y en el arranque de la guerra civil está destinado en Pamplona.

Gonzalo Queipo de Llano, el más republicano en su momento de los generales. En 1936 es inspector general de Carabineros. Se adueñará, de manera sorprendente, con muy pocos medios, de la ciudad de Sevilla.

Manuel Goded, general. Comandante general de las Baleares. Se desplazó a Barcelona para encabezar la sublevación.  

Durruti, Ascaso y García Oliver. Líderes faístas de la CNT. Se pondrán al frente de las columnas anarcosindicalistas barcelonesas.

Coronel Aranda. Se acuarteló con éxito en Oviedo, donde fue sitiado por las milicias mineras.

Coronel Moscardó. Dirigió la resistencia del Alcázar de Toledo.

José Díaz. Jefe del PCE.

Largo Caballero. Líder del ala izquierda del PSOE, enfrentado al centrista Indalecio Prieto y al líder más conservador del partido, Julián Besteiro. Será jefe del Gobierno a partir del 4 de septiembre de 1936.    

Santiago Casares Quiroga. Jefe del Gobierno hasta el 18 de julio de 1936.

José Giral. Jefe de Gobierno del 19 de julio de 1936 hasta el 4 de septiembre del mismo año.

Juan Yagüe, teniente coronel. Comandante de una de las banderas de la Legión en Ceuta. Se pondrá al frente del Ejército de África.

Manuel Azaña. Presidente de la Segunda República española.

José Enrique Varela, general. Estuvo al frente de las tropas que sitiaron Madrid.

Santiago Carrillo. Líder de las Juventudes Socialistas. En noviembre se afilia al PCE, partido que acabará dirigiendo. Se le supone responsable de las matanzas de Paracuellos.     

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