“En realidad mi cantante favorito es Robbie Williams”. Javier Maroto Aranzabal (Vitoria, 1972) cierra con esta pequeña confesión anecdótica una conversación de mayor calado que mantiene con EL ESPAÑOL, inmerso en una semana complicada en la que está deseado retomar la normalidad de su agenda y acompañar este sábado a Mariano Rajoy en la visita programada al País Vasco.

Es miércoles por la tarde y viaja en coche junto a su asesor, Rafa Laza. Se dirigen a Getxo (Bizkaia) donde va a presidir la Junta Directiva del PP local.

A Maroto le gustaría este 18 de mayo hablar sólo de política, pero la semana se desliza por otros derroteros. Desde el móvil se le percibe contrariado por que aún no se hayan apagado los ecos de la condena del Tribunal de Cuentas por un caso de “negligente gestión” del Ayuntamiento de Vitoria en 2007. Entonces presidía el Consistorio el ministro de Sanidad en funciones, Alfonso Alonso, su principal valedor, y él era su delegado de Hacienda.

La sentencia le pilló en Estocolmo, donde asistió junto a su marido, José Manuel Rodríguez, Josema, al Festival de Eurovisión. Unas fotos publicadas por este diario de su participación en la fiesta posterior al certamen incendiaron las redes sociales, en las que se prodiga, y le obligaron a dar explicaciones.

Maroto en Eurovisión.

Desde el coche utiliza dos días después el mismo tono pedagógico que el empleado en La Sexta el lunes para referirse a la condena de 393.000 euros – a pagar con Alonso y otros siete exconcejales del PP- por el perjuicio causado al alquilar unas oficinas a un precio superior al de mercado a un conocido empresario local

“No es una condena penal sino contable; no es corrupción, ni malversación de fondos. Es una cuestión administrativa que ha caído en la mesa de una consejera nombrada a instancias de IU y cuya resolución no comparto y recurriremos”, reitera. “Al final – reduce el problema- lo que ocurre es que pagamos a doce euros el metro cuadrado y no a diez”.

“Dar siempre la cara” y “tolerancia cero frente a la corrupción” guían sus palabras, que eluden su condición de eurofan para “no alimentar” un tema “personal” en el que se siente injustamente tratado.

Sobre ello cuesta arrancarle comentarios. Rascando mucho aflora su malestar por la estigmatización de Eurovisión, competición abonada en España a una afición mayoritariamente gay. “No se meterían conmigo si hubiera estado en un concierto de Iron Maiden!, exclama disgustado.

Rajoy y su mujer charlan con Javier Maroto y Josema Rodríguez en su boda en septiembre de 2015. Efe

APOYO AL MATRIMONIO HOMOSEXUAL

Su estancia en el certamen continental – era la segunda vez que acudía y en ello ha influido su predilección por los países nórdicos- no ha sorprendido en Vitoria. En su tierra sus gustos musicales afloran sin problemas, al igual que su afición por la bicicleta o los paseos por la green capital.

Sus vecinos le han visto no hace mucho en un concierto de Raphael en el Buesa Arena, el campo del Baskonia, y saben de su debilidad por Eurovisión al menos desde el mismo día, 18 de septiembre de 2015, en el que contrajo matrimonio con Josema, interventor gerente de las sociedades públicas del Ayuntamiento de Durango (Bizkaia), su pareja desde hace una veintena de años.

La celebración de su enlace en el restaurante El Caserón del Alto de Armentia estuvo amenizada por las canciones y estética eurovisivas que los organizadores trasladaron incluso a la denominación de las mesas del convite y a un vídeo en honor de los contrayentes con la sintonía del certamen y los mensajes de apoyo de algunos de sus protagonistas. Simples anécdotas frente a lo importante.

Su boda tuvo una trascendencia especial. Se convirtió en un alegato a favor del matrimonio homosexual bendecido y sancionado por la plana mayor del PP, que diez años antes había recurrido ante el Tribunal Constitucional la ley aprobada por Rodríguez Zapatero que permite las uniones entre personas del mismo sexo.

“Mismos derechos, mismas libertades (…) El derecho al matrimonio es para todos y mi partido lo apoya”, reivindicó Maroto, respaldado por la presencia sonriente de Mariano Rajoy, Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría. La asistencia de la cúpula popular refrendó la nueva postura oficial y relegó al papel de minoría a los sectores más conservadores de la formación.

EL “MEJOR ALCALDE” DEL PP

Maroto no había ocultado su homosexualidad pero tampoco había hecho que se evidenciara hasta meses antes, en la noche electoral de mayo de 2015, que le proclamó como el mejor alcalde del PP de España.

Frente a un partido en retirada, acosado por la corrupción y en caída libre en el resto del País Vasco, conservó sus nueve escaños y ganó las elecciones por amplia mayoría y el 29,8% de los votos. Vitoria fue la única capital de provincias en la que creció el voto popular, con 3.400 sufragios más que en 2011.

A esos datos se aferra con orgullo para contrarrestar las andanadas del actual alcalde, Gorka Urtaran (PNV), que le ha exigido tras la condena del Tribunal de Cuentas que pida “perdón” a sus conciudadanos.

“¿Perdón? – exclama Maroto- Estoy muy satisfecho de mi gestión y cuando los vitorianos tuvieron que refrendar su confianza en mí, así lo hicieron”.

Pese a ese gran apoyo de 35.722 votos, fue desalojado de la alcaldía y sustituido por la tercera fuerza, el PNV, que con 19.945 sufragios y 5 de 27 concejales gobierna hoy en Vitoria gracias al acuerdo conjunto de toda la oposición (EH Bildu, PSE, Podemos e Irabazi).

Su petición de endurecimiento del acceso a las prestaciones sociales (Renta de Garantía de Ingresos, RGI) y de erradicación del fraude en el ventajoso sistema vasco tuvo mucho que ver con el bloqueo a su renovación en el cargo. 

Declaró en la cadena SER que magrebíes y argelinos habían hecho de las ayudas su modo de vida y desató una oleada de indignación política bajo las acusaciones de populismo y xenofobia. Sos Racismo lo denunció sin éxito ante los tribunales por un delito de incitación al odio y el resto de partidos decretó su aislamiento. 

Fiel a su método de pisar la calle recogió personalmente firmas a pie de hospitales y otros centros de trabajo, pero sus iniciativas , destinadas a los pensionistas con rentas más bajas y otros colectivos autóctonos, nunca vieron la luz.

LAS CRÍTICAS DE SUS OPONENTES

Su gran adversario político, Patxi Lazcoz (PSE-EE), al que Maroto le arrebató la alcaldía en 2011, predijo meses antes de las elecciones que sus posiciones sobre la RGI le costarían el cargo aunque ganara los comicios.

“En Vitoria no se puede ser alcalde a cualquier precio y menos exacerbando sentimientos villanos en época de crisis”, razona ahora para EL ESPAÑOL el socialista, uno de los artífices, junto a Urtaran y Bildu, de la denuncia ante el Tribunal de Cuentas. 

Lazcoz, apartado ya de la política, considera a Maroto “ peligroso, por su falta de escrúpulos políticos”. “No se puede –expone como ejemplo- retorcer los argumentos y reducir el problema del alquiler a una diferencia de precio de dos euros, cuando de entrada ya son 1.800 mensuales porque el local tiene 900 metros”

El alcalde de Vitoria, más comedido en sus expresiones, comparte su opinión: “Para Maroto el fin justifica los medios. Utiliza cualquier herramienta para conseguir sus objetivos”. El edil nacionalista le recrimina que apelase a “argumentos xenófobos” para obtener “rédito político”, sin importarle “poner en riesgo la paz y la convivencia social de Vitoria”.

“La calle está con Maroto, quienes le critican y desean infligirle daño político son quienes perdieron las elecciones. En Vitoria sigue siendo referencia de buena gestión, como acreditan las inversiones y proyectos (Palacio de Congresos, Estación de Autobuses, remodelación de la Avenida….) levantados en la ciudad”, defiende su amigo y parlamentario alavés Iñaki Oyarzábal, Secretario de Derechos y Libertades del PP.

Maroto durante la concentración Custodia compartida derechos de los hijos en octubre de 2015. Gtres

AFÁN REGENERACIONISTA

A sus 44 años el exalcalde vitoriano está bregado en mil batallas, dentro y fuera del partido, y es uno de los mayores activos de la organización popular, dentro y fuera del País Vasco.

Su futuro potencial político no se está viendo empañado por el revés propinado por el Tribunal de Cuentas. El PP ha cerrado filas con su vicesecretario de Acción Sectorial; la única intervención crítica ha procedido de la exalcaldesa de Valencia, Ritá Barberá, y todos la han interpretado como un ajuste de cuentas por la lucha interna contra la corrupción abanderada por Maroto, que ha llegado a discrepar en público con Rajoy por la protección que el partido brindaba a su exsenadora.

“Es una persona que habla muy claro y su pelea interna por una nuevas formas de actuar le está reportando enemigos”, apunta Oyarzábal. También apoyos; “se ha convertido en un líder nacional, referente de la nueva generación del PP que conecta con gente que antes no se acercaba“.

Maroto demanda celeridad a la Justicia y su discurso de “nula impunidad” está en sintonía con el de sus compañeros vascos, donde se sufre con impotencia que otros se enriquecieran bajo las mismas siglas por las que ellos se jugaron la vida frente a ETA.

POCO ORTODOXO

Licenciado en Económicas y Empresariales por la Universidad de Deusto y máster en Gestión y Administración Pública por el IESE, el exalcalde vitoriano sabe desde muy joven lo que es sentirse en la diana terrorista y proteger su vida con escoltas.

Su recorrido en el partido empezó en Nuevas Generaciones y la mayor parte de su carrera política ha trascurrido en el Ayuntamiento de Vitoria, al que se incorporó en 1999 de la mano de Alonso. Durante su etapa de alcalde le tocó vender las excelencias de la ciudad nominada como capital verde europea de 2012 y su dominio del inglés y el alemán – también se maneja en euskera- le convirtieron en un gran embajador de su tierra en Bruselas, donde arraigó su vocación europeísta.

Aunque no va por libre dentro de su formación, ha defendido valientemente posiciones contrarias a las oficiales y no sólo en ámbitos que enlazan con su vida privada. Él es en gran medida responsable del que el PP vasco pida ahora el cierre de la central nuclear de Garoña, ubicada en territorio burgalés pero a pocos kilómetros de Vitoria, y del vuelco que ha llevado a los populares a oponerse en la comunidad autónoma a la explotación del subsuelo mediante la técnica del fracking.

Antes de las ampollas levantadas por el presidente del PP en Gipuzkoa, Borja Sémper, sorprendió a los suyos en Madrid al señalar nada más llegar a la alcaldía en 2011 que en Bildu había “demócratas” con los que cabía el entendimiento. Luego se apoyaría en la coalición abertzale para enterrar el proyecto estrella de su predecesor Lazcoz, un auditorio y palacio de congresos que demandaba una inversión de 157 millones en época de crisis.

Con su lema Vitoria me gusta, esparcido a través de miles de pulseras, demostró en las últimas municipales su gran tirón electoral, con el que sin embargo no pudo frenar de número dos en Álava siete meses después el avance de Podemos en las generales del 20-D. Aún así representa, junto al candidato Alonso, una de las pocas bazas del PP para mantener la presencia del centro derecha no nacionalista en territorio vasco y competir en las autonómicas de este otoño.

Presume de que su “ambición” es Vitoria, aunque no dudó en saltar a la política española pocos días después de verse obligado a renunciar a la alcaldía. Compaginar ambas tareas le está poniendo en aprietos. En el Ayuntamiento vitoriano la dedicación exclusiva es insoslayable del cargo de portavoz de grupo. Maroto, que pasa en Madrid parte de la semana, quiere renunciar a un 40% de su sueldo de 4.687 euros mensuales sin abandonar la portavocía y sus compañeros de Corporación se oponen a modificar la norma. Solo bajo el análisis del grave deterioro de las relaciones personales se puede explicar la paradoja de que un concejal quiera cobrar menos dinero y no pueda hacerlo.

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