Todos los caminos conducen a Panamá. Los papeles del bufete Mossack & Fonseca que han puesto al descubierto las sociedades offshore del íntimo amigo de Felipe González, Jesús Barderas, y de su actual pareja Mar García Vaquero, colocan de nuevo al ex presidente del Gobierno en el primer plano de la conexión panameña. Hace ahora veinte años, a comienzos de 1996, el entonces inquilino de La Moncloa, ya en la recta final del felipismo, logró zafarse del caso Sarasola y el pelotazo del Metro de Medellín. González esquivó las incisivas preguntas de los grupos de la oposición en el Congreso y de una incómoda investigación judicial en la Audiencia Nacional sobre los oscuros negocios en Panamá de su también intimísimo amigo Enrique Sarasola Lerchundi.

El empresario vasco, conocido popularmente por el sobrenombre de Pichirri, había constituido a través del despacho panameño Arze & Guardia la sociedad ENSECO para ocultar las millonarias comisiones del proyecto del Metro de Medellín, que echó a rodar en 1983. Sarasola, por su intermediación, llegó a recaudar 3.500 millones de las antiguas pesetas (al cambio, 21 millones de euros). Y pronto se supo que González, que acababa de instalarse en la La Moncloa, había intercedido entre bambalinas por su amigo ante el presidente colombiano, Belisario Betancur.

La concesión de la obra, que estaba considerada como el “contrato del siglo en Suramérica” y por la que pujaron importantes grupos internacionales, fue decidida desde las más altas instancias políticas de Colombia y España. Betancur, siguiendo las recomendaciones de Felipe González y de otros miembros del Gobierno español, inclinó la balanza a favor de los intereses representados por Sarasola.

El acuerdo final entre González y Betancur a favor del consorcio hispano-alemán Metromed se cerró en España en octubre de 1983. El presidente suramericano se desplazó a Oviedo para recoger el premio Príncipe de Asturias y aprovechó la ocasión para reunirse con González y ultimar los detalles del contrato del metro de Medellín.

Años después, en una noche de copas, a Enrique Sarasola se le fue la lengua y habló más de la cuenta. El escritor y biógrafo del Rey, José Luis de Vilallonga, desveló que Pichirri había comentado durante una fiesta en su apartamento de París que el presidente del Gobierno, Felipe González, tenía una “pequeña fortuna” en Colombia, pero luego se retractó. Añadió que la confesión fue hecha a las tres de la madrugada cuando Sarasola “tenía bastantes copas” y  "estaba a punto de cantar boleros". Nunca pudo verificarse esa información y quedó como falsa. Pero servía para afianzar la leyenda de las amistades peligrosas de Felipe. Y también para  subrayar otras de las  conexiones panameñas del felipismo.  

Tras la publicación de los datos sobre la sociedad panameña ENSECO, Jesús Cacho desveló que correspondía al acrónimo de “EN(rique) S(arasola) E(s) CO(jonudo). El periodista escribió: “Es la travesura más gloriosa del felipismo, la golfada más luminosa, la coña más perversa”. Sarasola mantenía una estrecha relación con Felipe González desde 1974.

LA AGUAS CARIBEÑAS DEL FELIPISMO

Jesús Barderas es el otro de los amiguísimos de González que se convirtió en millonario tras dirigir sus inversiones a tierras caribeñas. El Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación le ha detectado medio centenar de sociedades off shore en el despacho Mossack & Fonseca. A Barderas, con inversiones millonarias en la República Dominicana, y a Felipe Gónzález les une estrecha amistad desde hace 35 años. Ese vínculo fue labrado desde mucho antes de que Barderas trasladara sus negocios de España al Caribe. El empresario, propietario de hoteles y de la empresa que gestiona los aeropuertos de la Republica Dominicana, inició su andadura profesional como jefe de gabinete de Fernandez Ordóñez en el Banco de Alicante.

Esa hermandad entre González y Barderas es la misna que les unía a ambos con Enrique Sarasola Lerchundi. Sarasola, casado con una colombiana perteneciente a una influyente familia, se convirtió en el compañero inseparable de Felipe en sus viajes a Suramérica, antes y después de ganar las elecciones de 1982. Le ayudó a abrir muchas puertas y llegó a ser una especie de embajador extraordinario. El empresario vasco fue quien puso en contacto a González con primeras figuras de la política americana como Omar Torrijos, presidente de Panamá entre 1969 y 1981, o Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante nueve años hasta 1993.

Felipe González de visita en Panamá en 1978 conversando con el general Omar Torrijos. Efe

Y aún más, Barderas y Sarasola habían establecido la conexión dominicana con Francisco Peña Gómez, líder del Partido Revolucionario Dominicano y vicepresidente de la Internacional Socialista entre 1983 y 1998, que llegó a ser un generoso anfitrión para los empresarios españoles.  

Los amiguísimos de González unieron sus fuerzas en 1992 y constituyeron la sociedad Ibérica de Legumbres. Durante años estuvieron ligados a los mismos intereses económicos.

En los pasaportes de González figuran multitud de inscripciones con las entradas y salidas de Panamá. En uno de sus viajes de la mano de Sarasola, el ex presidente conoció a Cyntia Martínez Riter, la secretaria personal del empresario vasco. Tras el flechazo, la panameña Lupe, como la llamaban sus amistades, y González iniciaron una estrecha relación que duró varios años.  

UNA 'OFFSHORE' EN CASA

González también se sirvió para llegar a su actual pareja, Mar García Vaquero, de otro de sus grandes amigos millonarios, ya fallecido, Luis García Cereceda. La empresaria madrileña abrió una cuenta en Suiza a nombre de una sociedad constituida por el despacho panameño Mossack & Fonseca en 2004.  Así queda demostrado en los papeles de Panamá desvelados por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación y publicados en España por El Confidencial. Según  la empresaria, era para facilitar sus operaciones internacionales en un negocio de fabricación de barcos. Todo ello lo fraguó García Vaquero mucho antes de que conociera a Felipe González.

Los negocios entre Luis García Cereceda, propietario de LUGARCE, y García Vaquero sí se mantuvieron después de que ésta iniciara sus relaciones con González. Empresarios y empresaria figuraban en una sociedad que gestionaba un puerto deportivo de Tarragona. Además a Cereceda y Vaquero les unía la afición por los grandes veleros. El  gestor inmobiliario llegó a adquirir en 2014 uno valorado en 13 millones de euros.

Pero la amistad entre Cereceda y González vio la ñuz pública gracias a rañíz de otro asunto mucho más nebuloso: la supuesta compra por parte de Piluca Navarro, la jefa de la Secretaría del presidente en La Moncloa,  de un piso de lujo en la calle Almagro de Madrid, construido por una de las sociedadees de García Cereceda, Inversiones Urbanas Almagro. La supuesta adquisición se efectuaba en medio de una extraña operación en la que, en principio, se señalaba a Felipe González como el beneficiario de una compra fantasma. La trama se complicó cuando apareció como supuesto intermediario el nombre de otra de las amistades peligrosas de Felipe, un tal Julio Martino, socio de Jesús Gil en varios pelotazos inmobiliarios en Marbella y accionista del Casino Costa Blanca de Alicante. Según fuentes próximas a Martino, éste abría pagado durante meses los gastos de comunidad de la vivienda antes de que fuera escriturada a nombre de Piluca Navarro. Otras fuentes señalaban que el piso era para que lo ocupara González tras abandonar La Moncloa.  Todo un enredo inmobiliario que ni Navarro ni González nunca llegaron a aclarar de manera convincente.  

PANAMA EN LA CARRERA DE SAN JERÓNIMO

El tsunami de la conexión panameña de Sarasola tras conocerse la existencia de la firma instrumental ENSECO, una sociedad nodriza constituida exclusivamente para cobrar con opacidad  las comisiones del contrato del Metro de Medellín, llegó en 1996 hasta la madrileña Carrera de San Jerónimo.  Julio Anguita, el coordinador general de Izquierda Unida, solicitó en el Congreso una comisión de investigación parlamentaria sobre el llamado caso Sarasola y Panamá. Felipe González se escudó una vez más en una supuesta “conspiración”. Según él, se buscaba un “nuevo un clima de descalificación y crispación”, durante la campaña electoral.

Enrique Sarasola (foto de 1990) y Jesús Barderas (foto de 2007). Efe

La gravedad de las denuncias periodísticas sobre el pelotazo de Sarasola llevó tanto al Partido Popular como a Izquierda Unida a pedir una reunión de la Diputación Permanente del Congreso -órgano que ostenta los poderes de la Cámara cuando se disuelven las Cortes- para que compareciera el presidente del Gobierno. Querían saber cómo pensaba asumir sus responsabilidades políticas tanto en el caso GAL como en el caso Sarasola.

Sin embargo, la propuesta no prosperó porque el presidente del Comité de Gobierno de Unió Democrática de Catalunya, Josep Antoni Duran Lleida, se apresuró a anunciar que CiU rechazaría la comparecencia de González.

Félix Pons, presidente de la Diputación Permanente y ex presidente del Congreso, aseguró que en aplicación de la Constitución y del reglamento del Congreso, González no podía comparecer ante la Diputación Permanente para dar explicaciones sobre el caso GAL y el caso Sarasola, porque la Diputación Permanente sólo tenía la facultad de convocar a los otros órganos del Congreso y no podía ejercer por sí misma funciones de órgano de control parlamentario.

Durante las pesquisas periodísticas sí se pudo averiguar que la maquinaria del felipismo había sido engrasada para facilitar a Sarasola el negocio de Panamá y encubrir algunas de las irregularidades. El círculo de Sarasola tuvo la fuerza necesaria para influir en varias instituciones del Estado. El Tribunal de Cuentas, siendo su presidente Pascual Sala, y el Instituto Nacional de Industria (INI), cuando su máximo responsable era Jordi Mercader, ocultaron una partida de 473  millones de pesetas (2,8 millones de euros) que la empresa pública Ateinsa había pagado a Enrique Sarasola Lerchundi, como parte de su comisión por la adjudicación de las obras del metro de Medellín.

El Tribunal de Cuentas, que tiene como competencia fiscalizar la actividad económico-financiera del sector público, había remitido al Congreso de los Diputados, en marzo de 1990, una auditoría realizada a la empresa pública Ateinsa sobre las cuentas de sus ejercicios comprendidos entre 1981 y 1986, ambos inclusive. Pero en dicho informe, firmado por su presidente Pascual Sala, omitió el pago que la empresa del INI reflejaba en sus balances. En el folio 30 del apartado VII, “Conclusiones y recomendaciones”, Pascual Sala afirmaba: “La sociedad ha contabilizado sus operaciones de conformidad en general con el Plan General de Contabilidad y demás normativa legal aplicable y llevó sus registros contables con el rigor exigible, con las excepciones y salvedades que se señalan en este informe”. Pero silenciaba el pago de la comisión.

El diputado del PP, Rafael Hernando, actual portavoz del grupo popular en el Congreso, declaró que quedaba demostrada “la vinculación entre González y Sarasola” y añadió que el empresario era un “testaferro” del presidente. Hernando pidió la intervención del fiscal anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, sobre todo después de que el Congreso negara “la posibilidad de aclarar este asunto y al Tribunal de Cuentas se le han ocultado estas operaciones”.

El coordinador de la Presidencia de IU, Mariano Santiso, declaró: “Sarasola, de confirmarse las informaciones que se están publicando, actúa como bucanero de Felipe González, con su visto bueno”.

La investigación judicial sobre el pelotazo de Sarasola, que había sido abierta por el juez de la Audiencia Nacional, Ismael Moreno, quedó archivada tras el fallecimiento del amigo de Felipe el 3 de noviembre de 2002. Dos días después, Felipe González le dedicaba un artículo a su amigo en  un periódico. Comenzaba así: “Dicen que la amistad no tiene precio, pero para Enrique la que mantuvo conmigo, durante tantos años, tuvo un altísimo coste en sufrimiento humano, en persecución insidiosa”. Y acababa con dureza: “Lo maltrataban los que no lo conocían, los mercenarios de la pluma y la tertulia, los siervos de los intereses bastardos”.

González podía haberse referido también en su artículo a la definición de Solchaga sobre las excelencias de España: “El país en el que es posible enriquecerse más deprisa”. Algunos de los amiguísimos del presidente se sirvieron del felipismo y de la conexión panameña para aumentar sus arcas de caudales. Al final va a ser verdad el aserto de que todos los caminos conducen a Panamá

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