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Santiago de Compostela se despidió este fin de semana de uno de sus clásicos, la cafetería Paradiso, que cerró sus puertas este domingo con motivo de la jubilación de uno de sus dueños Agustín, quien llevaba en frente de este emblemático local desde el 31 de octubre de 1991.

En un vídeo que publicó la propia cafetería en sus redes sociales, la despedida fue entre aplausos y tenía como protagonista al propio Agustín, quien decía que "o Paradiso cerra as súas portas". "¿Seguro?" se escucha decir a alguien por detrás en el vídeo, pero un confiado Agustín responde "Seguro!". El vídeo está acompañado con un pequeño texto donde el Paradiso agradece "de corazón" a todos los que hicieron "a nosa casa o voso fogar".

Agustín conocía a los anteriores dueños del local, que lleva abierto desde el año 1976, y fue así como entró en el Paradiso el 31 de octubre de 1991, tras contar con una amplia experiencia en la hostelería, donde lleva trabajando desde los 16 años. Así lo explicaba en una entrevista para Quincemil Agustín, donde también comentaba que la cafetería vende cerca de 1.500 kilos de chocolate caliente y dos toneladas de churros, sus platos estrella durante más de 30 años en la capital gallega.

Como explicaba en esta entrevista, el chocolate del Paradiso es especial porque su receta también lo es. Agustín utiliza cacao, azúcar y maicena, en lugar de harina, una mezcla deliciosa y que pueden disfrutar todo el mundo, incluso las personas celíacas.

"Todo ten un principio e un fin", explicaba Agustín a Quincemil, y así este fin de semana cerró las puertas del número 29 de la rúa do Vilar para disfrutar de una más que merecida jubilación después de toda una vida trabajando en un sector tan duro como la hostelería.

La rúa do Vilar está viendo cómo los comercios que han acompañado a los compostelanos durante toda su vida están echando el cierre. De 'los de toda la vida' pocos quedan: el Café Casino, la Mercería Algui, la Sombrerería Iglesias o Foto Sandine, la resistencia en una zona donde las tiendas de souvenir o recuerdos van ganando peso, mientras que los propios recuerdos locales van desapareciendo.