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Las joyerías más conocidas de A Coruña, entre ellas las que ya no existen, llevan joyas a Montemayor para que en ellas se hagan grabaciones sobre el metal solicitadas por sus propietarios. Fechas, símbolos, lemas.

Administraciones como el Ayuntamiento o la Xunta de Galicia son también clientes que encargan la grabación de sus logos o áreas en señales, rótulos y distintivos a este veterano negocio local que ha puesto su sello a las placas de gran parte de los profesionales de la ciudad. Oficinas, consultas, despachos.

José Luis Rodríguez Montemayor, nieto de José Montemayor, es el dueño del taller que fundó su abuelo, quien al principio tuvo su centro de grabación en un piso de San Andrés y en 1963 se instaló en la planta baja del centenario edificio del número 35 de la calle Orzán.

Grabador, artesano, industrial. De estas maneras define José Luis el oficio. En su bajo llegó a haber cinco empleados, ahora solo tiene como ayudante a su sobrino, "el que quedará aquí cuando me jubile yo".

Edificio antiguo de la calle Orzán donde está Grabados Montemayor. A la derecha, algunos trabajos en su escaparate. Quincemil

"Antes nos dedicábamos sobre todo a personalizar joyas con grabados: anillos, relojes, pulseras. Todo a mano. Cuando nos vinimos para el Orzán empezamos a comprar máquinas, a modernizarnos", repasa.

Las joyas siguen siendo parte del negocio. Y además de a las placas que lucen en la parte baja de las fachadas para ubicar despachos de abogados o clínicas dentales, por ejemplo, el oficio de grabador llega a los cementerios, donde los nombres y las fechas identifican a los fallecidos en las lápidas. "Se hacían más antes que ahora".

Acero, metacrilato, latón, aluminio y otros materiales sintéticos que imitan a los metales son las superficies sobre las que dejan impronta las grabaciones, que también han servido de recuerdo y honor a los profesionales en bandejas que sus compañeros les regalan en homenajes cuando se retiran.

La mano frente a la máquina

José Montemayor "enseñó a grabar a mucha gente", resalta su nieto. "Era grabación a mano, algo que ahora desaparece". En 1993 José Luis entró en el negocio y enseguida se adaptó a las máquinas que fueron reemplazando el trabajo manual. "Las circunstancias de la vida me trajeron aquí y me fue gustando", admite.

El carácter artístico de su oficio queda para los grabadores a mano, modalidad que ahora apenas realizan "un par de talleres". "Es muy complicado hacerlo así. Tienes que valer, no vale cualquiera. Hay que dibujar bien, tener buen pulso". La tecnología lo hace todo más fácil y rápido.

Bandeja grabada a mano en homenaje del ex presidente de la Xunta Fernández Albor. Quincemil

Bandejas conmemorativas colgadas en una pared de Montemayor evidencian ese contraste profesional: una tiene la inscripción a mano, con profundidad en las letras, aunque no sean perfectas; otra, sí es perfecta, con una tipografía que el pulso humano no puede incrustar en el metal.

"Antes a mano podíamos hacer grabaciones en bandeja que nos llevaban cuatro o cinco días, porque la vista hay que descansarla. Ahora se termina en una hora".

El de grabador es uno de esos oficios que da ese salto. Conserva su origen artístico como si nunca quisiera perderlo y pervive con metodología industrial. Siempre con carga de trabajo, "por épocas", reconocible en las placas y letreros que vemos a diario en las fachadas de los edificios o en las tumbas de los seres queridos.