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Tribuna Abierta

Los caminos del señor son inescrutables y pueden contener semillas

La biotecnóloga e investigadora predoctoral del CSIC reflexiona sobre un futuro distópico a través de algunos clásicos del género cinematográfico poniendo en valor el papel de los bancos de semillas
Sonia Coves Mora
Por Sonia Coves Mora
Entrada al banco de semillas de Svalbard.
Entrada al banco de semillas de Svalbard.

Este mes se cumplen 22 años desde que pudimos asistir por primera vez al desconsuelo de Tom Hanks como Chuck Noland tras la pérdida del que durante cuatro largos años había sido su única compañía en una isla desierta: un balón de voleibol de nombre Wilson, cuyo papel le valió el premio a "Mejor objeto inanimado". La soledad agonizante que trasciende en Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), aunque no tanto la falta de recursos en una situación desesperada, contrasta con la sentencia del mes que dejamos atrás. Noviembre fue el mes en que la humanidad se asomó peligrosamente a la siguiente cifra. Ocho mil millones de bocas que alimentar con el impacto que ello supone a tantísimos niveles, sumado al que ya traemos de lastre. Desde esa hostil Los Ángeles de ambiente cargado y noche perpetua en Blade runner (Ridley Scott, 1982) donde la vegetación es poco más que un recuerdo, a la distópica imagen de los grandes monumentos del planeta anegados por una nueva era de hielo en El día de mañana (Roland Emmerich, 2004); pasando por la crudeza del hiperconsumo y la codicia en un retrato de negligencia ambiental que conduce a la humanidad a ser evacuada de un planeta convertido en escombros en WALL·E (Andrew Stanton, 2008). Las distopías acerca de nuestra propia extinción o de la devastación mundial nos han fascinado durante generaciones.

La fantasía de la muerte como expiación del mal es un acto de conmoción irresistible para muchos. Y es que vivimos al filo de un colapso tan palpable que la idea de ir seleccionando una pareja fuerte y saludable de cada animal revisita cada vez de forma menos descabellada nuestro subconsciente. La capacidad de pensar a largo plazo permite optimizar nuestros recursos o disponer de ellos en tiempos de flaqueza. Y la inminencia del peligro requiere de una buena dosis de perspectiva a largo plazo. El Arca de Noé no solo no es ninguna tontería sino que es una realidad y está en Svalbard, solo que en lugar de parejas de animales alberga semillas. También llamada Bóveda del Fin del Mundo, se trata de un proyecto nacido en 2008 con el objetivo de almacenar de forma segura duplicados de semillas conservadas en los bancos de genes de todo el mundo. En una obra arquitectónica digna de aparecer en un buen filme que vaticine el mayor de los cataclismos, esta inmensa despensa de semillas se encuentra ubicada a más de 150 m de profundidad en el interior de una montaña en una isla remota entre Noruega y el Polo Norte. Esta localización estratégica representa una de las regiones con menos terremotos registrados del planeta, que añadido a las excelentes medidas de seguridad de la infraestructura y a su resistencia a la radiación, la actividad volcánica o los tsunamis, entre otros desastres naturales; confiere a la bóveda el título de infranqueable cual Puerta Negra de Mordor. La conservación de las semillas permite disponer de una especie de copia de seguridad embrionaria de los cultivos de modo que ante plagas, enfermedades o desastres naturales, se garantiza su supervivencia.

'Frame' de la película 'El día de mañana'.

A veces ocurre que algunos cultivos son desplazados por nuevas variedades comerciales que resultan más productivas o más atractivas de cara al consumidor. La demanda de nuevos sabores, formas, colores o texturas puede poner en peligro cultivos de bajo rendimiento o que, por cualquier motivo, no interese seguir cultivando; pero este desplazamiento entraña algunos riesgos, y es que entre los genes del cultivo que se abandona podríamos estar perdiendo cualidades interesantes que favorezcan la supervivencia de la planta o mejoren sus cualidades organolépticas. En este sentido, desde la Misión Biológica de Galicia (MBG – CSIC) se lleva a cabo el proyecto de divulgación "Biomisión: a cociñar tesouros" como impulso a los bancos de germoplasma del centro. Nuestra pequeña versión del Arca de Noé con especial mención a cultivos locales como las berzas o los grelos. A las afueras de Madrid se encuentra el Centro de Recursos Fitogenéticos, activo desde 1983, donde se guarda gran parte de la reserva de semillas de España, e igualmente otros muchos países poseen bancos de semillas en favor de la preservación de la diversidad.

Sabiendo ya dónde acudir en caso de quedarnos sin cosecha solo queda apelar a la responsabilidad individual y colectiva para no tener que hacerlo nunca y que esas distopías sigan siendo solo parte de nuestro inventario de historias de ciencia ficción; o en todo caso, contribuyan a hacer calar el mensaje de conciencia sobre nuestra huella en el mundo. Al final, por mucho que cada vivencia nos permita extraer una lección y poner en valor una parte de nuestras vidas, incluso si esa vivencia son cuatro años con un balón como único amigo en una isla en la más absoluta soledad; hay caminos que es mejor no llegar a recorrer jamás.

Sonia Coves Mora
Sonia Coves Mora
Investigadora predoctoral en mejora genética de Brásicas de la Misión Biológica de Galicia - CSIC, biotecnóloga por la Universidad Miguel Hernández de Elche y posgrado en Genómica y Genética por la Universidad de Santiago de Compostela. Escritora novel entusiasta de la comunicación.