21 mayo, 2023 02:28

Rosa Montero (Madrid, 1951) periodista de raza, y escritora multigalardonada (atesora casi todos los premios importantes, salvo el Planeta; quien la conoce sabe que no es casualidad), probablemente sea la escritora en lengua española con la trayectoria más exitosa desde principios de los años 80. Esta primavera se estrena por partida doble: como escritora por encargo y autora de un libro a cuatro manos. Junto al corresponsal de guerra y novelista francés Olivier Truc (Dax, 1964) acaba de publicar una trepidante novela policiaca que transcurre en Barcelona. La desconocida (Alfaguara, 2023), fruto de un reto de escritura colaborativa que les planteó el Festival de novela negra “Quais du Polar”. Escrita en tres meses y una semana, la novela ha sido publicada simultáneamente en España y Francia. En un receso de sus giras promocionales de este libro, pero también del anterior, El peligro de estar cuerda (Seix Barral, 2022), un inclasificable ensayo novelado que ha supuesto un punto de inflexión en su obra, y, según ella, también en su vida, la escritora encuentra un rato de charla distendida y chispeante (tal como es ella), para los lectores de EL ESPAÑOL. 

P.-Al ser un encargo de tener que ir a medias en todo, imagino, ¿cómo se pusieron de acuerdo ambos para la idea de partida?

R.- La idea de partida la tuve yo: pero no fue como con las otras novelas. Un libro se me ocurre a partir de una idea, del huevecillo, como suelo decir. Pero en este caso no fue tomar notas, planificar, sentarme y escribir. Aquí nos pusimos a trabajar in media res. El huevecillo aquí es una mujer que aparece drogada, golpeada, atada e inconsciente en un contenedor del puerto de Barcelona no registrado. La encuentra una perra de policía que se llama Julia. La idea primera era esa. Llevan a la chica al hospital. Tiene amnesia. Ella oculta algo porque hace cosas que no se hacen normalmente, y yo sabía todo esto de antemano. Le dije a Olivier que a partir de aquí podíamos hacer lo que quisiéramos. La chica puede ser víctima o verdugo. Podemos elaborar la trama que queramos. Y no sabíamos cómo acababa la historia. Pero la idea principal, el tema, era claramente la trata de mujeres. El resto quedaba todo abierto. Nos lo propusieron los del Festival de novela negra francés como el juego de escritura encadenada tipo cadáver exquisito, pero le dije a Olivier, y un poco a escondidas de las editoras, que esto en formato de novela negra era absurdo. Podíamos ver hacia dónde queríamos ir. Y la verdad es que nos entendimos muy bien. Nos fuimos sorprendiendo mutuamente a cada capítulo, y la historia la íbamos construyendo a medida que avanzábamos. Él acabó la novela, con un giro que no desvelaré, como volviendo al principio.

P.-No sabían de antemano lo que iba pasando, como el lector…

R.-No sabíamos cómo iba a discurrir la novela, pero sí sabíamos quién era el malo y cómo se le iba a desenmascarar. Pero quiénes más iban a aparecer, lo que iría ocurriendo, eso lo descubrimos juntos sobe la marcha.

P.-Los personajes secundarios también fueron surgiendo…

R.-Había tres personajes principales. Salieron sin acordarlo. La mujer del contenedor era el personaje principal, y sabíamos que tenía que haber un policía francés. No sabía yo que iba a meter a una inspectora, Anna Ripoll, que enseguida apareció. Hay otros secundarios importantes. Lo maravilloso fue conseguir la sintonía entre los dos. Es como ir en un tren, por un túnel, viendo en la negrura poco a poco cómo podría avanzar la historia. Y ha sido un viaje precioso. Nos mandamos más mails que lo que ocupa la propia extensión de la novela. En inglés, nuestra lengua de comunicación.

P.-Es un material que merecería conservarse, incluso con vistas a una apostilla, toda esa cocina interna…

R.-Sin duda, igual se pone en alguna edición. Pero aquí lo fantástico de esta aventura fue que Olivier tuvo que desarrollar mis personajes, y yo los suyos.

P.-¿Sin egos de por medio?

R.-No hubo ningún problema de egos. Nunca nos dijimos cómo debían ser nuestros personajes. A partir de la propia escritura, fuimos intuyendo y desarrollando los del otro. Estoy satisfecha y creo que Olivier también. Ver mis propios personajes en los ojos de Olivier fue muy emocionante. Los dos somos escritores que hacen de la novela un viaje hacia la otredad. Olivier tal vez es menos literario que yo, más fáctico, con una técnica más de trama de novela negra. Por eso mi huevecillo era más psicologista, si se quiere. Nos interesó estar al servicio de la historia, de los personajes, y hubo mucha diversión y entusiasmo en la escritura. Nos abrimos el uno al otro, para hacer algo que tuviera sentido. Espero que lo hayamos conseguido.

P.-Suena emocionante como proceso. Pero, ¿fácil?

R.-Las condiciones de trabajo fueron de locura en esos pocos meses. Yo vivía en un pelotazo de adrenalina. Escribía en los aviones. Viajé tres veces a Latinoamérica, estuve en la feria de Frankfurt, y escribía a las 6 de la mañana, en los aviones, en los trenes. Olivier no se lo podía creer. Nos escribíamos desde los controles de aduanas: “Oye te mando el capítulo tal. Podemos hacer esto o lo otro. Te dejo, perdona, pero es que estoy en la cola para embarcar…”. Siempre encontraba ratos sueltos, muy bien aprovechados.

P.-¿Nunca le llegó un capítulo incómodo, ni pensó: me ha fastidiado mi trama?

R.-No, pero una vez le dije: tal personaje tiene que haber muerto. Era un personaje secundario que había inventado él.

Rosa Montero junto a su perra Petra.

Rosa Montero junto a su perra Petra. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.-¿Y le mandó enseguida el texto con la solución?

R.-No, no. Yo le dije: ponlo como quieras, pero hazlo. Esta vez me confesó: si supieras que con esto me has roto el corazón… No se lo esperaba, pobre. Pero así fue, porque la cosa funcionaba.

P.-Él escribía en francés, usted en castellano.

R.-Pasábamos los textos por un traductor automático. Él no sabe español. Pero yo leo francés. Y mientras tanto los traductores iban traduciendo en paralelo.

P.-Es interesante como se llega a olvidar uno de que la historia no es suya. Hay pocas parejas literarias en la literatura. Y suele ser un trabajo de largo aliento.

R.-No fue ese tipo de trabajo. Esto era un juego de ping-pong. Yo le decía: tenemos que mirar qué hacemos con lo romántico, lo emocional; y le dejé caer, ¿qué te parece que se enrollen ellas dos? Se me ocurrió esto precisamente porque Olivier había dibujado tan machista y antiguo a su inspector Erik Zapori… Y no sabía cómo reaccionaría. Pero sin que fuese algo de sexo duro, crudo, salvaje. Y ahí se quedó la cosa. Pero a los dos o tres capítulos le pareció bien que ellas se enrollasen… Espero no estar destripando demasiado el libro.

P.-Esa complicidad no estaba en el pliego de condiciones del contrato.

R.-Es que sin eso no habría funcionado. La pareja franco-alemana del año anterior hicieron un libro así, a vuelta de capítulo sin más, y la crítica, según me contó mi traductora al francés, que es también autora y amiga, Myriam Chirousse, dictaminó que el resultado era bastante ilegible.

P.-He leído que también hubo una pareja de escritores franco-rumana.

R.-Sí, el primer año, pero hicieron un libro de cuentos, cada cual los suyos. No tiene nada que ver.

P.-¿Cabe la posibilidad de que sigan con otro libro, e incluso con los mismos protagonistas?

R.-No lo descartamos, porque nos divirtió mucho. Pero sin límites de tiempo y espacio. Podrían ser los mismo Erik y Anna, que tienen, a propósito, un pasado que es una nebulosa. Y esto puede dar mucho juego. Salió así porque es una novela corta y no había que sobrecargarla con nada.

P.-¿Los editores no estuvieron encima durante el proceso?

R.-No, claro. Pero decían los editores, por ejemplo, ¿por qué Erik conoce todo de Barcelona, eso habría que explicarlo, no? Y les decíamos que ni de coña. Esto es de primer curso de escritura, hay que dejar zonas de sombra, en novela lo que no se dice es tan importante como lo que se dice. Pero es cierto que podríamos hacer una nueva historia con ellos dos. Nos hemos dado hasta junio para pensarlo. Pero esta vez sería como quien juega al ajedrez a distancia y, de vez en cuando, mueve una pieza.

P.-No tres meses y una semana…

R.-Es que hicimos un calendario bestial de entregas. Y siempre logramos entregar antes de la fecha prevista para cada capítulo. Para intentar ayudar al otro, supongo.

P.-¿En la relectura hubo cambios?

R.-Claro, siempre los hay, pero no enormes, arreglos menores. Y luego la edición fue en un encaje de bolillos, ya con la intervención de los editores, pues cada uno editaba por su lado y todo tenía que encajar. Fue un rompecabezas complicado de ajustar.

Rosa Montero posa en su casa para EL ESPAÑOL.

Rosa Montero posa en su casa para EL ESPAÑOL.

P.-La novela es trepidante y tiene un aire ya como de guion de película.

R.-Justamente se están negociando los derechos para una posible adaptación al cine.

P.-¿Está funcionando bien el libro?

R.-Muy bien, y ya han sacado en Francia hasta una segunda edición; es un libro perfecto para el verano.

P.-Es curioso este experimento, dado que la novela negra convencional, a lo Agatha Christie, a usted no le interesa especialmente… ¿verdad?

Rm: En efecto, la típica novela de género no me interesa. El lector de género quiere siempre leer el mismo libro de su autor, con ligeras variaciones de decorado y trama. Hay cierto descuido literario en ese tipo de novela. Las hay originales, como las escandinavas, pero más por el ambiente que por otra cosa. Una de mis diosas es Patricia Highsmith, para mi ella es Dostoievski. Pero usa el género con otros fines. Otra autora que me encanta es Fred Vargas. Sus novelas son muy raras, especiales. Pero la típica novela negra no me interesa.

P.-Pero usted había escrito novela negra, o al menos, con apariencia de trama policial: El corazón del Tártaro (Espasa, 2001) es un ejemplo entre otros entre sus obras.

R.-Sí, uso mucho el recurso policial, porque me gusta esa sensación de amenaza, ya que para mí la vida es una amenaza en sí; y es que yo he sufrido ataques de angustia en mi vida. Ese suspense y los recursos policiacos me sirven para generar un clima ominoso. Mi libro La buena suerte (Alfaguara, 2020) contiene algunos de estos mismo elementos. Si bien mis novelas de ese tipo tienen todas una parte existencial, psicologista, o con un componente futurista, como en la saga de Bruna Husky… En realidad, tienen poco que ver con el género.

P.-Hablemos de su libro anterior, El peligro de estar cuerda. Un libro importante en su obra…

R.-Sí, es uno de los libros de mi vida. Con una respuesta increíble, me ha propiciado muchos intercambios con lectores. El anterior libro que tuvo también algo de esto fue La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013), pero este lo ha superado con creces. Desde que ha salido el libro estoy llorando y riendo con los lectores. Pura emoción, un abanico que va de cosas divertidísimas a otras tremebundas. Me acuerdo, por ejemplo, de la promoción del libro en Buenos Aires: estaba en un hotel para la entrevista, y en una sala contigua preparaban el plató. Era con el periodista Ernesto Tenembaum, al que no conocía, aunque es muy famoso allí. Lo lógico es que el entrevistador te conozca antes, se presente primero, pero entró donde estaba y sin más preámbulos me soltó: “ ¡Rosa, tenés razón en tu libro con lo de los TOC. ¡Yo tengo un problema con la báscula, me peso con chaqueta, con zapatos, todo el rato…, ¡hasta sé lo que pesa mi corbata!”. Y se pasó diez minutos sin parar contándome éste y otros TOCs. Hicimos la entrevista luego y él estaba noqueado. Pero la cosa no quedó ahí: tiempo después, en un programa de radio va y me llama a Madrid y se puso a contarlo todo en directo. Con valor, como para normalizarlo. Me pasan con este libro cosas como estas. Me dice mucha gente que han dejado de sentirse raros, de sentirse mal, avergonzados. Ahora entiendo a mi hermano, a mi amante, etc. Cosas así. Es algo increíble.

P.-Y toca el tema del suicidio.

R.-La parte del suicidio ha sido brutal. Me han dicho tres personas que les había salvado la vida. Literalmente, porque habían leído el libro… y habían decidido no hacerlo.

P.-Esa frase tan hermosa que le dice al suicida: espera, aguanta, aunque solo sea un día…

R.-Claro, es que el suicida no se quiere matar, en el fondo quiere seguir viviendo. Pero un día se produce una tormenta, y pierde la capacidad de vivir…

P.-Hay estudios que dicen que la mayoría no lo tienen programado, que es un arrebato. Hasta las llamadas tendencias suicidas se cuestionan.

R.-Es que se te desconecta el cerebro. Son muchas circunstancias, muchas cosas las que se juntan. Es un fenómeno complejo. Circunstancias ambientales, el contexto del momento, los medicamentos que uno esté tomando, si hay drogas de por medio… Pero lo que puedo decir es que este libro me ha justificado la vida como persona, si ha servido para lo que acabo de contar. Es una satisfacción enorme.

P.-Toca un tema tabú, con una perspectiva original: el de la enfermedad mental como prima hermana de lo que sería la fuente creativa del artista.

R.-El cerebro no está conectado de la misma manera en ambos casos, es distinto a como lo tiene la mayoría de la población, es una anomalía. En el caso del enfermo mental es muy grave; es lo que entendemos por locura, por psicosis. En el creador no es así de catastrófico. Puede ser algo fértil.

P.-Toda escritura es terapéutica. La escritura autobiográfica sin pretensión literaria es también un instrumento sanador, hay muchos talleres de este tipo de escritura en hospitales, en cárceles, en asilos…

R.-El llevar un diario tiene un efecto curativo increíble.

P.-No tiene que ser necesariamente un diario, sino contar lo que fue tu vida. Está bien escribir sobre uno mismo, aunque sea poco, pero cada día algo. Está el caso insólito en Italia de una mujer mayor, inculta, Clelia Marchi (1912-2006), que escribió toda su vida en la sábana nupcial, al morir su marido.

R.-Me interesa mucho esta historia y me gustaría escribir algún artículo sobre esto.

P.-Participé en uno de esos talleres, en la Universidad de Luxemburgo, lo llevaba el profesor Claudio Cicotti. Nos contó que hay un centro en Italia, llamada la Libera Università dell'Autobiografia,  donde uno puede depositar su texto biográfico para que se lea el día de mañana, incluso con cláusulas para que tales o cuales familiares no lo puedan leer, o bien hasta pasado cierto tiempo.

R.-Se está llevando a cabo en el Ayuntamiento de Madrid un proyecto magnífico de hacer biografías a personas mayores de 70 años. Un voluntario joven se reúne con la persona, la graba y escribe su vida, y se editan unos cuantos ejemplares. Para una persona mayor eso es fantástico.

P.-El profesor decía que convenía escribir a mano, el gesto mismo es reparador. Y se escriben cosas diferentes a mano.

R.-Puede ser. Me encanta escribir a mano con pluma estilográfica, hay algo sensual en la escritura a mano.

P.-Siguiendo con las biografías, ¿se ha planteado escribir la suya?

R.-No, nunca, además no tengo memoria. Pero sí estoy generando una suerte de autobiografía con artefactos literarios, es decir con mis libros más personales. Y estoy escribiendo algo sobre el amor. Puede que al final sea para una ficción.

P.-¿Aceptaría que alguien le hiciera una biografía?

R.-Sí, claro.

P.-Eso la obligaría a hacer un ejercicio de memoria.

R.-Pues no me llevaría mucho tiempo porque no me acuerdo de nada. Lo que tendría que hacer la persona sería investigar, leer mis libros, las entrevistas, los trabajos publicados…

P.-¿Piensa mucho en el pasado?

R.-Por generación y temperamento siempre he vivido mucho el presente. Es uno de mis objetivos, y creo que se refleja bastante en mis libros.

P.-¿Cómo lleva a sus muertos?

R.-Mal, están talando el bosque del que soy árbol. Muere gente muy cercana, hoy mismo he ido a un tanatorio. He ido con la mujer de un amigo. Hace una semana murió, además, una amiga íntima. Psiquiatra, tenía Alzheimer, dos años mayor que yo. Hace tres semanas murió mi ginecólogo. Han sido tres semanas horribles. Siempre he tenido muchos muertos alrededor.

P.-Y, sin embargo, por mucho que pasen los años uno siempre se siente muy vivo y joven, al despertar por las mañanas.. ¿no?

R.-Sí, Oscard Wilde decía que no se envejece por dentro.

P.-¿Vive usted ese desfase?

R.-Claro. Luego te ves en el espejo y te llevas una sorpresa. Pero también hay gente, algún escritor conocido, con un par o tres de años más que yo (me permitirá que no diga el nombre), que está obsesionado con la vejez. Todo el día lamentándose. Es muy pesado todo eso.

P.-¿Las muertes más cercanas cómo las vive? Su marido, su madre no hace tanto…

R.-He hecho un prólogo recientemente a La loca de la casa (Alfaguara, 2003) y lo comento. Lo vivo como cuando vas en un tren. Hay vistas bellísimas y luego pasas por un túnel y al salir hay paisajes terribles, nevados. El mundo soleado, en cierto modo, se ha quedado atrás. Lo digo en relación con la muerte de Pablo, hace ya 14 años.

P.-¿Cómo enfoca los próximos años?

R.-No tengo interés en ser la más vieja del barrio. Me encanta la vida, pero el problema es que si te quieres quitar de en medio tienes que hacerlo mientras estés bien, y eso lo complica.

P.-¿Envejecer es que desaparezca la posibilidad de lo inesperado?

R.-Es que yo quiero vivir al 100%, no adaptarme al 70%.

P.-¿Se plantea acaso un exit?

R.-Sí. En una novela lo planteo. Pero, claro, programarlo, como Gabriel Ferrater, a los 50 años y porque sí, es absurdo.

P.-Como le gusta el futurismo, si le dijeran que no es descabellado que, si conservan su ADN, se la podría clonar: ¿lo haría?

R.-Sí, claro. No le veo sentido al morirse.

Rosa Montero junto a Petra en su sofá.

Rosa Montero junto a Petra en su sofá. Sara Fernández

P.-¿Ningún reparo moral en la clonación?

R.-No.

P.-¿Clonarse con su misma identidad?

R.-Estamos muy lejos de eso, ¿no?

P.-Se clonan animales, pero igual con humanos en algún laboratorio en China, lo están probando…

R.-Mi idea es que eso se hace con humanos. En China, con fines experimentales o no, o con los millonarios, a saber dónde… pero se hace.

P.-¿Cómo juzga a Ana obregón?

R.-Me parece tremendo: lo de la fecundación en otra mujer debería hacerse en hospitales públicos y con protocolos, nunca por lo privado. Hay que favorecerlo pero desde el Estado.

P.-Con el padre de Julio Iglesias, que engendró de viejo, nadie se rasgó las vestiduras…

R.-Los padres mayores transmiten enfermedades a los niños. Lo peor, y lo dije en un artículo, es la utilización de esa niña. Ana obregón diciendo: “Ya no voy a estar sola”. Qué falta de empatía.

P.-¿Cómo ve la reproducción en parejas de hombres homosexuales?

R.-Bien. Creo que hoy las familias son tan diversas y está ya tan asumido… Y cada familia es un mundo.

P.-El problema pueden ser los otros, que le dicen al niño: por qué tiene dos mamás o dos papás, y lo acosan.

R.-Pero desaparecerá ese tipo de tabú. Cada día hay más familias así. Conozco parejas de lesbianas con hijos y son estupendas.

P.-¿Y que tenga descendencia asistida una sola persona?

R.-Pues me parece bien. Los poderes públicos deberían aceptar al soltero y el banco semen y lo que sea necesario sin problema.

P.-¿Podemos comentar la polémica que vivió por un comentario que publicó usted sobre la opinión de J.K. Rowling y los transgéneros?

R.-Me pareció desafortunado e inoportuno que Rowling se metiese en estos temas, cuando hay tantos adolescentes que la siguen e idolatran. Creo sinceramente que se equivocó. Hay veces que es mejor no decir nada, ni a favor ni en contra sobre ciertos asuntos. Ella debería saber, mejor que nadie, el eco que pueden tener sus palabras. Yo no tengo nada contra ella, de hecho la admiro como escritora, y me encanta Harry Potter. No la considero en absoluto una enemiga mía. El problema es que en torno a esta cuestión hay una serie de personas que quieren montar un guerra de trincheras. Esta gente, por ejemplo, nunca habla de las personas nacidas mujeres que quieren ser hombres; para ellas, no existen. Confunden muchas veces la transexualidad con el travestismo, que no tiene nada que ver. Yo tengo mis propias ideas al respecto, como es natural, pero es que ni siquiera éste es uno de mis grandes temas, como la defensa de la salud mental, la protección de los niños y de los ancianos, o el animalismo. Simplemente disentí de algo que dijo ella. En la polémica no me encontrarán.

P.-¿Qué le parece la asignación de género en gente tan joven a veces?

R.-No lo he estudiado a fondo, pero el problema que tiene la ley, que es como la del “sólo sí es sí”, es que no está bien hecha. Y el no arreglarla es de idiotas. El error es admitir el cambio de sexo sin hormonarse. Es el único problema, eso es un error, y puede dar lugar a otro errores: como declararte mujer y hacerlo para entrar más fácilmente en los bomberos… O para competir en el deporte.

P.-O para que te pongan en una cárcel de mujeres.

R.-Bueno de eso hay muy pocos casos. Pero esta ley asume que la OMS quitó la disforia de género como enfermedad en 2018; y, por lo tanto, sería ilegal seguir considerando la medicalización para cambiar de género. No puede uno operarse antes de los 18 años. Y, normalmente, no puede uno hormonarse antes de los 16 sin el acuerdo de los padres, o con 14 con ese mismo acuerdo, en alguna Autonomía. Todo esto ya se podía hacer hace diez años. Pero ahora se ha convertido en parte de la batalla política. Lo que se puede hacer con los adolescentes es facilitarles un inhibidor para que no se desarrollen a lo bestia; y que si dejan de tomarlo, que siga adelante el proceso de las hormonas. Y al cabo de uno años, al hacerse la persona ya adulta, y lo tiene del todo claro, o no lo tiene, entonces decidir hormonarse. Con el inhibidor, basta con dejar de tomarlo un mes para revertir la situación.

P.-¿Pero cómo volver al sexo inicial?

R.-Una vez que has hecho todo el proceso es irreversible, lógicamente, es como si te operas y suprimes el pene. Puede haber algún caso de no aceptación, de trastorno, pero es en un tanto por ciento muy pequeño; el trastorno forma parte de la naturaleza humana.

P.-Volvamos a los libros. Es muy lectora, y no siempre los escritores son tan lectores. Muchos dicen que sí pero luego no lo son. ¿Lee muchos contemporáneos? Muchos dicen que sólo leen a los clásicos…

R.-Es la típica torre de marfil del escritor, me indigna el escritor que está como por encima, cuando dice cosas así, para mí baja muchos puntos. Me interesa mucho lo que se escribe actualmente No se puede estar al día de todo, pero leo muchos escritores de España, de Latinoamérica y del mundo. Me encanta la divulgación científica, las biografías, los libros de viajes, los libros raros. Tengo mucho que leer.

P.-¿Lee en inglés?

R.-Sí. Tengo un libro de un escritor que cuenta las cosas que se encuentran en el Támesis. Es extraordinario.

P.-¿Se siente periodista?

R.-Nunca, y eso que me he ganado la vida con ello; y me ha encantado ser reportera, plumilla, entrevistadora.

P.-Una gran entrevistadora, ha firmado semblanzas memorables.

R.-Gracias. Me ha encantado hacerlo, conoces el mundo, viajas, sobre todo viajas al otro, a otras realidades.

P.-¿Por qué no se siente periodista?

R.-Porque el mundo del periodismo es otra cosa, yo no pierdo el culo por estar al tanto de lo último que está pasando.

P.-Pero sigue la actualidad política.

R.-Claro, pero el periodista de verdad es el que se levanta y pone la radio con las noticias. Está obsesionado por saber lo último de lo último; le pregunta al colega: qué sabes tú de esto, y quién ha dicho esto o lo otro. A mí me gustan otras cosas, la mujer que escribió en esa sábana, por ejemplo. Lo que significa ser humano. Esto es lo que me interesa.

Rosa Montero en una foto de archivo.

Rosa Montero en una foto de archivo. Iván Giménez - Seix Barral

P.-Dirigió el suplemento de El País y lo dejó.

R.-Sí, lo cogí por muy poco tiempo, como periodista centrada en la edición. Pues no quería seguir publicando artículos. Me puse muy de moda. Hasta mis amigos solo me hablaban de lo que había que hacer para mantenerme en la cresta. Cada uno se montaba su propia Rosa Montero. Y hubo también la típica ola de odio, aunque a saber a quién odiaban… Me desestabilizó mucho. Y me di un respiro.

P.-La fama la abrumó. ¿Lo lleva bien ahora?

R.-Sin problema. Pero entonces lo que quería era dejar de firmar, como periodista y que se olvidaran de mí. (Cosa que no ocurrió, afortunadamente, porque luego he visto que tiene sus ventajas…). Por eso cogí el suplemento, y además en aquella época las mujeres, por miedo, no queríamos puestos ejecutivos; y yo lo acepté un poco por principios. Estuve un año y medio, tal como lo acordamos.

P.-¿Fue enriquecedor?

R.-Fue terrorífico, muy duro, creo que me costó hasta una enfermedad y una operación. Muchos problemas. Montones de problemas. Tampoco dirigir es una cosa que se me dé especialmente bien. Escribí Amado amo (Debate, 1988) a raíz de eso, sobre las relaciones laborales.

P.-Un libro sin duda duro. Cuando sale a la calle la gente la reconoce.

R.-Ahora ocurre mucho por el ensayo. He vivido siempre como si no me reconocieran, porque la gente es muy respetuosa. A veces comiendo con amigos alguien se acercaba de la mesa de al lado, y me decía que le gustaba mucho un libro. Eso sí me ha pasado. Y yo pensaba, qué horror: '¡Moviola!, a ver que habré dicho en la mesa…'. 

P.-¿Cómo lo lleva que la paren por la calle?

R.-Pues conmovida, desconcertada, me dicen cosas preciosas. Ha habido como subir un escalón en todo esto. Por el tema de la enfermedad mental, supongo. Siento una gran gratitud, una sensación de deuda. Me gusta la gente. Tiene que ser muy pelma y malo alguien uno para que no me interese.

P.-Hablemos un poco de política. Estamos tal vez en un final de etapa, quizá haya un batacazo del PSOE, ahora se verá qué pasa en las municipales y autonómicas, y si se perfila un gobierno del PP con la muleta Vox… 

R.-¡En ese caso pienso que es mejor que el PP saque mayoría! Pero no voy a votarles, evidentemente.

P.-¿Estamos en una época convulsa y de cuestionamiento de la democracia?

R.-Por eso empecé, en parte, la saga de Bruna Husky, esa distopía. Tenía la sensación, ya hace 13 o 14 años, que había una añoranza de las dictaduras y totalitarismos creciendo en muchos sitios, de que estamos en una especie de República de Weimar, por la mala gestión de la crisis de 2008. Se ha salido de esa crisis con el empobrecimiento de un cuarto de la población mundial, que piensa que sus hijos serán más pobres que ellos, y que han visto que los causantes son más ricos. El índice Gini, sobre las desigualdades salariales, no ha hecho más que aumentar dese 2008. Consideran que esta democracia no les representa. Y la crítica es legítima. Pero el problema es que es gente que en general está intelectualmente menos armada, con menos educación; y protestan (lo cual en sí puede estar bien) porque creen que este sistema no les sirve, se vuelven antisistema y entonces aparece gentes como Trump y los votan. Es igual que lo que pasó en la República de Weimar. Y llegaron los nazis, con Hitler, ¡que es un tipo que sale de la cárcel! Está pasando, salvando las distancias, lo mismo que tras el crack del 29.

P.-Vienen años muy malos, los próximos cincuenta. Calentamiento global, inundaciones de las zonas más fértiles y más pobladas, gentes sin comida, sin agua, desplazándose a lugares más pobres; habrá matanzas. ¿Y la guerra de Ucrania? ¿La sigue?

R.-Es terrible. Mucho dolor. Pero sobre sobre todo me preocupa la fascistización de la sociedades, como también el auge de la extrema izquierda, que discurre en paralelo. Son fenómenos laicos, pero también están los preocupantes fenómenos religiosos. Vienen años muy malos, los próximos cincuenta. Calentamiento global, inundaciones de las zonas más fértiles y más pobladas, gentes sin comida, sin agua, desplazándose a lugares más pobres; habrá matanzas. Hubo expertos que dijeron, incluso del Pentágono, que la guerra de Siria, que es una derrota para Europa y el mundo, estaba asociada al calentamiento global. Hubo siete años de sequía terrible. Y se fue un millón y medio de personas del campo a Alepo y Damasco, creándose situaciones violentísimas.

P.-A la fortaleza Europa le cuesta mucho aceptar el invierno demográfico y las migraciones, que son necesarias.

R.-Las leyes de la horda humana: lo cuenta Harari en Sapiens. Ese grupo de 30 personas que se mataba con el grupo de al lado. Ese era el perímetro que luego se fue ampliando. Subsiste este rechazo al de fuera, y el tener que aceptar a tanta gente de otra raza, religión y cultura puede acabar favoreciendo esos sentimientos y desembocar en totalitarismos.

P.-¿Leyó la novela Sumisión de Houellebecq?

R.-No. Lo detesto.

P.-¿Conocerá la tesis del libro? Un presidente moderadamente islamista, que, por unos pocos votos más que su rival de la extrema derecha, llega a presidente. Sería un problema, ¿no?

R.-Pues no lo sé. Si este hombre sigue respetando el sistema laico, y si ha habido una buena integración…

P.-El 70% de los musulmanes franceses menores de 30 años consideran que la Sharía debería estar por encima de la ley.

R.-Eso es lo que hay que intentar cambiar. Vivimos en un mundo muy complicado.