Detalle de 'Las meninas' de Velázquez.

Detalle de 'Las meninas' de Velázquez.

LA TRIBUNA

Los mejores cuadros del Prado (y del mundo) según Eugenio d'Ors

'Tres horas en el Museo del Prado' cumple 100 años, un itinerario por las obras maestras de la pinacoteca que consagró a d'Ors como el mayor crítico de arte español del siglo XX.

30 abril, 2023 02:02

Al salir de visitar el Museo del Prado Eugenio d'Ors, Salvador Dalí, y el poeta francés Jean Cocteau, un periodista se les acercó y les preguntó a los tres: "Si se incendiase el Museo del Prado y solamente pudiesen ustedes salvar una obra, ¿qué obra salvarían?". Eugenio d'Ors dijo: "Sin dudarlo, El Tránsito de la Virgen de Mantegna. Ya lo escribí en mi libro Tres horas en el Museo del Prado". Salvador Dalí respondió con su énfasis habitual: "El aire, el aire de Las Meninas de Velázquez". Y Jean Cocteau, con su surrealismo genial, exclamó: "Yo salvaría el fuego."

Eugenio d'Ors publicó en abril de 1923 Tres horas en el Museo del Prado, su libro más conocido en España, aunque tal vez sea La bien plantada, su libro más famoso y popular en Cataluña. En mi opinión no es su mejor libro, aunque sí uno de los más importantes y personales de nuestro autor y que le define como posiblemente el mayor crítico de arte del siglo XX de España.

Tres horas en el Museo del Prado, desde luego, es uno de los libros más importantes y originales que se han escrito sobre nuestra pinacoteca y aunque solo fuera por este libro, d'Ors debería ser considerado como una de las figuras importantes de la cultura artística española.

El escritor Eugenio d'Ors.

El escritor Eugenio d'Ors.

Los motivos de su éxito, que se prolonga ya cien años, son fundamentalmente dos: la originalidad y personal visión del Museo, nunca antes escrita; y algunos de sus deslumbrantes y agudos hallazgos al modo de greguerías o intuiciones visuales. La mayoría de sus textos son de una prosa de gran brillantez.

Dejemos como primera premisa que este libro no es lo que se entiende vulgarmente como una guía al uso, sino más bien un itinerario estético muy particular sobre algunas de las obras maestras que encierra nuestro Museo. Eugenio d'Ors sostenía que un Museo no es, en esencia, un órgano de Historia, sino un órgano de cultura. A d'Ors no le interesaba el arte en un sentido historicista; es decir, en el momento histórico en que se produce, sino lo que él llamaba sub specie aeternitatis. Esto es, fuera del tiempo y del espacio, en su valor de perennidad y eternidad, no de contingencia. En su valor trascendente de cultura, siendo así que cultura es lo que perdura, pasado el tiempo y las modas.

Las obras artísticas las reducía a dos tipos: las que tienen fundamentalmente valor espacial (léase formal, arquitectural, estructural) y las que tienen valor expresivo (léase significativo, psicológico, emotivo). Los artistas más representativos de ambos tipos podían ser en el Museo del Prado, por ejemplo, Mantegna y El Greco, Rafael y Rubens, o Poussin y Goya.

Por otro lado, dividió a los artistas desde el punto de vista expresivo-formal en dos tipos: los que emplean las formas que pesan (los clásicos) y los que emplean las formas que vuelan (los barrocos). Aquellos cuyas figuras están firmemente apoyadas en el suelo y aquellos cuyas figuras, en su dinamismo, pareciera que flotaran o volaran. Y así lo establece en toda la Historia del Arte, no sólo en el Museo.

Los primeros, los estáticos, están más cerca de "la estatua" o de la "arquitectura", y los segundos, los dinámicos, estarán más cerca de la "música" o de la "danza"(por ejemplo, la pintura clásica o neoclásica). Los primeros son más geométricos y racionales, los segundos se fusionan más con la Naturaleza (Watteau) y con la fantasía (El Bosco), como, por ejemplo, la pintura barroca o romántica.

'El Tránsito de la Virgen', de Andrea Mantegna.

'El Tránsito de la Virgen', de Andrea Mantegna. Museo del Prado

En medio está Velázquez. En el mediodía de la pintura. Escribiendo sobre Las Meninas, Eugenio d'Ors afirma que es como un cristal sobre el mundo. Y la define como la Teogonía de la Pintura; es decir, el origen de la diosa pintura, la pintura- pintura. "El arte del retrato llega aquí a la culminación de lo informativo ni antes alcanzada ni vuelta a alcanzar. Cuando hemos visto esta obra, lo sabemos casi todo sobre las criaturas que en ella siguen viviendo".

Y prosigue: "El espectador parece a punto de alcanzar aquel don atribuido al Ser Supremo por la teología; verlo todo en acto único, de una vez". Señala la maestría y singularidad del Cristo en la Cruz de Velázquez, al afirmar su dignidad suprema.

"Precisamente por lo sobrio, por la ausencia doble de la belleza y de la fealdad física. Este cuerpo no es feo como en El Greco, ni bello como en el Cristo de Goya. Ni tampoco es un atleta como en Miguel Ángel, ni una larva como en algunos primitivos flamencos. Es noble aquí todo. No tiene cara que los cabellos ocultan. No tiene sangre con que abrevar románticamente la compasión. Ni tiene compañía humana, ni paisaje, ni cielo, ni meteoros. Era un justo; ha muerto. Y -¡suprema dignidad!- está solo."

Uno de las revelaciones de este libro es hacernos ver la tabla pequeñita de El Tránsito de la Virgen de Andrea Mantegna como una de las obras maestras del Museo, afirmando que si se incendiase el Prado, y sólo pudiese salvar un cuadro nada más, él se lanzaría sin dudarlo a por esta tablilla lívida (como él lo llama) del Mantegna. El cuadro más preciso, más seco, y todo él perfectamente distribuido, estructurado, lógico. Y se entusiasma diciendo que "nos recuerda a la geometría de Euclides, a la prosa de Tucídides, a la psicología de Stendhal. Y culmina afirmando que es el cuadro mejor compuesto en la antología de la Pintura universal".

Señalaremos también sus páginas dedicadas a Poussin, otra de sus revelaciones y preferencias, por el equilibrio de sus composiciones, y especialmente La caza de Meleagro como su cuadro más significativo, señalando su carácter casi de relieve, como de friso, emparentándolo con las Panateneas de Fidias. Está compuesto "como un friso; es un desfile, una procesión que en griego se dice theoría. Los jóvenes griegos acompañan a Meleagro y a la bella Atalanta a cazar el jabalí, pero no es la caza lo que aquí se nos muestra, sino la salida para la caza. En este cuadro, " el mismo tema es casi estático, el caballo se encabrita (¡y cuán bellamente!), lo bastante para no tener que avanzar.

'La caza de Meleagro', de Nicolas Poussin.

'La caza de Meleagro', de Nicolas Poussin. Museo del Prado

Finalmente, Goya, siempre Goya, como el más español, el más popular de los pintores del Prado en el extremo límite romántico. El primero que señaló su vecindad con los impresionistas y aún los expresionistas fue Eugenio d'Ors. Y también insiste en su carácter psicológico. Y literario. Y aún más, escribe: "Detrás de Goya está la literatura. Pero también están la historia, la psicología, el etnicismo, el costumbrismo, la sátira, la moral, el humor…".

E insiste: "Obsérvense que siempre son elogiadas en sus obras dos cosas: la calidad y el carácter. En gracia y maestría a la calidad de su calidad conquista a los pintores; y por razón acusada de su carácter, a los escritores".

Detengamos, por último, en su magistral descripción de Los Fusilamientos: "He aquí al villano que, en la noche de con los dos brazos en alto, la luz del farol en la camisa. Velludo, casi negro, grotesco y sublime, monigote y arcángel, anónimo e inmortal –este madrileño rebelde es para nosotros la Revolución. No quiero decir la Revolución política únicamente. Esta es, pero también la otra, la de la cultura, la del arte, la revolución que el Pasado intenta fusilar y no puede. ¿Qué vemos anecdóticamente en este cuadro? Una ejecución. ¿Qué vemos ideológicamente? Al contrario, una apoteosis. Un grito triunfal de la libertad. Jamás se ha pintado con tanta libertad. Jamás se ha roto tan descarada, tan violentamente, con cualquier tradición. Late aquí, desnudamente, irracionalmente, la vida misma. "

Para acabar, una anécdota. Iba mi abuelo Eugenio d'Ors paseando por el Paseo del Prado y se encontró a un amigo que iba con una señora que no conocía personalmente a nuestro escritor. El amigo le presentó a la señora a d'Ors, diciendo: "Te presento a don Eugenio d'Ors." Y la señora, muy ufana y que se las daba de culta, exclamó: "Ah, usted es el autor de Nueve horas en el Museo del Prado". Y d'Ors le respondió: "Con tres horas tengo más que suficiente".

Tres horas en el Museo del Prado, un libro que aún palpita con fuerza cien años después.

***Carlos d'Ors es pintor, poeta y crítico de arte.

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