Acaba una semana extenuante para la dignidad española. Este sábado nos lo merecemos. Este sábado, rumba. Sólo hace cinco días que Luis Rubiales le enganchó la cabeza a Jenni Hermoso como quien agarra a un ternero, pero siento que llevo siglos sin ser feliz.

Pedro Rocha, junto a Luis Rubiales en una Asamblea de la Federación.

Pedro Rocha, junto a Luis Rubiales en una Asamblea de la Federación. EFE

Observar a los bellacos caer siempre se hace espeso, amarillento y largo. La esperanza es una cosa vintage, un redoble de tambor cansino. Te vuelves vieja contemplando a los villanos colgando de un hilo invisible, como mamones pendulares, medio ingrávidos, y a veces no sólo no se hace justicia nunca, sino que como no tengas cuidado, todavía te mueres tú antes que ellos.

Bueno. Los gallitos tendrán siete vidas, pero las pavas reales tenemos ocho. Y en esta parece que se ha dado el desempate. Que nos hemos tomado por fin la revancha. 

El presi ha pencado, el género chistes de calvos anda en alza, las chavalas despiertan admiración calle arriba, calle abajo, y el feminismo ha dinamitado a un mafioso del fútbol. Si no es poesía, se le parece bastante. 

Es cierto que nos hirió, de entrada, que el beso forzoso empañase una jornada histórica y radiante de triunfo femenino. Pero ahora, viéndolo desde fuera, es lo mejor que nos pudo pasar. Total, esas prácticas se llevaban a cabo igualmente, de esquinilleo, fuera del foco. Lo único que cambió fue que esta vez se hizo a ojos del mundo entero, y ni todo nuestro sincretismo, ni toda nuestra sonrojante tibieza, ni toda nuestra mansedumbre patria fue capaz de negar más que el elefante que roncaba, panchísimo, en la habitación, nos había dejado la casa sellaíta de esmegma.

***

Se ha hablado de la relevancia de esta victoria deportiva a la hora de "inspirar" a "las niñas". Y oye, está bien para la que necesite ese aliento (a mí, a estas alturas, ni me va a interesar en serio el fútbol ni me vas a poner a correr a no ser que sea delante de la policía), pero las mujeres ya admirábamos a las mujeres. Lo que nos apetece es que también sean capaces de admirarnos los hombres, ensirocados como están en competir y felarse entre ellos, todo a la vez. Sus liguitas. Sus piques. Sus picos. Sus cosas.

Fuerte paradoja. Cuanto más machistas y homófobos son, más homosexuales se muestran en la práctica, y más impenetrable resulta su coto privado de odios y amores, de treguas y guerra, de sudor, eyección y saliva

No es noticia. A los hombres machistas no les gustan las mujeres. No las veneran ni las toman como dignas rivales. Están en los vestuarios haciendo el trenecito, o midiéndose entre ellos, o excitándose con sus cuitas machas, usando palabras gordas y calientes que no entienden del todo, como "honor" y "respeto".

Luis Rubiales, en la visita a La Moncloa tras el Mundial de Fútbol femenino.

Luis Rubiales, en la visita a La Moncloa tras el Mundial de Fútbol femenino. EUROPA PRESS

***

El éxito mola, no seamos melifluos. Yo celebro el de estas profesionales, el de todas las profesionales. Es refrescante, es nuevo. Nunca nos acostumbraron a poner cara de ganadoras. Cuando vencimos, nos ignoraron. Lo de vencer sin que nadie te vea es como lo del rayo ese que hace caer un árbol en un bosque sin nadie presente para escucharlo: no suena, no suena. Ahora toca gritar hasta que rabien. 

Pero lo importante de verdad no ha sido, al cabo, arrasar en el Mundial femenino. Ganar no tiene nada que ver con la justicia. Ganar es una mezcolanza perversa de esfuerzos y azares y talentos y oportunidades, poco más que una lógica momentánea, caduca.

Lo que sí es justicia (poderosa, emancipadora, luminosa) es que un país entero derribe a una figura arcaica, sexista y mafiosa como Rubiales, sabandija capaz de hacerse la víctima pidiendo piedad "por sus hijas" mientras extorsiona a una campeona del mundo a la que morreó sin permiso, sin deseo

Eso sí "inspira" a las niñas. Eso sí educa a los niños. 

¿Habrá algo más espléndido, más revolucionario, más elegíaco? Hemos visto a un hombre perderlo todo mientras hacía lo que más le gustaba: ganar un partido. 

***

Qué tiempo hermoso de dialéctica revolucionaria y naciente. Le metemos por fin un patadón a la repugnante expresión "estar callado/a como una puta". Se abre una nueva era: "Estar callado/a como un futbolista". 

La ignominia ahora es para ellos, para los silentes, para los que se ponen de perfil ante el abuso de los grandes. Sabemos quiénes son. Les escuchamos el mutismo desde aquí

La vergüenza ahora es de ellos. Que la mastiquen con la boquita cerrá. 

***

Adiós, Rubiales. Y el resto de machistas impunes que calienten, que ya salen.