A los de las líneas rojas, a los de "inaceptable linchamiento", a los de la "violencia política como nunca se ha visto en este país".

A vosotros os digo: callasteis cuando lo visteis venir.

Cuando Podemos convirtió el escenario político en un lodazal.

Cuando transformaron el insulto personal en argumento.

Cuando profirieron descalificaciones ad hominem sin que hubiera reproche alguno.

Cuando se oyeron en las Cortes expresiones que hicieron sonrojar los diarios de sesiones.

Cuando se dio de lado la cortesía parlamentaria porque era parte de un sistema con el que había que acabar.

Callasteis. 

Irene Montero junto a Reyes Maroto, Isabel Rodríguez y la ministra de Hacienda, María Jesús Montero.

Irene Montero junto a Reyes Maroto, Isabel Rodríguez y la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. EFE

No os escandalizaron cuando llegaron borrachos de adanismo y prepotencia, rodilla a tierra, Chávez presente, dopados por el dinero de los sátrapas iraníes matamujeres. Cabalgando contradicciones.

Callasteis y os hizo gracia.

Porque desde vuestra superioridad moral, desde vuestra creencia de estar siempre en el lugar correcto de la Historia y vuestra condescendencia sólo hacia vuestro perfil izquierdo, todo lo que hacían os parecían gamberradas que (de todos modos) ofendían a otros.

¿Que eso podía desembocar en la bronca de hoy? Imposible.

¿Violencia política? Ni os inmutasteis entonces ni os habéis inmutado ahora cuando los de EH Bildu, blanqueados por Pedro Sánchez hasta la transparencia, han ido ocupando el centro del campo de juego, como si fueran personas normales, hablando de cosas normales, mientras Presupuesto a Presupuesto (y ya van tres) convertían en algo rutinario la presencia de su pistola humeante.

Estar ahí por ser pareja de alguien. ¿Machismo incalificable?

–Una mujer que encarna ser esposa de, nombrada por, sin preparación, relaxing cup of café con leche. Una mujer cuya única fuerza proviene de ser esposa de su marido y de los amigos de su marido. En un día como hoy, 8 de marzo, a mí me gustaría felicitar a las mujeres y agradecerles que no se parezcan a Ana Botella.

¡Qué chispa! Pablo Iglesias. Machista de libro, de la especie de depredador que pulula por los partidos y por los departamentos de las facultades progres, con americana de micropana y promesas de ascenso.

Qué gracioso y cuánto se merecía Ana Botella todo lo que se dijo de ella. Poco os pareció.

–Iba caminando y de la nada apareció un grupo de gente enorme. Venían desde Alonso Martínez hacia la glorieta de Bilbao, donde yo estaba. En cuestión de poquísimos minutos estaba rodeada de gente. Me gritaron de todo. Hija de puta, asesina. Seguí caminando y en el trayecto me empujaron, me insultaron, me escupieron, me amenazaron de muerte.

Era Cristina Cifuentes, del PP. Todos los días 40 o 50 personas en su portal. Y lo mismo en la puerta del Hospital de la Paz donde estaba en coma tras un accidente. Pablo Iglesias lo llamó "jarabe democrático".

Lo mismo cuando impidió por la fuerza que Rosa Díez diese una conferencia en "su" facultad, y luego se preció de ello.

Porque Ana Botella, Cristina Cifuentes o Rosa Díez no eran mujeres. No se podían acoger a su condición de víctimas del machismo. Porque los carnets los repartían ellos. Y con vuestro silencio, también vosotros. 

Tampoco eran mujeres Soraya Sáenz de Santamaría ("a la política se viene llorada de casa"), ni Rita Barberá, ni Inés Arrimadas y, menos aún, Rocío Monasterio o Rocío de Meer (la de la pedrada podemita en la frente, esa cuya sangre era ketchup, según ilustres como Echenique y su ejército de troles).

¿Isabel Díaz Ayuso? ¿IDA? A los guardianes de la corrección política, a los que acabáis de descubrir la importancia de la salud mental, no os ha importado utilizar el acrónimo salido de las cocinas de la Moncloa, del Iván del que nadie se acuerda, con tal de poner en duda la capacidad de la presidenta madrileña.

"Zumbada", "como una maraca", "perdida". Una y otra vez repetido en televisiones y radios por activistas como Rosa Villacastín o columnistas de Público o de El País.

Tampoco os pareció machista. Tampoco se cruzó ninguna línea roja.

Si es que, en el fondo, van provocando.

Pero el miércoles, a la ministra que debería haber dimitido, a la que llevará por siempre sobre su conciencia cada uno de los violadores y pederastas que han visto reducidas sus penas o que han salido a la calle gracias a su ley infame, a ella se le recordaron sus méritos para estar donde estaba, méritos muy por debajo de los de las juezas a las que insulta un día sí y otro también.

Y ardió Troya. Y entonces descubristeis las líneas rojas que llevaban años traspasadas. Hipócritas.

Pero por si creéis que la reacción de Irene Montero fue normal, os cuento. Las mujeres no somos así. No vamos pidiendo un trato VIP. No gritamos "las mujeres y los niños primero", ni sacamos la carta del sexo débil, ni nos ponemos a llorar cuando se nos tuercen las cosas. Damos la cara y, si nos hemos equivocado, rectificamos.

Con mujeres así se ha construido el mundo. Con mujeres como Irene Montero y su corte de plañideras, lo más que se puede construir es un patético serrallo.