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Tecnología

¿Qué es un Troll?: El Criticador

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Hoy estrenamos nueva sección semanal en Omicrono, un lugar donde nos meteremos con todo lo que podamos y en el que nadie se salvará de la quema: El Criticador. Con este título tan explicativo y un tema tan jugoso empezamos hoy esta sección, ¡que la disfrutéis!

¿Qué es un Troll?

Si me hubieran preguntado hace muchos años, cuando era un enano e intrépido lector de fantasía, no habría dudado en describir un ser repugnante y flatulento, cuya vileza sólo era comparable a su tamaño. Una hedionda criatura que se escondía en profundas y oscuras cavernas, oculto de la sociedad y de la justicia de los hombres, deseoso de cazar niños, hombres adultos o animales de ganado para poder saciar su infinito apetito y su voluntad de hacer el mal.

trol

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Visto a través de este prisma, ¿alguien podría estar en contra de semejante acontecimiento?

Pues sí. No dudaría, como ya se ha hecho desde hace décadas, en readaptar el concepto de la mitológica criatura y encajarla en el mundo de la comunicación a través de Internet.

El Troll de la era moderna es una criatura llena de odio por todo lo que le rodea —en la realidad—, y, frustrado e indefenso ante una sociedad contra la que no se puede enfrentar, dedica todos sus esfuerzos de una forma monstruosamente inhumana a causar confrontación y conflicto en todos los lugares de Internet creados para la socialización o el intercambio de bienes culturales.

Viven en el anonimato, lo que les proporciona un extremo placer al no sufrir consecuencias. Es la oportunidad que tienen de jugar al juego de los roles y dejar de ser ellos mismos para ser los valerosos y provocadores personajes que nunca pudieron ser. Todo lo que no han podido hacer y decir en la sociedad real, por falta de herramientas sociales, pueden llevarlo a cabo en la virtual. Tienen palabras para todo, sea de su competencia o no, lo entiendan o no, les incumba o no. Poseen el enfermizo don de la tergiversación; todo lo que usted diga será utilizado en su contra. Su único objetivo es destruir, manipular e imponer. Muchos de ellos, arrogantes y vanidosos por naturaleza, usan sus datos reales, tentando a los usuarios a picar el jugoso anzuelo de la provocación ante una persona perfectamente identificable.

Ya que el código penal vigente no puede castigarles la mayor parte de sus acciones, envenenan la red creyendo que son los más inteligentes y sabios de la faz de la tierra, y así intentan manifestarlo, intoxicando con todo tipo de artilugios cualquier lugar donde puedan infiltrarse. Una expulsión o censurar  sus comentarios sólo añadirá gasolina a la hoguera de bilis que llevan dentro, una razón que consideran un agravio que les obliga, por derecho civil, a seguir perpetuando el fermentado rencor del que se ceban como cerdos de corral. ¡Me han censurado! ¡A mí! Qué fascistas, fanboys, snobs, gafapastas, panderetas, nerds. ¡¡¡A mí!!!

Pequeños dictadores frustrados.

A pesar de ser una tontería, siempre he intentado imaginar el Troll ejemplar, quiero decir, en la vida real. Yo creo que es uno de esos tipos que, de noche, cuando va en coche tras de ti por la carretera, pone las largas, se pega a tu culo y nunca adelanta. Paga con céntimos una compra colosal en el supermercado. Devuelve productos ya usados, días más tarde, humillando a las cajeras con diarrea verbal. Nunca te deja terminar lo que sea que estés diciendo y le gustan las pelis donde Alien, Predator, Gandalf y El Cid forman parte del mismo universo.

Creen con efusiva devoción que, por sufrir tantos males como creen haber sufrido, se han hecho mártires ungidos por Dios que deben y tienen el derecho de ejercer la justicia, concepto que confunden con tiranía. Son esos tipos que pegan palizas a sus mujeres y gritan de desesperación contra la televisión cuando pierde su equipo de fútbol favorito, tirando la cena contra la repisa. Pero en la red lo son todo, eternamente perversos, y deben destruir todo aquello que, en la vida real, les ha frustrado y rechazado tanto. Son lo que siempre se ha conocido como unos verdaderos hijos de la grandísima puta, ahora digitalizados.

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Unos Trolls que, lejos de ser místicos, únicamente ansiaban destruir la obra humana, la misma obra que, de una forma u otra, les había destruido a ellos.