Una placa de inducción Omicrono
Los expertos coinciden: "Cambiar la vitrocerámica por una placa de inducción permite ahorrar hasta un 40% en luz"
Si nuestra cocina tiene una vitrocerámica, puede valer la pena cambiar a una placa de inducción para ahorrar en la factura de la luz.
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Las elevadas facturas de la luz que hemos recibido este verano han obligado a millones de familias a cambiar sus hábitos y a fijarse muy bien cómo consumen electricidad; incluso a la hora de algo tan simple como hacer la comida.
Muchos hogares españoles ya han abandonado los tradicionales fogones de gas por una vitrocerámica, pero ahora más gente está dando otro salto más, hacia las placas de inducción, como una de las decisiones más rentables.
Aunque a simple vista se parezcan mucho, la vitrocerámica y la inducción son dos sistemas completamente diferentes, que se basan en principios distintos y por lo tanto, consumen electricidad de distintas maneras.
La vitro usa resistencias eléctricas que calientan primero el cristal para transferir ese calor al recipiente, mientras que la tecnología de inducción funciona mediante bobinas que generan un campo electromagnético que transfiere energía directamente a la base del recipiente.
Esta es una diferencia mayor de la que pueda aparentar. Según resaltan en la distribuidora de electrodomésticos Frigicoll, "el consumo real de una placa de inducción está entre el 80% y el 90%, mientras que la vitrocerámica se sitúa alrededor del 50%".
La diferencia entre ambas cifras se debe a la pérdida de energía por el calor residual que se dispersa por el ambiente. En otras palabras, la vitrocerámica también está calentando el entorno alrededor del recipiente y no solo la olla o la sartén.
Esto significa que "la placa de inducción consume entre un 30% y un 40% menos que las vitrocerámicas, un hecho que se ve reflejado en la factura de la luz".
Esas son cifras confirmadas por el IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía) donde afirman que una placa de inducción consume aproximadamente entre un 20% y un 40% menos que una vitrocerámica para hacer lo mismo.
Esto tiene un impacto directo, no solo sobre el consumo, sino también en la eficiencia en la preparación de alimentos.
Por ejemplo, para hervir 2 litros de agua, una placa de inducción requiere aproximadamente 5 minutos, mientras que una vitrocerámica convencional necesita unos 9 minutos para la misma tarea.
Para calentar 1 litro de agua, las mediciones de consumo revelan que una vitrocerámica gasta entre 1.000 Wh y 2.000 Wh, frente a los 800 Wh a 1.200 Wh que requiere un sistema de inducción.
La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) explica esto porque, según sus datos, en las placas de inducción "el 75% de la energía se convierte en calor, por lo que consumen menos"; esta organización también revela otra ventaja, que la superficie de la placa en sí no se calienta, por lo que podemos tocarla y limpiarla inmediatamente después del uso sin peligro de quemarnos.
En su contra, las placas de inducción son más caras, entre 100 y 150 euros más que un modelo de vitrocerámica equivalente, pero esta inversión se puede amortizar en pocos años teniendo en cuenta que vamos a gastar aproximadamente 5 euros menos en luz (dependiendo del uso).