F-81 'Santa María' en navegación

F-81 'Santa María' en navegación Armada

Observatorio de la Defensa

Las F-80 o cómo prolongar el pasado para ganar tiempo frente a un futuro que llega con retraso

La modernización de las fragatas de la clase Santa María no es una mejora de capacidades, sino una medida de contención ante un déficit de escoltas.

Carlos Delgado Fernández
Publicada

Fruto de la transformación que la Armada emprendió en la década de los setenta para homologarse con las marinas de su entorno, las fragatas de la clase Santa María alcanzaron su plena madurez operativa en los años ochenta. Versión española de las estadounidenses Oliver Hazard Perry, de construcción nacional bajo licencia, se convirtieron durante décadas en el núcleo más operativo de la flota.

Durante años, fueron los buques mejor preparados del mundo para la guerra antisubmarina, en un escenario dominado por la amenaza submarina y la Guerra Fría.

La 41ª Escuadrilla de Escoltas, formada por las fragatas F-81 Santa María, F-82 Victoria, F-83 Numancia, F-84 Reina Sofía, F-85 Navarra y F-86 Canarias —estas dos últimas las más modernas de la serie—, ha participado durante décadas en operaciones de alta intensidad, seguridad marítima y misiones de presencia y disuasión en áreas de interés nacional.

Desde su intervención en la Guerra del Golfo en los años noventa, pasando por los despliegues en el Adriático durante el conflicto de los Balcanes o episodios más próximos como la crisis de Perejil y las operaciones en el Golfo de Guinea, estas unidades han constituido un instrumento constante de proyección naval.

A ello se suma su participación en operaciones aliadas como Active Endeavour tras el 11-S o Sea Guardian, así como su integración recurrente en las agrupaciones navales permanentes de la OTAN, SNMG-1 y SNMG-2. Además, ha sido el buque más representativo —y lo sigue siendo— de la operación de la UE contra la piratería Atalanta.

En paralelo, han formado parte de ejercicios internacionales de alta exigencia como UNITAS, Dynamic Mariner o Joint Warrior. No deja de ser significativo que, la más veterana, la fragata Santa María haya cruzado recientemente el Círculo Polar Ártico integrada en una agrupación de la OTAN.

Casi cuatro décadas después, esas mismas fragatas, muy limitadas en su función de escoltas, instaladas ya en su senectud, vuelven al centro del debate. No por lo que han representado, sino por lo que dejan al descubierto.

España nunca ha tenido masa crítica suficiente para sostener de forma continuada todas esas exigencias. Ni siquiera en los periodos de mayor densidad de flota.

Porque la cuestión no es únicamente cubrir un déficit puntual, sino sostener la estructura de fuerza en un momento de máxima tensión.

La modernización de las F-80 no responde a una mejora de capacidades, sino a la decisión de prolongar su vida útil como medida de contención. En ese intervalo, la Armada se ve obligada a preservar el equilibrio mínimo de escoltas disponibles mientras la transición entre las F-80 y las F-110 se dilata en el tiempo.

Hace apenas unas semanas, la Armada ofrecía dos imágenes poco habituales. Primero, el despliegue simultáneo de las cinco fragatas F-100. Días después, el de las seis F-80. Dos demostraciones de capacidad de generación de fuerza que, más allá de su valor operativo inmediato, anticipan un problema estructural.

La coincidencia de tres procesos —la prolongación de las F-80, la modernización de media vida de las F-100 y la incorporación escalonada de las F-110— comprime la disponibilidad operativa y limita la capacidad de respuesta. Entre esos tres vectores se abre un vacío temporal que no puede cubrirse con soluciones tradicionales. Es el preludio de un cuello de botella.

La Armada es una de las pocas marinas aliadas que ha sostenido de forma recurrente su participación en las dos agrupaciones navales permanentes de la OTAN, la SNMG-1 y la SNMG-2.

Para entenderlo, conviene ir más allá de los programas concretos y observar el modelo de empleo de la Armada en las últimas décadas, la lógica de una triple exigenciaa: la capacidad de contribuir de forma sostenida a las agrupaciones navales permanentes de la OTAN, la cobertura de seguridad de un grupo de combate expedicionario en torno al LHD Juan Carlos I y, simultáneamente, el mantenimiento de presencia naval en áreas de interés nacional.

La Armada es una de las pocas marinas aliadas que ha sostenido de forma recurrente su participación en las dos agrupaciones navales permanentes de la OTAN, la SNMG-1 y la SNMG-2, lo que introduce una presión y responsabilidad constantes sobre la disponibilidad de escoltas.

El modelo, en su conjunto, nunca fue plenamente sostenible. España nunca ha tenido masa crítica suficiente para sostener de forma continuada todas esas exigencias. Ni siquiera en los periodos de mayor densidad de flota. Lo que sí ha hecho, de forma recurrente, es gestionar esa limitación mediante flexibilidad estructural.

Esa flexibilidad es, precisamente, la que ahora está en riesgo. Y con ella, la capacidad de absorber tensiones sin comprometer la estructura de la fuerza.

La fragata 'Numancia'.

La fragata 'Numancia'.

Los buques no desaparecían al quedar obsoletos: cambiaban de función. Los destructores de los años sesenta y setenta, ya superados como principal ships, pasaron a desempeñar misiones de vigilancia y presencia en las antiguas zonas marítimas. Más tarde, las corbetas de la clase Descubierta siguieron ese mismo patrón.

Ese modelo respondía a una lógica clara. Los buques más modernos se reservaban para escenarios de mayor exigencia, mientras que los más veteranos asumían misiones de menor intensidad, pero igualmente necesarias: presencia, vigilancia y control del espacio marítimo. No se trataba de retirar capacidades, sino de redistribuirlas.

Esa lógica es la que ahora empieza a fallar. Las fragatas F-80 no se están prolongando para transitar hacia ese segundo uso. Se están prolongando porque siguen siendo necesarias como escoltas. Aunque sea con capacidades limitadas. Ocupando un espacio que, en un modelo equilibrado, correspondería a unidades más modernas, unidades que todavía no están en servicio.

El resultado es una doble tensión: los escoltas se emplean por encima de lo deseable y, al mismo tiempo, no se refuerza la base de unidades destinadas a misiones de presencia y vigilancia.

España, en su historia reciente, nunca ha tenido capacidad para operar de forma sostenida tres escuadrillas de escolta.

A ello se suma una Fuerza de Acción Marítima cada vez más tecnológicamente avanzada, articulada en torno al Buque de Acción Marítima, concebido para misiones de seguridad marítima de mayor complejidad, pero que no sustituye la necesidad de patrulleros de menor entidad para la presencia continuada en aguas nacionales.

Al problema de esta carencia se le añade la incertidumbre en torno a las futuras European Patrol Corvette (EPC), un programa que navega entre la ambigüedad de su rol y la indefinición de su futuro.

Estamos, por tanto, ante la manifestación de un desfase estructural: la convergencia temporal de décadas de falta de inversión frente a una abundancia anunciada que aún no se ha materializado. Esto es, la coincidencia temporal de tres procesos —la extensión de vida de las F-80, la modernización de media vida de las F-100 y la incorporación escalonada de las F-110— que generará una compresión de capacidades y limitará la disponibilidad real de escoltas.

¿Se puede disponer de una cifra teórica de unidades suficiente y, al mismo tiempo, no poder sostener su empleo continuado? En este contexto, conviene recordar un hecho que rara vez se plantea en estos términos: España, en su historia reciente, nunca ha tenido capacidad para operar de forma sostenida tres escuadrillas de escolta.

Fragata de la clase F-110

Fragata de la clase F-110 Lockheed Martin

El momento en el que más cerca estuvo fue durante la entrada en servicio de las fragatas de la clase Santa María, conviviendo con las fragatas de la clase Baleares y las corbetas de la clase Descubierta. Una situación transitoria que nunca llegó a consolidarse como estructura permanente.

Hoy podría repetirse una imagen similar, con la coexistencia temporal de las F-100, las F-110 y las propias F-80. Pero, como entonces, sería un espejismo. Una acumulación puntual de capacidades que no responde a un modelo sostenible, sino a una superposición transitoria de programas.

La extensión de vida de las F-80 no es una anomalía. Es la consecuencia lógica de un sistema que ha agotado su margen de adaptación. Tampoco es una mejora, sino una solución de compromiso, una apuesta de prolongar el pasado para ganar tiempo frente a un futuro que llega con retraso.

*** Carlos Delgado Fernández es Asesor-analista de Defensa