Una mujer comiendo.

Una mujer comiendo. Pexels

Salud y Bienestar

Una nutricionista da las siete claves para no llegar a septiembre arrepentida: "El helado no es el problema"

La experta Cristina Barrous explica por qué los conceptos de disfrutar y cuidarse durante el verano no son incompatibles.

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Cada julio aparece el mismo pensamiento: "cuando terminen las vacaciones vuelvo a cuidarme". Como si fueran una especie de limbo en el que nuestra alimentación dejara de importar.

Pasamos de perseguir la perfección -que, por cierto, no existe- a encadenar aperitivos, chiringuitos, helados, cenas interminables y comidas improvisadas, muchas veces acompañadas de alcohol… y de culpa.

Pero disfrutar más no es el problema. El verdadero conflicto es pensar que sólo existen dos opciones: hacerlo todo bien o hacerlo todo mal.

Hoy quiero proponerte un enfoque diferente. ¿Y si comer bien en verano no significara renunciar a los pequeños placeres de las vacaciones, sino crear un entorno que facilite tomar decisiones saludables la mayor parte del tiempo?

Porque una alimentación equilibrada no consiste en controlarlo todo, sino en saber adaptarse a un día de playa, un viaje o una convivencia con amigos.

Aquí tienes siete claves para disfrutar del verano sin que tu salud se resienta.

1. No es un "todo vale"

Me refiero a esa mentalidad de "todo o nada" que nos lleva a abandonar por completo nuestros hábitos saludables.

El problema no suele ser un alimento concreto, sino la forma en que nos relacionamos con la comida durante estos meses. Esa forma de pensar hace que muchas personas lleguen a septiembre con la sensación de haber perdido la rutina y con la necesidad de "compensar" los excesos.

Sin embargo, nuestro organismo agradece mucho más la constancia que los cambios bruscos. No hace falta comer de forma perfecta, pero sí mantener algunos pilares básicos: hidratarse bien, incluir frutas y verduras cada día, priorizar alimentos frescos y evitar pasar demasiadas horas sin comer para terminar dándonos un gran atracón.

Cuando dejamos de pensar en compensar y empezamos a cuidarnos también durante las vacaciones, la relación con la comida cambia por completo.

Ensalada.

Ensalada. Unsplash

2. Planifica

La playa y la piscina tienen algo en común: cuando aparece el hambre solemos elegir lo primero que tenemos a mano. Y eso no siempre coincide con lo que más nos apetece o mejor nos sienta.

No hace falta preparar grandes recetas ni dedicar la mañana a cocinar. En apenas diez minutos puedes organizar una nevera con alimentos frescos, completos y apetecibles incluso con calor.

Una buena idea es combinar una fuente de proteína con hidratos de carbono, verduras y fruta.

Algunas opciones sencillas:

  • Ensalada de pasta con tomate, mozzarella y atún.
  • Ensalada de garbanzos con pepino, pimiento y huevo cocido.
  • Bocadillo de tortilla francesa con tomate.
  • Gazpacho bien frío acompañado de fruta.
  • Ensalada de arroz con salmón y verduras.

Planificar no significa perder espontaneidad ni comer menos rico. Significa evitar que el hambre decida por nosotros.

3. Evita picoteos

En verano es muy habitual comer "a trozos": unas patatas mientras montamos la sombrilla, unas aceitunas en el chiringuito, un helado por la tarde o unas galletas con el café. Al final del día sentimos que hemos estado ingiriendo continuamente, pero sin quedar realmente saciados.

No se trata de prohibir el picoteo, sino de que no sustituya a las comidas principales. Nuestro cuerpo responde mejor cuando recibe alimentos completos, con una buena fuente de proteína, verduras, hidratos de carbono de calidad y grasas saludables. No hace falta complicarse.

Además, cuando llegamos bien alimentados a la tarde, es mucho más fácil disfrutar de un dulce o de un aperitivo sin esa sensación de haber comido mal durante todo el día.

Mujer comiendo sandía.

Mujer comiendo sandía. Pexels

4. Más que agua

Cuando pensamos en hidratación, automáticamente pensamos en una botella de H2O. Y sí, es fundamental. Pero también absorbemos líquidos a través de los alimentos.

El verano nos regala frutas y verduras con un alto contenido en agua: sandía, melón, melocotón, tomate o pepino. Aprovechar los productos de temporada no sólo hace que disfrutemos más de la comida, sino que también ayuda a mantener una buena hidratación casi sin esfuerzo.

Un pequeño consejo: no esperes a tener sed. Cuando aparece, el organismo ya ha empezado a deshidratarse. Llevar siempre un recipiente reutilizable suele ser uno de esos pequeños hábitos que marcan una gran diferencia.

5. Mejores digestiones

Muchas personas llegan a la época estival convencidas de que hay alimentos que les sientan mal. Sin embargo, en consulta veo con frecuencia que el problema no está tanto en el menú como en la forma de comer.

Comemos deprisa porque queremos volver al agua, hacemos una comida enorme después de muchas horas sin comer, nos tumbamos justo al terminar o encadenamos aperitivo, comida y merienda casi sin darnos cuenta.

Todo ello supone un esfuerzo importante para el sistema digestivo.

Intenta comer sentado, masticar despacio, hacer pausas entre bocado y bocado y prestar atención a las señales de saciedad. Son gestos muy sencillos que, en muchos casos, tienen más impacto que eliminar alimentos sin necesidad.

6. Placeres dulces

Si tuviera que elegir el alimento más demonizado del verano, probablemente sería el helado.

Y, sin embargo, rara vez es el responsable de que una alimentación deje de ser saludable.

El verdadero problema aparece cuando pensamos que un postre ya ha arruinado el día. Lo que lleva a que terminemos comiendo peor el resto de la jornada e, incluso, los días siguientes.

Un mantecado compartido después de comer, disfrutado sin culpa y dentro de una alimentación equilibrada, no sólo tiene cabida, sino que también forma parte de una relación sana con la comida.

Helados.

Helados. Unsplash

7. Oportunidades para cuidarte

A menudo hablamos del verano como una época de excesos, cuando en realidad también es una de las estaciones con mejores alimentos.

Es la temporada de los tomates con sabor a tomate, las cerezas, los melocotones, las sardinas, el gazpacho, las ensaladas llenas de color, el melón o la sandía.

En lugar de centrarte en lo que deberías evitar, prueba a hacerte otra pregunta: ¿qué alimentos me ofrece esta época del año que puedo incorporar con más frecuencia?

Ese pequeño cambio de perspectiva hace que comer sano deje de sentirse como una obligación y vuelva a convertirse en un placer.

En resumen

Cuidarse en los meses de calor no consiste en llegar al siguiente ciclo con el mismo peso con el que empezaste las vacaciones. Es más bien llegar con la sensación de haber disfrutado, descansado y, al mismo tiempo, haber seguido cuidándote desde un lugar mucho más amable.

Porque la mejor alimentación no es la más estricta, sino la que puede acompañarte también cuando la vida se llena de chiringuitos, viajes y largos días de playa.

Gozar y comer bien no son objetivos incompatibles. De hecho, cuando dejamos de verlos como opuestos, resulta mucho más fácil mantener hábitos saludables durante todo el año.