Mantener hábitos saludables es un propósito típico de comienzo de año.

Mantener hábitos saludables es un propósito típico de comienzo de año.

Salud y Bienestar

Por qué no funcionan los propósitos de enero para cuidarse, hacer deporte... (Y qué hacer para que en 2026 sí)

Plantear los objetivos desde el "para qué" y no desde el castigo puede ser la clave para mantenerlos en el tiempo.

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Cada enero vuelve la misma escena: cuadernos nuevos, listas llenas de buenas intenciones y una sensación colectiva de que ahora sí toca hacerlo bien: comer mejor, moverse más, organizarse, llegar a todo.

Pero, curiosamente, a medida que pasan las semanas (o los días), esa energía inicial suele transformarse en cansancio, frustración y una idea muy conocida: otra vez no ha funcionado. Y entonces me rindo y dejo de intentarlo.

Quizá el problema no sea la falta de constancia. Quizá el problema esté en cómo nos hemos planteado esos propósitos y, sobre todo, desde dónde lo hacemos. Enero se vive muchas veces como un botón de reinicio, como si al cambiar de calendario empezáramos de cero.

Spoiler: no es así. Nadie llega a enero en blanco. Aterrizamos con un cuerpo vivido, hábitos adquiridos, meses de rutinas, cargas mentales y responsabilidades reales. Además, solemos llegar agotados.

Pretender resetearnos sin tener en cuenta todo eso no solo resulta poco realista, también es poco compasivo. Empezar el año desde la idea de “tengo que cambiar” suele activar más exigencia. Sin embargo, hacerlo desde la pregunta “¿cómo estoy y qué necesito ahora?” abre un camino muy distinto. No se trata de borrón y cuenta nueva, sino de continuar con más cuidado.

Muchos propósitos de enero fracasan porque nacen desde el reproche. Se formulan como una corrección del pasado: porque me he descuidado, no he sido constante, debería hacerlo mejor...

Ese planteamiento suele mirar hacia atrás con juicio y carga el objetivo de culpa antes incluso de empezar. Cuando algo se vive como castigo o como deuda pendiente, sostenerlo en el tiempo se vuelve casi imposible.

Aquí aparece una diferencia clave que cambia por completo la manera de afrontarlo: no es lo mismo partir del 'por qué' que del 'para qué'. El primero suele estar lleno de justificaciones y reproches. El segundo, en cambio, mira hacia delante y conecta con sentido.

Hay un ejercicio especialmente potente para entender esta diferencia y detectar desde dónde estamos formulando nuestros propósitos. Basta con escuchar el lenguaje interno con el que nos hablamos cuando pensamos en un objetivo.

Hay que afrontar los propósitos sin culpa.

Hay que afrontar los propósitos sin culpa. iStock

Muchas veces la frase empieza con un “porque”, señalando lo que, según nosotras, no hicimos bien. El cuerpo entiende ese mensaje como una llamada de atención, como algo que hay que arreglar. Y desde ahí, aunque al principio haya motivación, el camino suele ser corto y tenso.

El ejercicio consiste en detenerse en ese punto y reformular la frase cambiando el inicio por 'para qué'. No para maquillar el objetivo, sino para escucharse de verdad. Quiero cuidarme para tener más energía en mi día a día, para sentirme más presente, para llegar menos agotada al final de la semana.

Es entonces cuando cambia el tono interno. Ya no hay reproche, hay dirección. Ya no se trata de compensar errores, sino de acercarse a algo que tiene sentido ahora.

El para qué no empuja desde atrás, tira suavemente desde delante. No nace del miedo a fallar, sino del deseo de estar mejor. Además, ayuda a distinguir qué objetivos son realmente tuyos y cuáles vienen heredados de expectativas externas, modas o presiones propias de enero.

Si al formularlo no aparece nada que te alivie o te motive de verdad, quizá ese objetivo no es el adecuado para este momento vital. Cuando está claro, los 'cómos' se vuelven más flexibles. El foco deja de estar en cumplir y pasa a estar en acercarse. Y eso lo cambia todo.

Detrás de casi todos los propósitos hay, en realidad, un estado emocional deseado. No queremos solo hacer cosas sino sentirnos de otra manera. Más calmadas, más ligeras, más presentes, con más energía o con menos pelea con el cuerpo.

Cuando empezamos por cómo queremos sentirnos y no por lo que “deberíamos” hacer, los objetivos dejan de ser una lista rígida y se convierten en una brújula.

Uno que sea bueno no debería pedirte que seas otra persona ni que vivas una vida ideal que no existe. Tendría que poder encajar en la vida real, con trabajo, familia, cansancio y días torcidos. Los propósitos que cuidan no se sostienen por fuerza de voluntad, sino porque no agotan. No te hacen sentir mal cuando fallas un día ni te empujan a abandonar a la mínima desviación.

Sin embargo, muchas mujeres convierten el autocuidado en otra exigencia más. Comer bien, moverse, descansar, organizarse… todo acaba sumándose a la lista de tareas pendientes. Y cuando se vive como una obligación, deja de cuidar. El autocuidado real suena más a acompañamiento, a preguntarte qué te ayudaría hoy, no qué tendrías que hacer mejor.

Habrá días en los que eso será cocinar algo sencillo y nutritivo; otros, pedir comida y acostarte antes. Momentos de entrenar y también de parar. La coherencia no está en hacerlo todo perfecto, sino en no abandonarte cuando no sale como habías imaginado.

Plantear bien los propósitos de enero no va de hacer listas interminables, sino de plantearse preguntas más honestas. ¿Cómo quieres sentirte la mayor parte de este año? ¿Desde dónde nace ese objetivo que te ronda la cabeza?

Cuando ese 'para qué' es claro y compasivo, suelen aparecer gestos pequeños, realistas y repetibles que sí caben en el día a día.

Quizá este 2026 no necesites más fuerza de voluntad ni más disciplina. Quizá lo que necesitas es un objetivo que no te castigue y un para qué que te cuide. Enero no va de cambiar quién eres, sino de tratarte un poco mejor mientras sigues siendo tú.