Retrato de la Infanta.
Quién es 'La Chata', la infanta del cuadro perdido de Sorolla: taurina, viuda a los 20 años y adorada por los españoles
Isabel de Borbón y Borbón era hija de la reina Isabel II de España y fue retratada por el pintor en 1908, en su madurez. Así fue su vida.
Más información: Encuentran el cuadro desaparecido de Sorolla 'La Chata' en el Palacio de Liria
Es una de las noticias más importantes relacionadas con el arte desde que empezamos el año y tiene como actriz principal a una de las mujeres de la realeza española más carismáticas. Hablamos de Isabel de Borbón, 'La Chata', y el retrato de Sorolla que ha sido encontrado en el Palacio de Liria de Madrid tras permanecer desaparecido desde los años 70.
Se trata de un óleo sobre lienzo del maestro valenciano que data de 1908, cuando la Infanta de España tenía 57 años. Pertenecía a la Sociedad Española de Amigos del Arte, entidad hoy extinguida, y se le había perdido la pista hace al menos cinco décadas.
Una investigación de la Policía, tras recibir información sobre esta pintura que formó parte de la exposición 'La Moda en la Casa de Alba', que tuvo lugar de octubre de 2023 a marzo de 2024, ha propiciado el hallazgo y su devolución al Patrimonio Histórico del Estado.
A raíz de esto, el nombre de esta Infanta de España ha ocupado un sinfín de titulares de prensa al tiempo que su inesperada popularidad, casi un siglo después de su muerte, nos lleva a recuperar su historia.
Nació en el Palacio de Aranjuez de Madrid el 20 de diciembre de 1851, era hija de la reina Isabel II —la última soberana reinante, que no consorte de nuestro país— y de don Francisco de Asís.
Su llegada al mundo supuso una esperanza para la estabilidad de la Corona, golpeada por las guerras carlistas que disputaban el trono de la soberana en favor del infante Carlos, hermano del rey Fernando VII.
Así pues, 'La Chata', como la apodaron más tarde por la forma de su nariz, parecía destinada a reinar. Ese derecho dinástico casi se tiñó de sangre cuando Isabel II la presentaba como heredera en una ceremonia celebrada en la Basílica de Atocha (Madrid) y estuvo a punto de ser asesinada por el cura Merino.
En 1857, la niña perdía sus opciones de portar la corona y su condición de Princesa de Asturias con la llegada de su hermano, el futuro rey Alfonso XII en 1857; prevalecía el varón sobre la mujer, algo que aún se mantiene en la Corona española.
Los avatares del destino, sin embargo, le devolverían aquel título 17 años más tarde ante la ausencia de hijos del monarca, hasta que nació María de las Mercedes. A partir de entonces, Isabel adquirió la categoría de Infanta hasta el final de sus días.
Aquel primer contratiempo de infancia fue un presagio de las dificultades que tendría que afrontar a lo largo de su vida. Fue obligada a casarse, por razones de Estado, con su primo Cayetano de Borbón-Dos Sicilias, conde de Girgenti, el 13 de mayo de 1868 en el Palacio Real de Madrid. Era todavía una adolescente...
La unión duró poco, pues él, con problemas de salud mental, se suicidó en 1871 y ella se quedó viuda con 20 años y sin hijos.
Nunca volvió a casarse y se dedicó a apoyar primero a su madre, la Reina, luego a su hermano y posteriormente a su sobrino. Aunque pueda pensarse que la infanta Isabel era una mujer desgraciada, nada más lejos de la realidad. Natural, cercana, campechana y muy castiza gozaba de una gran popularidad en la sociedad de la época.
Los periódicos del siglo XIX se referían a ella como "la dama de las romerías, los toros, las verbenas y manola de sangre azul". El tendido de la plaza de Las Ventas la recibía asiduamente para disfrutar de las faenas de los mejores maestros. Llegaba en su carruaje atravesando la calle Alcalá y nunca se perdía la Feria de San Isidro.
Esta pasión por la tauromaquia la hizo enormemente querida. Tanto que el poeta Rafael Duyos le dedicó un poema titulado Romance de la Infanta Isabel, donde retrataba una tarde de toros en Madrid. "Doña Isabel de Borbón, tras la regia baranda de su palco, bulle, ríe, palmotea y hasta jalea en voz baja, rompiendo el protocolo más de un ¡olé! se le escapa con acento chispero", escribía.
Como muchos miembros de la realeza española y también europea vivió el exilio y, además, en dos ocasiones. Primero en 1868, cuando estalló la Revolución Gloriosa que destronaría a su madre, la reina Isabel II. Ella estaba de viaje de novios cuando sucedió todo y tuvo que instalarse en París, aunque también vivirían en Inglaterra, Austria y Suiza.
En 1875, con la Restauración borbónica y la llegada al trono de Alfonso XII, regresó a Madrid. Sin embargo, la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931, hizo que toda la Familia Real fuera 'invitada' a abandonar el país. Era tal la simpatía y el cariño que se había granjeado la Infanta que el Gobierno le permitió quedarse y seguir instalada en su palacete de la calle Quintana, en la capital.
Tenía 80 años y estaba muy enferma, pero mantenía su carácter y su lealtad a la Corona. Así, salió de su casa en una ambulancia de la Cruz Roja para tomar el tren hacia Francia, donde moriría sólo unos días más tarde. El trayecto agravó su estado y expiró su último aliento en la residencia Saint Michel de Auteuil, en París.
Ahora, su figura vuelve a cobrar relevancia gracias al cuadro recuperado de Joaquín Sorolla, donde aparece en su pose más regia, con vestido, capa y fastuosas joyas. No lleva tiara aunque una de las que atesoró en vida forma parte de la colección real y ha sido lucida tanto por la emérita Sofía como por Letizia. Se trata de la diadema de conchas de la joyería francesa Mellerio, también conocida como la de 'La Chata'.
El cuadro desaparecido
Este es el cuadro de Sorolla recuperado y data de 1908. Europa Press
El hallazgo de la pintura ha abierto el debate sobre lo sucedido. ¿Cómo es posible que una obra tan relevante haya permanecido tantos años fuera del circuito público?, ¿cuál es el régimen jurídico aplicable a su tenencia y custodia?
Cristina Guisasola, catedrática de Derecho Penal de la Universitat de Valencia e investigadora especializada en el mercado del arte y en los delitos contra el patrimonio cultural, aporta algunas claves para contextualizar el caso desde una perspectiva jurídica.
El retrato de La Chata es de titularidad estatal, como ha confirmado la Casa de Alba, que ha colaborado activamente en su entrega para que quede bajo la custodia del Ministerio de Cultura y se integre en el Patrimonio Histórico del Estado.
En 1973, el padre del actual duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart Martínez de Irujo, recibió la obra en depósito por parte de la Asociación de Amigos del Arte, de la que era miembro honorífico. "Tras la disolución de la institución, el óleo permaneció custodiado en el Palacio de Liria, sin que existiera ocultación ni ánimo de apropiación, sino una conservación continuada de buena fe", explica.
Y añade: "La Asociación de Amigos del Arte se había nutrido de bienes culturales donados con la finalidad de promover las artes y, conforme a sus estatutos, en caso de disolución dichos bienes debían incorporarse al Patrimonio del Estado, lo que sitúa el caso en el ámbito del Derecho administrativo y patrimonial, más que en el penal".
Desde esta perspectiva, "resulta esencial subrayar la presunción de inocencia de quienes han tenido la obra en custodia durante décadas, así como su actuación colaboradora para regularizar la situación jurídica de la pieza".
Guisasola recuerda además que el Derecho penal debe operar siempre como última ratio, reservado "para supuestos de conducta dolosa, ocultación deliberada o ánimo de lucro acreditado, circunstancias que parece no concurren cuando existe un depósito prolongado, conocido y conservado de buena fe".
La protección del Patrimonio Histórico cuenta con mecanismos civiles y administrativos precisamente pensados para resolver este tipo de situaciones sin necesidad de acudir a la vía penal, que solo debe activarse en casos de verdadera lesión o fraude.