La escritora Alicia Giménez.

La escritora Alicia Giménez. Daniel Portes

Protagonistas

Alicia Giménez, pionera de la novela negra: "Condenamos a la gente con todas las de la ley antes de que sea juzgada"

La escritora regresa con Bajo el cielo infernal en una charla sobre el duelo, la prisa colectiva por juzgar y el valor del humor frente a las tragedias.

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Treinta años dan para conocer muy bien a un personaje, pero no necesariamente para conocer hasta dónde puede llegar. Alicia Giménez Bartlett lo tiene claro: si Petra Delicado se agota, ella será la primera en darse cuenta.

Mientras tanto, la ha dejado cambiar, envejecer, equivocarse y atravesar pérdidas que esta vez no le resultan del todo ajenas. Convertida en una de las autoras españolas más leídas y traducidas, Giménez Bartlett conserva intactos la ironía, la mirada poco complaciente y un humor que sabe entrar incluso donde más duele.

Premio Nadal y Premio Planeta, ha construido además una obra que desborda ampliamente la novela negra y en la que las mujeres, las relaciones de poder y las contradicciones humanas aparecen siempre lejos de cualquier mirada cómoda.

Ahora regresa con Petra Delicado en Bajo el cielo infernal.

En el año en que Petra cumple treinta años no has escrito una novela de balance. La colocas ante un caso difícil y en un momento de su vida que la desestabiliza. ¿Qué te interesaba contar de ella precisamente ahora?

Me interesaba su momento biográfico, porque acaba de enviudar. Enviudaba al final de la novela anterior de la saga y quería ver cómo se las apañaba en ese nuevo estado.

Y luego me interesaba la trama: entrar en el mundo de la Iglesia católica, que es muy hermético y donde cualquier investigación se vuelve más conflictiva. Era una especie de reto general.

Eliges un crimen con una víctima llena de contradicciones y una investigación que entra en territorios muy cerrados. Creo que vuelves a poner a Petra a prueba.

Sí. Tanto los personajes como los autores, si de verdad nos gusta lo que hacemos, tenemos que ponernos un poco a prueba. Si no, resulta tremendamente aburrido explotar siempre la misma cantera.

A Petra le encanta ser policía y a mí me gusta ser escritora y tener un personaje serial al que acudo de vez en cuando.

La víctima es un jesuita asesinado que había dedicado buena parte de su vida a ayudar a los demás, pero a medida que avanza la investigación aparecen también sus contradicciones. ¿Nos cuesta aceptar que las virtudes y las miserias puedan convivir en una misma persona sin que una cancele a la otra?

Sí. Normalmente no reaccionamos así. Basta con ver la crónica de sucesos en televisión o en la radio. Lo primero que se dice es: «Parecía muy buena persona», y luego resulta que era un estafador.

Quizá tenía puntos positivos en su personalidad, pero nos cuesta separar una parte de otra. Cuando condenamos a alguien, lo hacemos con todas las de la ley, aunque todavía no haya sido juzgado. Nos ponemos enseguida en un polo o en otro.

La tradición jesuita está muy vinculada a la educación, el prestigio intelectual y el trabajo social. ¿Qué te daba esa figura?

Creo que un jesuita tiene un prestigio intelectual evidente y, sobre todo, una vertiente social muy llamativa. Solo hay que pensar en el papa Francisco, anterior al papa actual, que tenía una vertiente muy progresista y era muy amante de la gente más necesitada.

La autora Alicia Giménez durante la entrevista con Magas.

La autora Alicia Giménez durante la entrevista con Magas. Daniel Portes

Sitúas el crimen en La Mina sin convertir el barrio en una explicación del propio crimen.

Por supuesto. He estado varias veces en La Mina y no es un lugar de perdición, sino de gente pobre, aunque ahora parezca que la palabra asusta y haya que sustituirla por "más necesitados" o "desafortunados". Hay una zona muy concreta donde se concentran la delincuencia y la droga, pero no define a todo el barrio. No estigmaticemos a la gente.

Algunos vecinos de La Mina, y en realidad de cualquier barrio, callan ante la policía y no necesariamente porque tengan algo que ocultar. ¿Cuándo deja el silencio de ser sospechoso y empieza a ser una forma de protegerse?

Creo que siempre es una forma de protegerse. En cuanto uno abre la boca está enseñando, aunque no quiera, sus propias entrañas: las palabras que escoge, los ejemplos, el tono de voz…

Yo creo que lo ideal sería estar callado todo el tiempo.

Y la sospecha, por ejemplo, en el caso de la Iglesia como institución, no puede instaurarse simplemente porque sea una institución antiquísima donde el silencio sobre lo que ocurre en su interior es básico. Por eso existe cierta curiosidad popular por saber qué pasa dentro de los conventos o en un cónclave papal. Todo eso lo hemos visto muchas veces en la ficción.

El secreto de confesión convierte determinadas cosas en un muro imposible de atravesar. Te has documentado sobre ello. ¿Qué te resulta más inquietante de un secreto así: aquello que protege o aquello que puede impedir que se conozca?

El secreto de confesión tiene tela.

Imagina a un juez frente a un sacerdote. Sabe positivamente que ese sacerdote conoce al asesino en un caso concreto. El sacerdote no lo niega, pero se niega a decir su nombre. El juez no puede imputarlo, no puede forzarlo, no puede hacer nada.

Y todavía es más fuerte: si ese sacerdote, por alguna razón, cuelga los hábitos y se convierte en un ciudadano normal, el secreto de confesión sigue asistiéndole.

¿Dónde sitúas la frontera entre la lealtad a una institución y la obligación de contar lo que uno sabe?

Depende de la conciencia de cada uno y del riesgo que quiera asumir. En el caso de un sacerdote, además, sabe que si rompe un secreto puede quedar excomulgado. Para cualquier otra persona, callar o hablar depende de su moral, su valentía y su fuero interno.

El título, Bajo el cielo infernal, hace convivir dos palabras que parecen excluirse. ¿Dónde conviven para ti el cielo y el infierno, en la historia y también en la vida?

En la historia, el cielo es la religión, pero la religión puede volverse infernal para ciertas personas. Y en la vida conviven cualquier ser humano. Hay momentos en los que tú misma te sorprendes de tus reacciones, a veces violentas, o de la animadversión que sientes contra alguien, y otros en los que piensas: "Ostras, pues he hecho un montón de cosas altruistas que no hacía falta hacer". Está todo dentro de nosotros. Si no, la vida sería muy fácil. Y no lo es.

Petra atraviesa el duelo desde una rabia muy poco domesticada. ¿Qué verdad sobre la pérdida aparece cuando dejamos de asociarla únicamente con la tristeza?

La ira es una de las etapas típicas del duelo. Y tiene una explicación. La rabia no viene de pensar: "Me he quedado sola en el mundo, qué horror, qué tristeza". Viene de pensar en la injusticia que supone que haya muerto la persona a la que querías. Está más centrada en la persona que ha desaparecido que en ti misma, con lo cual no es tan mala la ira.

En el duelo, a veces convertimos también el dolor en una conducta que los demás esperan que cumplamos. ¿Es un error pensar que esa demostración de dolor hay que hacerla sí o sí?

Creo que eso se ha perdido un poco. Según el carácter de cada persona, puedes estar muy triste y sonreír en público porque intentas no volcar sobre tus amigos, tus conocidos o quienes te rodean tus propias tragedias interiores.

Incluso te diría que ocurre al revés. La gente se cansa de ver tu dolor si lo expresas continuamente en público. Llega un momento en que piensa: "Esta señora lleva ya cuatro años… ¿Hasta cuándo?".

"Pasa página". Y, si no, no lo cuentes. Es así, seamos sinceros.

¿Tú lo has vivido así?

En mi caso personal, sí.

Soy muy autocontrolada y, además, tengo un personaje al que le mando todo lo que puedo sentir yo. Todas las iras, todos los cabreos se los ha llevado Petra.

También me cabreo de vez en cuando por lo que me parece una injusticia, aunque, en realidad, forme parte de la vida.

¿Qué cambia en la escritura cuando una emoción deja de ser únicamente sufrida y pasa también a ser conocida a través de ella?

No sé si la escritura es terapéutica en sí misma. No creo que cure demasiado a una persona, pero ayuda a comprenderse mucho mejor, a saber qué está pensando y sintiendo.

Querer ayudar no significa necesariamente saber hacerlo. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que acompañar puede consistir simplemente en no marcharse?

Porque esa es la otra parte de la gente que te quiere ayudar: a veces es muy pesada.

Todo el mundo quiere ayudar a Petra. Al principio sus compañeros le abren la puerta y la miran como diciendo: "Pobrecita, ha perdido a su marido".

Cuando, en realidad, la compañía consiste en saber que hay una disposición a estar ahí, a tu lado, y que, si necesitas algo, obtendrás ayuda. No necesariamente una ayuda concreta, sino una ayuda general, emocional, de un amigo o de quien sea.

Cuando una historia está atravesada por la muerte, la desigualdad o el duelo, ¿hasta qué punto el humor permite contar lo grave sin volverlo solemne?

El humor es una herramienta básica incluso para vivir. Quien no tiene humor se lo toma todo en serio, siempre se siente agraviado por todo y se toma a sí mismo como lo primero del mundo.

El humor te rebaja los humos, te ayuda a verte dentro de la realidad que te circunda y también permite decir las cosas de otra manera. Es mucho mejor una ironía.

Cuando mis hijos eran pequeños y entraba en su habitación y estaba desordenada, en vez de decirles: "Esto es una cuadra", decía: "Aquí ha caído una bomba atómica". Y ellos ya sabían perfectamente que allí había algo que no funcionaba y que yo censuraba, sin necesidad de montar un escándalo.

El humor ayuda en la vida y creo que en la novela negra siempre ha sido un gran componente. Las novelas negras clásicas tenían ironía y humor porque atemperaban un poco las cosas tan gordas que sucedían en la trama.

Eso se ha perdido. Ahora hay mucha casquería, mucha tortura de víctimas y mucha sangre. El humor se ha perdido bastante.

Alicia Giménez durante la entrevista.

Alicia Giménez durante la entrevista. Daniel Portes

Petra lleva tres décadas permitiéndose ser contradictoria, desagradable o injusta sin pedir permiso al lector. ¿Hemos avanzado tanto como creemos en aceptar que una mujer pueda ser compleja sin tener que resultar ejemplar?

Creo que sí hemos avanzado. Petra no intentaba enseñar nada. Pero lo que ha reflejado, o ha querido reflejar, es una lucha contra la culpabilidad que sigue pesando sobre las mujeres.

Es terrible. Veo amigas mías de cuarenta años que están preocupadas cuando trabajan porque han dejado a sus niños en la guardería y piensan que no son buenas madres. Y, cuando están con los niños en casa, piensan: «Estoy perdiendo oportunidades en mi trabajo».

Es una culpabilidad continua. Petra se ha permitido mantenerse en su puesto y decir: "Esto es así, así me parece, así lo hago y así lo digo".

En una de las novelas Petra es infiel a su marido. Vino una periodista italiana y, hablando del libro, le pregunté cómo se vería aquello entre las mujeres italianas. Me dijo: "Yo, cuando lo estaba leyendo, pensaba: va avanti, Petra, va avanti".

También en alguna entrevista me han dicho: "Petra ha traicionado a su marido". Pero ¿cómo que ha traicionado? Se traiciona a la patria, a Dios… ¿pero a un marido? Eso es un saltito y ya está.

No hay que dejarse comer el coco. Eso sí lo pienso y por eso Petra siempre se ha mantenido un poco ahí, impertinente.

¿Qué avance de la generación de Petra pensaste que ya no tendría vuelta atrás y hoy observas con más cautela?

La idea del matrimonio o de la pareja. En mi época, lo de casarse por narices, que una mujer tuviera necesariamente que casarse, llegó un momento en que se cuestionó. Se iba en contra de esa solución vital imprescindible.

Y veo que ahora se vuelve a temer un poco a la soledad emocional, a no casarse. Las chicas se emocionan montando un bodorrio. Creo que ahí se ha perdido un poco de escepticismo. Y el escepticismo siempre ayuda a analizar las situaciones.

Petra y Alicia siguen enfadadas con determinadas cosas. Más allá del motivo concreto, ¿puede el enfado seguir siendo una forma de resistencia cuando una ya sabe que no todo va a cambiar?

Creo que puedes enfadarte. Tampoco puedes convertirte en una especie de histérica que anda gruñendo por los rincones. No puedes vivir amargada. Eso es fatal.

Pero, en determinados momentos en los que consideras que hay que decir las cosas con cierta firmeza, incluso con cabreo, o no decirlas pero sentirlo, sí me parece una forma de resistencia.

Es decir: "Mira, yo esto lo veo así. Puede que me haya hecho mayor, pero mi análisis me lleva a pensar que es así y, por tanto, así va a seguir siendo". Y me cabreo. Vivir enfadada eternamente cansa mucho. Es absurdo.

Después de todo lo que llevas escrito y de toda tu trayectoria, ¿necesitas seguir empezando desde una pregunta para la que todavía no tienes respuesta?

Pues tengo una respuesta ya, y es que sin escribir no sé vivir.

Para mí ha sido una manera de vivir la vida. Desde muy pequeña sabía que quería ser escritora. Cuando todas las niñas queríamos ser bailarinas o azafatas, en mi época, yo decía: "Quiero ser escritora".

Es una especie de maldición más que una vocación. Sé por qué escribo y sé que sin escribir sería bastante desgraciada.

¿La escritura te ayuda en el día a día? No digo como terapia, sino como expresión de lo que quieres contar.

No lo sé. Pero es cierto que, cuando me pongo a escribir… Vivo sola en el campo. Tengo mi estudio, veo por allí los naranjos —estoy en la Comunidad Valenciana— y, de verdad, me largaría al jardín, a pasear con los perros, a cualquier cosa menos quedarme delante del ordenador.

Pero empiezo y aparece una especie de fuerza interior. Pasa el tiempo volando y, cuando termino, independientemente de que haya quedado bien lo que he escrito o no, me siento satisfecha.

Eso, si no es una terapia, es un consuelo. Un ejercicio maravilloso.

Después de tantos años conviviendo con Petra, ¿qué tendría que dejar de ocurrirte mientras escribes para comprender que ya no queda una nueva historia entre vosotras?

Que me dé cuenta de que estoy repitiendo pensamientos. Que piense: "A ver, ¿esto no lo he dicho ya veinte veces?".

Soy bastante autocrítica. Confío en que llegue el momento de decir: "Mira, Alicia, ya estás empezando a repetirte. Vamos a dejarlo".

Porque hay otras cosas sobre las que escribir. O incluso no publicar, pero continuar escribiendo para ti. Hay otras soluciones.

Si Petra se agota, yo me daré cuenta. Lo prometo.

¿Qué crees que desconoces todavía de Petra?

Pues cuándo la meteré monja.

Ya he dicho que el final de Petra será que entre en un convento.

¿Por qué?

Por sus muchos pecados.

Es una tradición muy española, ¿no? Las mujeres, cuando ya no tenían un lugar en la vida y habían pecado mucho, las mandaban a un convento.

Me he dado cuenta después de este libro de que es un chollo: te cuidan cuando eres vieja, te dan las sopitas y luego, encima, vas al cielo al final.

Es una buena solución.

¿Alicia también acabará en un convento?

Sí. Además, nada de Barcelona ni de sitios bonitos. Burgos, Zamora, uno de esos sitios donde hace un frío que te mueres.

Solo espero que la orden permita un poco de whisky de vez en cuando.

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