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Lo reconozco: con Mario Marzo vivo un momento fan pese a que peino canas… Su papel de Lucas en la serie Los protegidos ya forma parte de la historia de la televisión y de la mía propia. Han pasado más de dos décadas y este madrileño es toda una cajita de sorpresas.

Actor, pianista, youtuber, presentador… y con una personalidad magnética. Nos citamos con él en el Hotel Intercontinental de Madrid para repasar su trayectoria y conocer más a la persona que se esconde tras su perfil mediático.

Con más de 300.000 seguidores en Instagram, triunfa con su pódcast ¿Quieres Ser Mi Amigo?, junto a Dane Rivarola, en el que hablan de todo: amor, paternidad, feminismo, la nueva masculinidad…. Además, Mario presenta un programa infantil en Clan, de Radiotelevisión Española.

Casado con la violinista Ana Campo, es padre de dos hijos mellizos, Luca y Leo. La banda sonora de su vida la pone él mismo sentado ante el piano, bailando al compás de una carrera construida a base de ilusión, versatilidad y honestidad.

Vamos a empezar por el principio. ¿Cómo recuerdas la etapa de Los protegidos, esa serie que ya es historia de la televisión?

Pues llegué sin querer, la verdad. Yo me he criado con músicos: madre, padre y tío pianistas. Yo estaba en el conservatorio cuando vi un casting para una película de Javier Fesser en el que buscaban a un niño de entre 12 y 14 años. Yo no sé por qué le dije a mi madre que me quería presentar.

Como no hay ningún actor en la familia, pensaban que era una moda de adolescente o lo que fuese. Acabé pasando varias pruebas y llegué a la final. Casi me cogen, pero quedé segundo. Ese vídeo llegó a mi representante. Me llamó y me dijo: "Oye, he visto esta prueba tuya, me parece que está muy bien, ¿te apetece que te llame para más cosas?". Y le dije que sí.

Dos meses después llegaron Los protegidos. Yo no sabía ni qué era un casting; leí la separata como pude. Estaba muy nervioso, pero como era un personaje tímido, eso me vino bien de por sí. Y así me cogieron para la serie, en 2008 o 2009.

Mario Marzo, en el Hotel Intercontinental de Madrid.

Mario Marzo, en el Hotel Intercontinental de Madrid. Rodrigo Mínguez

Tú tenías 13 o 14 años en ese momento.

Sí, yo empecé a grabar con 13 años. Lo recuerdo muy cansado, porque ahora se cuida muchísimo más a los niños actores pero, cuando yo estaba allí, te recogían a las cinco de la mañana, llegabas a tu casa a medianoche y al día siguiente tenías que estar toda la jornada.

El colegio no se podía compaginar, pero sobreviví, por supuesto. Me trataron muy bien y con mucho cariño. Es una cosa muy manida decir: "No, es que el equipo era una familia, qué bonito". Pero es cierto. Éramos todos relativamente jóvenes. Había gente de todas las edades: mayores y también había personas para quienes era su primer proyecto.

Era el caso, por ejemplo, de Luis Fernández. Él no era un niño, era un superprofesional, pero tenía esa ilusión y estas ganas, y todos estábamos un poco en lo mismo. Y también esta es una serie que funcionó tan bien, que marcó tanto a la gente, que todo eso hace que tú le tengas muchísimo más aprecio.

Hoy tú me acabas de decir: "Oye, vengo con mi momento fan, yo veía Los protegidos". Claro, ¿cómo no voy a hablar con cariño de algo que todavía guarda un recuerdo bonito en ti? Es una suerte enorme que escribieran mi personaje y que yo pudiera estar allí.

Parece que la serie ha envejecido muy bien. Hay un renacer; hace unos años os reunisteis otra vez. Al mismo tiempo, los chavales la vuelven a ver ahora con sus padres y se enganchan igual.

Es muy fuerte. Me lo dicen por la calle; vuelven a reconocerme niños y niñas de 12 o 13 años: "¡Tú eres Lucas, de Los protegidos!". Y tengo que decir: "Ah, sí, es verdad, soy yo". Está habiendo como un boom de repente ahora que están volviendo a ponerla. No sé si es porque está en Netflix y sale muchísimo en publicidad.

Al final es gente que veía la serie con su familia en el salón de su casa, ha crecido, y ahora si hay más niños en la familia —sobrinos u hijos— dicen: "¿Cuál vemos? Los protegidos". Se la ponen con cariño a esos peques y ellos la descubren ahora, en 2026, lo cual es muy loco.

Después de Los protegidos, ¿qué pasó? Porque fue un boom, pero tú llegaste a la interpretación por casualidad, siendo músico.

Pasaron bastantes cosas. Grabé un par de películas, trabajé en series y eso se juntó con la decisión de irme o no de Erasmus. A mí me estaba yendo bien con el piano en Madrid y mis padres, con todo el cariño, querían que me fuese a Berlín a currar, a pasarlo mal, a estar en una escuela de grandísimo nivel y a vivir fuera, que viene muy bien y te abre la mente.

Desde allí seguí con mi carrera de piano y empecé a dedicarme al mundo de las redes sociales, porque de alguna manera echaba de menos la cámara y hacer algo más que sólo música. Claro, yo empecé con 14 años en esto. A esa edad tenía el instituto, la serie y el conservatorio, que era lo que más tiempo me llevaba.

Cuando crezco y me voy a Berlín, de repente sólo me queda el piano; no tengo apenas amigos porque estoy en una ciudad cuyo idioma no domino, ni tengo la interpretación. Empecé a hacer fotos, vídeos, un podcast... Pasaron los años y ahora me dedico a todo eso a la vez.

El artista se dio a conocer en el mundo de la interpretación por su papel de Lucas en 'Los protegidos'.

El artista se dio a conocer en el mundo de la interpretación por su papel de Lucas en 'Los protegidos'. Rodrigo Mínguez

En estas series de vez en cuando se crean "juguetes rotos", personas que luego no pueden proseguir su carrera. En tu caso, al tener la música como tu pilar más presente, ¿dirías que te salvó o te dirigió el camino de alguna manera?

No, han sido mis padres. La música no tiene nada que ver, porque si hubiese sido fútbol, pintura o ADE, creo que tendría el mismo tipo de carrera y de vida.

Han sido ellos: unos progenitores atentos que han estado conmigo desde los siete años, cuando empecé con el piano siendo ellos mis profesores, atentos a las notas del colegio, a los deberes, a qué hacíamos en verano o los fines de semana. Unos progenitores que aman a sus hijos, algo en lo que mi hermana y yo hemos tenido una grandísima suerte.

Cuando empecé a ser famoso, me dijeron: "Bueno, de este dinero tú no vas a ver nada. Esto va a una cuenta. Si necesitas algo me lo dices a mí y yo te daré de lo mío". Mi padre me preguntaba qué quería, y yo con 14 años no quería nada extraordinario, sólo ir al cine con mis amigos, así que me daban de su sueldo, como cualquier padre.

Mis ahorros se quedaron ahí hasta que cumplí los 18 años y tuve una necesidad real, pero sobre todo supieron tratarlo con una normalidad enorme.

Me decían: "Vas a seguir siendo actor si te gusta y eres famoso" —porque en esa época el boom fue increíble— "pero tú eres pianista y estudias piano. Si te sigue yendo bien con la música, nos da igual, pero mantén tus estudios". Además, ellos venían al plató y a los rodajes, ensayaban los guiones conmigo, veían la serie y yo les pedía crítica. Fueron ellos.

Hablas mucho de paternidad en tu contenido en redes sociales y en tu podcast. ¿Qué lecciones aprendiste de ellos que aplicas ahora con tus hijos y qué tipo de padre crees que eres?

¡Madre mía, la pregunta del millón! Empiezo por lo segundo. Soy un padre presente, para empezar, lo cual creo que es una obviedad si va con la palabra 'padre'. Estoy completamente enamorado de mis hijos; es un tipo de amor que ni sé explicar.

Han pasado años y en las entrevistas intento explicarlo y no puedo. Es devoción, un cariño absoluto; no tengo ojos para nada más. Estoy encantado de cómo son y me siento muy orgulloso de ver cómo crecen, lo inteligentes, buenos, educados y cariñosos son.

Del mismo modo, soy muy exigente con ellos, igual que lo soy conmigo mismo y mi mujer lo es también. Ahí sí creo que tiene mucho que ver el mundo de la música clásica: la única manera de tener una carrera ahí es ser estricto y honesto con uno mismo.

Si vas a un concierto y lo haces mal, se debe a que tú no has estudiado o a que estabas pensando en otras cosas. Esa rigurosidad la tenemos en la familia. No significa que grite a los niños o que los tenga en un campo de concentración, sino una exigencia orientada a que sean educados, sonrían, pidan las cosas por favor, den las gracias y, sobre todo, sean muy felices.

Intentamos siempre obligarnos en casa a sonreír y a quitarle peso a las cosas para hacer la convivencia más sencilla. Y, sobre las lecciones que yo enseño de mi familia, es un poco todo. Yo me relaciono con las personas como ellos me enseñaron.

Mi padre me dice siempre que a la persona que te llama por teléfono —ya sea para venderte algo o para atenderte en un servicio— hay que tratarla como persona y entender que está currando y puede tener un mal día.

Ese cuidado, ser feliz y obligarnos a sonreír —porque el cerebro es tonto y cuando sonríes piensa "tampoco se está tan mal"— es lo que transmito a los niños. Son esas tradiciones familiares las que más se pasan.

Marzo conduce, junto a Dane Rivarola, el podcast '¿Quieres ser mi amigo?'.

Marzo conduce, junto a Dane Rivarola, el podcast '¿Quieres ser mi amigo?'. Rodrigo Mínguez

Hablando de padres presentes, desgraciadamente no es algo que se estile siempre...

Yo creo que sí, Maite, de verdad, con la mano en el corazón. Estamos en un momento en el que cada vez hay más, porque quieren serlo. En los últimos 10 años ha habido un cambio radical en España y en toda Europa. La sociedad sigue teniendo inercias históricas sobre roles de género, pero creo que cada vez hay más padres que disfrutan de la crianza.

Tampoco es para poner medallas, porque es lo mínimo que se puede hacer, pero sí para decir "qué suerte" como sociedad. Hay cada vez más progenitores que entienden que nunca se va a llegar a una paridad absoluta hasta que el hombre no dé a luz, pase por un embarazo o dé el pecho.

Por mucho que yo haga todo lo necesario con los niños y los lleve a las extraescolares, el trabajo biológico de la madre es distinto. Pero si comparas a los nacidos en el 2000 con los de 2020, ves a muchísimos más hombres recogiendo a los niños del colegio, llevándolos o estando en el parque. Poco a poco ese es el camino.

Aun así, en el parque se nota mucho el contraste cuando se ve a un papá con un niño y se dice: "Qué padrazo".

Totalmente. A mí me pasa, y más teniendo mellizos. Cada vez que voy al aeropuerto o vuelo solo con ellos, me vienen señoras diciendo: "Ay, mírale, ejerciendo su labor tras haber embarazado a su mujer, cuidando de sus hijos...". Y yo digo: "Sí, ese soy yo, un padrazo". ¡A mi mujer no se lo dicen! Joder, es que me lo tomo de coña pero hay cosas que duelen un poco.

A mí me dicen que soy el mejor padre del mundo por estar solo con mis dos hijos en el parque, mientras que con mi mujer es como: "Sí, wow, qué fuerte que has tenido dos y has tenido que darles el pecho a la vez pero ¿por qué van tan sucios los niños"?

Tu personaje en Los protegidos tenía la facultad de tocar a alguien y cambiar de forma. ¿Te has planteado alguna vez qué pasaría si pudieras hacer eso y convertirte por dos horas en mujer? ¿Te has puesto en sus zapatos?

He tenido la suerte de nacer en una familia feminista: mi abuelo, mi madre, mi hermana y mi padre luchaban por esos valores. Para mí no existe otra manera de ver el mundo. Y aun así, mi gran choque de realidad me vino tarde, a los 22, 23 o 24 años, cuando dije: "Joder, es verdad, yo no he sentido miedo en la calle en mi vida".

Soy un hombre blanco, cisgénero, en Madrid, España. Nunca he bebido, por lo que no he ido en condiciones de sentirme más vulnerable, pero he salido de fiesta y he vuelto a las tantas en bici, caminando con el móvil con un grupo de borrachos enfrente sin ningún tipo de preocupación.

Y de repente me di cuenta de que todas las chicas que conozco han tenido algún percance en la calle, les han dicho algo o han tenido que cambiarse de acera o coger un coche para llegar a la puerta de su casa.

Por otro lado, lo que más envidia me da de ser mujer es el embarazo y el parto. Eso me hubiese encantado vivirlo. Siempre he querido ser padre, pero pensar en el amor tan gigante que siento por mis hijos y saber que no los he traído yo en mi cuerpo... Es que hacer eso tiene que ser algo muy fuerte.

Eres un comunicador nato. Lo estás petando con el podcast, que me parece muy útil porque tocáis temas muy variados con humor: música clásica, paternidad, amor, derechos LGTBIQ+... ¿Cómo lo preparáis? ¿Hay una labor didáctica detrás?

No hay ningún tipo de preparación en el pódcast, ningún tipo. Me junto con mi compañero, abrimos un documento, anotamos cuatro palabras tipo "taxi", "Bruselas", "camiseta", "película" y le damos a grabar. Somos profesionales, nos dedicamos a esto y sabemos sacar una conversación.

Mis dos programas—tanto el de música clásica como el conversacional, ¿Quieres ser mi amigo?— son feministas. No de un modo reivindicativo que excluya a los hombres, sino dos chicos que buscan la igualdad y que hablan de la vida de manera normal.

Queremos que sea una charla entre amigos con una cámara delante, igual que cuando vas en la parte trasera de un coche escuchando una conversación interesante entre el conductor y el copiloto y les coges cariño. Pues nosotros queremos que la gente sienta lo mismo.

En la entrevista, Marzo reflexiona sobre feminismo, amor y su experiencia como padre.

En la entrevista, Marzo reflexiona sobre feminismo, amor y su experiencia como padre. Rodrigo Mínguez

Me he reído mucho con varios episodios. ¿Qué pasa con los hombres bajitos? Parece que hay estigmas que cuesta superar.

Creo que es algo que va cambiando. Los estigmas sobre los hombres bajitos o la calvicie van quedando atrás; ahora se habla de short kings o de irse a Turquía en un momentito y no pasa nada. Lo curioso es ver cuánta caña se le ha dado siempre a las mujeres por el peso, el pelo o las estrías, y lo rápido que se están salvando los estigmas masculinos en comparación.

Cuéntame qué te pasa con Timothée Chalamet, la ópera y la anécdota de tu boda.

[Ríe] Timothée Chalamet me parece un tío espectacular, muy bueno. Su última película, Marty Supreme, no me gustó y me alegré de que no ganase el Óscar porque tiene trabajos mejores. Pero tuvo un comentario muy fuera de lugar diciendo que él quiere hacer arte para los vivos, que la gente se pelee por entradas y que no quiere hacer un "arte muerto".

Le metimos caña en un momento en el que también estaba habiendo mucho movimiento de prensa a raíz de esas declaraciones, porque él es un chaval muy leído que canta, baila, se ha formado en esto y cuya familia viene del ballet. Tuvo unas palabras un poco salidas de lugar y, para una vez que éramos el centro del mundo sin ser 1 de enero, no podíamos dejarlo pasar.

Salvo con el Concierto de Año Nuevo, la música clásica raras veces está en el foco. De repente viene un chico superfamoso, la pareja de la Jenner, y dice algo sobre nuestro terreno, así que nos pegamos como rémoras para aprovechar el tirón y divulgar. Pero la anécdota real es que Timothée Chalamet iba a venir a mi boda.

Mi mujer, Ana, vivió mucho tiempo en Estados Unidos. Cuando nos íbamos a casar, invitó a una de sus mejores amigas de allí y le dijo que viniera con un +1. Tiempo después, esta llamó y le preguntó si conocía a los fotógrafos y al equipo. Mi pareja le dijo que claro, que era una boda de 90 personas, que quienes hacían las fotos y oficiaban la ceremonia eran mejores amigos.

La amiga le dijo: "Es que mi acompañante es un poco famoso y no quiero que le agobien". Y cuando Ana preguntó quién era, le soltó: "Timothée Chalamet". Nos confirmó que vendría, pero tres días antes canceló porque estaba en París rodando la película Wonka. Se quedó su sitio asignado en la mesa y no pagó el cubierto. ¡Ya nos cruzaremos, Timoteo!

Me encantó el look de vuestra boda: los dos de blanco y ella con traje.

Muchas gracias. Fue algo totalmente improvisado porque nosotros somos así, no nos damos tanta importancia ni nos complicamos la vida. Yo iba a probarme trajes y Ana me acompañó porque no tenía nada que hacer. Cuando me puse el blanco, le encantó.

Además, algo que ya habíamos comentado varias veces antes de la boda era que nos daba pena el poco peso que tiene el novio en las bodas. La novia va preciosa con un vestido increíble y a él le podrías cambiar por cualquiera de los otros vestidos de azul y sería exactamente lo mismo.

Así que dije: "Pues me voy a llevar este". En la tienda nos dijeron que tenían otro igual y nos propusieron que se lo probara ella también. Nuestra boda era en abril en Canencia, en la Sierra de Madrid, e iba a hacer mucho frío, lo cual fue un factor determinante.

Entonces Ana se probó, le quedaba mucho mejor que a mí porque mide 1,86, y dijo: "Joder, ¿y si llevo esto y en la parte de abajo me pongo algún encaje o algo chulo que se vea? Hasta me puedo poner mallas térmicas". Así que dijo que sí y fuimos los dos de blanco. Fue muy bonito, la verdad.

El protagonista de la última entrega de Mago de Magas.

El protagonista de la última entrega de Mago de Magas. Rodrigo Mínguez

Si te pregunto cuáles son las mujeres de tu vida y por qué, ¿a quiénes nombrarías además de a tu esposa?

A mi madre, por razones obvias y por la relación maravillosa que siempre hemos tenido. Y a mi hermana, con la que me llevo cinco años (yo tengo 31, ella 26). De joven tenía menos relación con ella por estar con la serie y el conservatorio, pero con los años nos hemos unido. Es una chica maravillosa, humilde, empática y de quien aprendo muchísimo.

Otra sería mi profesora de piano, Galina Eguiazarova. Muy dura, de escuela rusa de toda la vida. Estudió con Serguéi Rajmáninov. Estamos hablando de una eminencia del piano internacional en la historia; muchos de los más grandes pianistas que hoy tocan el piano han pasado por sus manos.

A mí siempre me había ido muy bien, la verdad. He tenido dos maestros en casa, lo cual es una grandísima ventaja frente a cualquier otro alumno que no los haya tenido. Entonces llego a su curso y toco. Muy bien... eso creía yo. Me dice: "Mario, tú poder tocar así para abuelita y abuelita decir: 'Nieto tan bueno, nieto pianista tan bueno'. Pero si tú venir aquí, tú tocar para circo".

Ostras.

Sí, me decía también: "¡Oh, puta madre! ¿Tú pianista o carnicero? No, tú carnicero muy bueno". Y yo así: "Sí, señora".

Más allá de eso, Galina Eguiazarova ha sido una referente por lo que me ha enseñado. Tener siempre a una persona —ojo, la red flag tóxica de Mario Marzo— para la que nada es suficiente y que siempre lleva la razón puede ser maravilloso si sabes compartimentarlo. La música clásica es un arte de grandísima exigencia, así que que te digan las cosas como son viene bien.

Y, por último, Ana. Para mí mi mujer lo es todo ¿Cómo no te voy a hablar de ella? Tenemos una historia demasiado bonita. Sí, porque parece como de mentira. Debería haber sido más normal, de: "Ah, pues mira, nos gustamos, nos besamos y ya está". Pero no.

Ella y yo coincidimos en el conservatorio cuando teníamos 18 años. Yo no la vi; ella me vio a mí. Estábamos en la charla de bienvenida. Ella me vio porque estaba en el anfiteatro uno y yo en platea. Estaba con una amiga y le dijo: "Oye, ¿quién es ese chico tan guapo?". La amiga le respondió: "¿No sabes quién es? Ese es imbécil".

Durante seis meses yo fui "el imbécil", y eso que ni la había mirado ni había compartido nada con ella. Un día coincidimos en una terraza con nuestros amigos y nos enamoramos, pero como amigos. Dijimos: "Dios, qué guay es esta persona. Somos exactamente iguales, cómo mola, tiene mi mismo sentido del humor, mi manera de trabajar, todo".

Durante dos años fuimos mejores amigos sin ningún tipo de atracción. Salíamos juntos de fiesta, ella me decía qué chicos le gustaban y yo iba a por ellos y se los traía; o yo le decía: "Ay, mira qué guapa esa chica", e iba ella. Ana estuvo con dos de mis amigos, yo estuve con su mejor amiga —la que me llamaba imbécil—, era la profesora de violín de mi hermana...

Estaba totalmente integrada en la familia, tocábamos juntos, hasta que un día, de repente, dijimos: "Oye, coño, ¡si nos gustamos!". Así empezamos a estar juntos en mayo, y en septiembre me iba a vivir a Berlín. Durante el verano yo pensaba por dentro: "Qué pena, esto se va a romper, no hay manera, no quiero que pase".

¿Cómo íbamos a aguantar una relación a distancia? Pero claro, llevábamos dos años siendo amigos, así que no era un noviazgo de tres meses de vida, venía de mucho tiempo atrás. Hicimos relación a distancia (Madrid-Berlín, Berlín-Nueva York, Berlín-París, luego Madrid-Nueva York)... ¡fueron seis años!

Ahora estamos sobreviviendo a tener mellizos. Ser padre y madre es maravilloso, pero pierdes tu identidad, tus horarios, no tienes tiempo para nada. Ahora en septiembre empiezan el colegio por primera vez, así que pensamos: "¡Guau! ¿Qué voy a hacer con estas dos horas?".

Estamos teniendo la suerte de poder dedicarnos nosotros mismos a los niños. No hay nadie que se ocupe de ellos salvo nosotros o el yayo y la abuela cuando vienen. Para lograr eso y seguir trabajando los dos como lo hacemos, nos vamos haciendo relevos. Hoy, por ejemplo, he estado todo el día solo con ellos mientras mi mujer trabajaba, y hemos hecho el relevo tal cual en el garaje. Nos hemos tocado la mano. "¿Todo bien?", "sí, chao".

Ella ha llegado a casa y ahora yo tengo esta tarde para hacer esto. Es la única manera de sobrevivir a la vida que llevamos, pero es muy duro porque pierdes a esa pareja, a esa amante. Quien ha tenido hijos lo sabe: cambias tu manera de ser, tienes muchas más preocupaciones y muchísimas más responsabilidades, y eso puede afectar a la relación.

Y es verdad que también hay que hacer un trabajo especial para encontrar los momentos de intimidad, para cuidar esa parte de la pareja. Es muy difícil encontrar ese momento de paz los dos solos, pero es importantísimo. Y es complicado porque, incluso en ese momento de intimidad a solas, hay que hablar de mucha logística, ¿sabes?

Si no lo has hecho antes, sale el: "¿Y mañana qué pasa? ¿Y qué hacemos con los niños? ¿Y a este qué le pasa? Ay, pues es que he mirado esto...". Y lo que más comentamos mi mujer y yo es: "Joder, qué difícil es esto". ¡Y con dos niños perfectamente sanos! Que es que comparas la realidad con otras muchas veces y dices: "Joder, si me va todo bien. Es todo muy difícil, sí, pero en el nivel más fácil".

Así que, bueno, existen esos momentos de paz de estar los dos y decir: "Vale, pues lavadoras, colegio...". Pero cuando estamos los dos solos nos acordamos de: "¡Joder, si yo a ti te amaba! Si es verdad que eres la leche".

El músico, actor y podcaster ante el objetivo.

El músico, actor y podcaster ante el objetivo. Rodrigo Mínguez

Ahora presentas también un programa infantil en Clan TV.

Sí, es un formato precioso para chicos de 5 a 13. Es un proyecto con valores donde se habla de todas las nacionalidades, de las lenguas de España, se aprende de ciencia, de matemáticas, de música, de curiosidades... Chulísimo. Tengo la grandísima suerte de que, aunque me vaya de casa a trabajar, mis hijos me pueden ver y luego me llaman para comentarlo.

¿Cuántas horas tiene tu día? Estoy segura de que encima tienes más proyectos en mente.

No lo sé. Me está yendo bien y estoy haciendo muchísimas cosas. Llevo bastantes años yendo así, a mucho ritmo, y es una normalidad que he tenido aunque a veces no soy consciente de la suerte que tengo. Pero esto dura lo que dura, así es esta industria. Así que, mientras pueda, voy a estar trabajando porque me encanta.

Ahora llevo una racha de cuatro años donde estoy contentísimo. ¿Que no tengo tiempo? Pues ya lo tendré, como pasa con todo. Con los niños ocurre igual: al principio crees que has perdido tu vida para siempre y que sólo eres padre o madre, pero luego pasa el tiempo, te vuelves a encontrar a ti mismo y te reencuentras con un +1, que es este hijo con quien aprendes otra forma de ver la vida.

Con el entretenimiento pasa lo mismo: no sabes cuánto va a durar, así que exprímelo, vívelo y curra. Y otra cosa fundamental, volviendo a la educación de mis padres, es ser amable con la gente. Parece una obviedad, pero se lo digo a mis peques. En esta industria eso no suele verse; normalmente solo se trata bien a los que son iguales a ti o a tus superiores.

En la televisión el presentador se lleva bien con los colaboradores, pero por debajo de ellos parece que no hay nada. Y luego es la mejor gente y la más interesante, porque los de arriba a veces pueden ser un coñazo, francamente te lo digo.

(*) Agradecimientos especiales al Hotel InterContinental