Begoña Pérez vuelve a las librerías con su tercer título.

Begoña Pérez vuelve a las librerías con su tercer título. Javier Ocaña

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Begoña Pérez 'La Ordenatriz': "A los 50 aprendí que no llego a todo y llevo dos años aceptándolo. Hay que delegar"

La experta en orden y limpieza publica Contigo en cada cambio, un manual interior para adaptarse a distintas situaciones de la vida.

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No siempre hace falta que ocurra algo enorme para que todo deje de encajar.

A veces basta con que cambien los horarios, se acumule el cansancio o aparezca un imprevisto para obligarnos a reorganizar prioridades.

En Contigo en cada cambio, Begoña Pérez se mete en ese momento incómodo en el que ya no basta con hacer listas ni poner cada cosa en su sitio: hay que decidir qué sigue siendo importante, qué puede esperar y qué necesita cambiar de verdad.

Durante años has enseñado a organizar una casa. ¿Qué ocurre cuando lo que necesita orden ya no es un armario, sino la propia vida?

Ese ha sido precisamente el cambio. Los otros dos libros estaban centrados en lo material y este entra mucho más en lo inmaterial. En la vida siempre aparecen situaciones que nos descolocan. Algunas pueden ser buenas, como tener un hijo o cambiar de casa, pero aun así nos obligan a reajustarnos.

Creo que afrontar esos cambios con agradecimiento, con paz y con cierto orden ayuda muchísimo. Eso es lo que he querido trasladar.

La autora, con su libro, 'Contigo en cada cambio'.

La autora, con su libro, 'Contigo en cada cambio'. Javier Ocaña

¿Escribirlo te ha obligado también a revisar algunas cosas de tu propia vida?

Hay un momento en el que hablo de mis hijos y digo que no quiero que recuerden a una madre gritona. A veces, cuando estoy muy cansada o preocupada, grito, y escribir sobre ello me ha obligado a mirarme también a mí misma.

Si identifico el problema y conozco una posible solución, tengo que intentar aplicármela. Por eso lo hablo también en casa: les digo que no me gusta verme así, ellos reconocen cuándo una situación se ha complicado entre todos y seguimos adelante. Mi intención es que podamos hacerlo sin gritos.

Tenemos calendarios, aplicaciones, recordatorios y agendas y, sin embargo, vivimos con la cabeza llena. ¿Nos falta organización o hemos metido demasiadas cosas en nuestras vidas?

Creo que lo segundo. Queremos llegar a todo: trabajar, estar con los niños, descansar, tener tiempo para nosotros, atender a nuestros padres… y además hacerlo todo bien.

Ahí aparece una búsqueda de perfección que no es realista y termina frustrándonos. El día tiene las horas que tiene.

Nunca he sido partidaria de perder el tiempo, pero he aprendido que también hay que saber perderlo para entender dónde merece la pena ganarlo. Se trata de ajustar las expectativas y asumir que no podemos hacerlo todo perfecto.

En este libro he querido partir del cariño y del agradecimiento. Sé que voy a equivocarme, pero creo que ambas cosas cambian mucho la manera de afrontar lo que nos sucede.

Hay además un trabajo que casi nunca se ve: estar pensando continuamente qué hay que hacer, qué falta o qué hay que organizar. ¿Somos conscientes de esa carga mental?

Creo que no. Muchas veces ni siquiera consideramos que todo ese pensamiento constante sea trabajo, pero puede llegar a agotarnos.

Por eso, recomiendo sacar las cosas de la cabeza y escribirlas, además con papel y bolígrafo. No se trata sólo de organizar mejor el día, sino de dejar de llevar todo el tiempo dentro el mismo recordatorio.

Para eso propones también unas fichas de vaciado mental: escribir, ordenar, soltar y aclarar la mente. ¿Qué ocurre cuando conseguimos sacar de la cabeza todo lo que llevamos dentro?

Que te tranquilizas. Si tengo que comprar filetes para la cena, por ejemplo, lo apunto. Sé que está ahí, que en algún momento voy a volver a esa lista y que no se me va a olvidar. Entonces puedo pasar a otra cosa.

Tenemos que acostumbrarnos más a mirar la agenda que a llevar todo el día dentro el mismo pensamiento. Parece una tontería, pero es un ejemplo muy claro. Cuando lo has escrito, te has descargado de esa preocupación porque ya no necesitas estar recordándotelo continuamente.

¿Cómo se arregla una semana que ha empezado a funcionar mal?

Parando. Vivimos con la idea de que tenemos que ser eficaces y resolverlo todo cuanto antes, pero a veces necesitamos tomar distancia.

Si seguimos dentro de la vorágine, enlazando un problema con otro, podemos pasar de pensar que hemos tenido un mal día a sentir que llevamos una mala semana, o incluso meses así.

Parar no resuelve el problema, pero ayuda a identificar dónde está y empezar a buscar una solución.

'La Ordenatriz' desvela algunos trucos para que la rutina no acabe siendo un caos.

'La Ordenatriz' desvela algunos trucos para que la rutina no acabe siendo un caos. Javier Ocaña

En el libro aparece también una 'bolsa de dudas'. ¿También hay que aprender a darse tiempo para desprenderse?

Hemos asumido que todo tiene que hacerse rápido y que hay que rentabilizar el tiempo, pero hemos despreciado demasiado el reposo y la calma.

Hay cosas que el dinero no puede darte y el tiempo sí. Si quiero ir a ver a mi madre, por ejemplo, no son sólo las dos horas que voy a estar con ella: también cuentan el trayecto, prepararme o parar a comprar algo.

Muchas veces organizamos el día sin tener en cuenta todo eso y después nos frustramos porque no hemos llegado a todo.

Hay una generación de mujeres que ha crecido pensando que ser capaz significa poder con todo. ¿No te parece que eso ha sido una trampa?

Ha sido una trampa y también una mentira. Me preguntan a menudo cómo concilio y yo contesto: "Fatal". Hablamos de ello como si tuviéramos el don de la ubicuidad y nadie lo tiene.

Quien consigue hacer muchas cosas normalmente sabe delegar. Y delegar significa permitir que el otro se equivoque o no haga las cosas exactamente como tú las harías. A mí me ha costado 50 años aprenderlo. Tengo 52, así que llevo dos aceptando que no llego a todo.

Además, no se trata de repartir tareas sueltas, sino responsabilidades completas. Encargarse de la lavadora no es sólo ponerla; y hacer la cena empieza antes de cocinar, pensando el menú y comprando.

A mí, por ejemplo, me gusta ir a comprar y se me da bien. Pues hago esa parte. Luego puede cocinar quien lo haga mejor, que a lo mejor no soy yo.

Ordenar obliga también a enfrentarse a lo acumulado. ¿Por qué nos resulta tan fácil meter cosas en una casa y tan difícil hacer que salgan?

Creo que es uno de los ejercicios que más falta nos hace. A veces necesitamos que alguien de fuera nos diga: "Tienes cinco o seis prendas prácticamente iguales. Quédate con tres".

Nos cuesta porque no paramos a pensar. Yo siempre digo que, para ordenar un armario, hay que sacarlo todo y ponerlo encima de la cama. Cuando lo ves junto, descubres que tienes muchísimo más de lo que imaginabas.

A partir de ahí hay que empezar por lo sencillo: guardar primero lo que realmente te has puesto durante el último mes. Después llega la parte difícil, que es mirar el resto y preguntarte si lo conservas porque lo necesitas o porque existe un apego detrás.

No hablo de ropa de fiesta o de prendas para ocasiones concretas, sino de ese porcentaje enorme del armario que permanece ocupado por cosas que prácticamente nunca utilizamos.

¿Nos hemos acostumbrado a resolver ciertas ansiedades comprando?

Tenemos muy interiorizada la idea de que eso nos va a hacer felices, nos va a acercar a determinado estatus o lo necesitamos porque lo tiene otra persona. Y no siempre nos preguntamos si realmente lo queremos.

Hay un ejercicio muy sencillo: si quieres comprar una prenda o un objeto, llévalo un rato contigo por la tienda. Si no lo necesitas de verdad, muchas veces ese tiempo basta para que desaparezca la necesidad de adquirirlo.

¿De qué te cuesta desprenderte, incluso cuando sabes que ya no lo necesitas?

La ropa tiene una carga emocional muy fuerte. A veces una prenda te devuelve a cómo eras, a un momento concreto o a quien te la regaló. Unos pantalones dejan de ser solo unos pantalones porque llevan detrás toda una historia.

Conservo ropa que ya no me queda pensando que quizá algún día se la pongan mis hijas. También guardo cosas que me han regalado mi marido, mi hermano o alguien de mi familia porque tienen un valor especial para mí y pienso que quizá algún día puedan heredarlas.

Begoña Pérez es madre de familia numerosa y sabe lo que es no llegar a todo.

Begoña Pérez es madre de familia numerosa y sabe lo que es no llegar a todo. Javier Ocaña

Cuando una enfermedad cambia de golpe las prioridades de una familia, ¿cómo nos adaptamos a lo que no habíamos previsto?

Esta fue una de las partes que más me costó escribir, porque algunas soluciones podían sonar frívolas. Pero no existe una receta general: cada situación necesita su propia respuesta.

Quien cuida puede tardar en darse cuenta de que ha dejado de cuidarse a sí mismo. A veces empiezan a aparecer pequeños problemas que terminan afectando a toda la vida cotidiana.

Ahí es importante detenerse, identificar qué está ocurriendo y, si hace falta, acudir a un profesional o adaptar aquello que está dificultando el día a día.

No se trata simplemente de decir "párate y ya lo verás", sino de parar para entender dónde está el problema y poder actuar.

Después de una pérdida, ¿hay una forma correcta de desprenderse de lo que pertenecía a quien ya no está?

Lo primero es entender que cada uno hace lo que está en sus manos. Si hay algo en lo que podemos trabajar, creo que es en cambiar la mirada. Un mismo hecho puede vivirse de formas muy distintas incluso dentro de una misma familia.

Eso no significa negar el dolor. Un duelo es costoso, pero intentar mirarlo también desde el agradecimiento puede cambiar la manera de atravesarlo.

Después de tantos años entrando, de alguna forma, en las casas de los demás, ¿qué has terminado aprendiendo de ellas?

Que no tenemos tiempo y que no sabemos parar. Nos falta realidad, tocar el suelo y asumir algo tan sencillo como que el día tiene 24 horas y no podemos sacar más.

También creo que las redes sociales distorsionan esa percepción. Vemos lo que otra persona ha hecho y pensamos: "A ella sí le ha dado tiempo". Pero el de al lado normalmente te cuenta lo bueno. Antes era el vecino y ahora es Instagram.

No se trata de meternos en la vida de nadie, sino de recordar que todos tenemos dificultades.

¿Qué crees que buscabas tú cuando empezó 'La Ordenatriz'?

Ayudarme a mí misma y, al mismo tiempo, ayudar a los demás. Lo que me sirve a mí intento compartirlo. Y creo que la gente ha entendido que, cuando recomiendo algo, es porque primero lo he probado yo.

Eso es lo que no quiero perder.

Contigo en cada cambio supone un giro importante. ¿Cómo quieres acompañar a quien llegue a este libro?

Desde la comprensión y no desde el juicio. Vivimos en un mundo en el que siempre hay alguien dispuesto a decirte que podrías haberlo hecho mejor. Creo que cada uno hace las cosas como puede, pero eso no significa hacerlo sin esfuerzo.

Se trata de afrontar lo que venga con cabeza, cariño y paciencia. Una mudanza, un nacimiento o una enfermedad necesitan tiempo.

Después de tantos años dando respuestas, ¿qué pregunta sobre tu propia vida sigues sin tener del todo resuelta?

El futuro. Aunque creo que sí he encontrado una forma de afrontarlo: con amor. Puede sonar muy bonito, pero en el día a día no siempre es fácil.

Eso no significa que no vaya a equivocarme. Lo haré, seguro. Pero si la persona que tienes delante percibe que has actuado desde el cariño, el error se entiende de otra manera.

No hay una fórmula magistral para la vida, pero, si tuviera que quedarme con una, sería esa.

Empezaste buscando soluciones para tejidos y manchas que cambian y te obligan a adaptarte. Ahora hablas de hacer algo parecido con la vida: escuchar, parar, reajustarse y seguir avanzando. ¿Esa forma de observar ha terminado convirtiéndose también en una manera de vivir?

Sí. Con los otros dos libros todo era más lineal. Una mancha concreta tiene una solución concreta. Si es sangre, sabes qué hacer y también que no debes utilizar agua caliente porque puedes fijarla para siempre.

Con la vida eso no funciona así. No existe una respuesta exacta.

Antes podía pensar en términos de dos más dos son cuatro. Ahora, dos más dos puede dar cualquier resultado porque cada situación es distinta.

Pero creo que, con alegría y agradecimiento, se puede ir encontrando el camino.

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