Retrato de la fotógrafa Isabel Muñoz.

Retrato de la fotógrafa Isabel Muñoz. Sara Fernández

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La fotógrafa Isabel Muñoz: "Lo que más me cuesta cuando retrato realidades sociales es el dolor ajeno y la impunidad"

Tras unos meses de intensa actividad y cinco inauguraciones, la artista acoge a Magas en su estudio.

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A sus 75 años, Isabel Muñoz (Barcelona, 1951), Premio Nacional de Fotografía, dos veces World Press Photo, Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes…, no para.

Sólo en junio ha expuesto en la Galería de las Colecciones Reales y el Instituto Francés, en la James-Simon-Galerie de Berlín, el Instituto Cervantes de Tánger… Aprovechará sus vacaciones en el mar y algo de montaña para pensar en sus próximos proyectos.

Entrar en el estudio de la artista es adentrarse en un mundo misterioso, acogedor, fascinante. Enormes imágenes de distintos formatos cuelgan de las paredes: la mano de un hombre que abraza la espalda de su compañera de baile; las curvas de una mujer ceñidas por un vestido blanco; la túnica de un derviche en un giro continuo…

"Lo que realmente me ha interesado es el ser humano", explica Isabel, para quien explorar los sentimientos y contarlos ha sido una necesidad. Lo ha hecho a través del cuerpo. También al fotografiar la naturaleza, "porque es tan perfecta que si no pongo a la persona se crea demasiada distancia".

El amor a la danza marcaría la dirección de sus primeros trabajos. Le seguirían series sobre el éxtasis de rituales religiosos, las formas en que el hombre se adorna —desde Papúa Nueva Guinea a las cárceles de El Salvador—, la transformación extrema del cuerpo, el butoh, los grandes simios, las manifestaciones que buscan conectar con el más allá…

La fotógrafa Isabel Muñoz durante su entrevista para Magas.

La fotógrafa Isabel Muñoz durante su entrevista para Magas. Sara Fernández

Se ha sumergido entre témpanos de hielo para parte de su serie Somos agua: "La mayoría de nuestro cuerpo es agua" —aclara la artista—. ¿De dónde venimos? Del agua. La tierra, los árboles, la roca… Todo está conectado".

Cuando fotografía la infancia olvidada, la trata de personas, las mujeres y niñas utilizadas como arma de guerra, su forma de contar es otra, "siempre desde el respeto y el amor".

Es imposible abordar en una entrevista un trabajo en constante evolución e investigación, no sólo en cuanto a temas, sino a formatos, soportes, papeles, emulsiones y procesos técnicos y digitales.

Isabel abre las cajoneras y enseña los enormes negativos que utiliza para las platinotipias. Sobre las mesas, diseminadas y ordenadas, fotografías y pruebas: "Esto un papel gampi de nueve gramos, impreso con la técnica de chine collé. En grande lo hago en papel seda porque no hay gampi".

Una se queda admirando esa búsqueda infatigable —"es importante no caer en el autoplagio"—, de la calidad tan rotunda de su obra, pero también de la pasión y generosidad con la que la muestra.

A un metro de la claraboya del estudio y unos tres sobre el suelo, cuelga una canoa de madera del Congo: "A veces pienso que es esta la que lleva todos nuestros sueños".

¿Tiene usted algo de mística?

Creo que todos los seres humanos necesitamos conectar con una parte espiritual, a veces más, otras menos. Ya en el Paleolítico, la expresión artística estaba ligada a esa necesidad, a intentar conectar con lo que no se ve.

En sus fotos hay algo muy misterioso, como un susurro, un grito ahogado, también amor…

En el fondo, nuestro trabajo es también un autorretrato. Cuando tú escribes, también lo haces sobre ti. Siempre he pensado que hacemos lo que hacemos porque necesitamos amar. En mi caso es genético. Ya de pequeña tenía el impulso de compartir, querer… Luego, cada uno lo canaliza a su manera.

Tras varios meses de intensa actividad, la artista acoge a esta revista en su estudio.

Tras varios meses de intensa actividad, la artista acoge a esta revista en su estudio. Sara Fernández

¿Cree en el destino?

Muchísimo. Y me gusta seguirlo porque nunca sabes si vuelve. Me rijo bastante por la intuición.

Ese equilibrio entre la voluntad y la intuición…

Claro, pero esa voluntad tiene que estar. También es genético. Tienes que tener esa fuerza para arriesgar, porque la equivocación es precisamente no hacer las cosas. Aunque te equivoques, aprendes.

50 años de carrera profesional, ¿qué impresión tiene cuando mira atrás?

Es curioso porque no miro tanto atrás, quizás lo hago más en relación a mi vida y a la de ciertas personas. Siempre pienso que lo puedo hacer mejor.

Claro que tengo unos recuerdos a veces dulces y otras dolorosos. Todas esas historias acaban formando parte de tu imaginario y de tu vida. Pero no soy una persona apegada.

Tiene una carrera muy sólida y un frenesí por seguir haciendo proyectos.

Más que un frenesí, es como cuando estás enamorada de algo; tienes miedo de dejar de sentir esa pasión. Quienes la tenemos somos privilegiados. No concibo mi vida sin ella. Luego, necesitas nutrirte de otras cosas y te rodeas de tus afectos.

Impresiona su entrega a la fotografía. ¿Ha tenido alguna vez crisis o dudas?

Todos las tenemos muchísimas veces y seguiremos teniéndolas. A mí me funciona el tirar para adelante, el seguir, aunque sabes que lo que estás haciendo no te acaba de convencer, pero, de repente, se abre la luz. En el momento en que no tenemos dudas estamos muertos.

Muñoz explica a la periodista María Marañón detalles de las obras colgadas en su taller.

Muñoz explica a la periodista María Marañón detalles de las obras colgadas en su taller. Sara Fernández

¿Su pasión por la fotografía ha aumentado? ¿Ha ido cambiando?

Creo que la pasión es una manera de querer. Fíjate, fui a mi terapeuta, Fernando Egea, con el que he estado muchos años y ahora se ha convertido en un gran amigo, precisamente porque quería cambiar eso. Y me dijo: 'Isabel, la forma de amar no se cambia'.

Usted tuvo un accidente que casi la deja en silla de ruedas, ¿qué le vino a la cabeza?

Tuve dos, uno de esquí y otro haciendo fotos en Tailandia. En ese momento se te vienen a la mente muchas cosas, como en otros momentos de tu vida.

Por ejemplo, pienso en las mujeres utilizadas como arma de guerra en el Congo. ¿Preferirías estar muerta a tener que vivir con ese trauma? Cuando estás con ellas, ves que han elegido la vida. Eso te demuestra que el ser humano tiene miedos, pero es capaz de sacar una fortaleza inmensa. Lo he presenciado en muchas otras ocasiones.

Cuando estaba en silla de ruedas, al principio, estaba horrorizada, pero luego te dices: 'Bueno, Isabel, pues seguirás haciendo fotos en silla de ruedas'. Y tiras para adelante.

La fotógrafa, en medio de la inmensidad de su taller.

La fotógrafa, en medio de la inmensidad de su taller. Sara Fernández

Los retratos de las mujeres y niñas del Congo son bellos, porque usted las dignifica...

No, yo no dignifico, ellas tienen esa dignidad. Pero ¿qué es la fotografía? Para mí es transmitir emociones. Cuando capturas realidades dolorosas, encuentras que el ser humano tiene esa característica. A través del respeto y el amor somos capaces de transmitirlo. Además, prefiero el concepto de heroína al de víctima.

En el discurso de ingreso a la Academia de San Fernando de Bellas Artes agradeció a su terapeuta el haberle enseñado a cargar con la mochila y a hacer la transición entre los viajes y lo cotidiano. ¿Qué es lo que más difícil?

Creo que lo que más me cuesta es ver el dolor ajeno, el sufrimiento y la impunidad. Por eso, muchas veces cuando vuelvo, para esponjar el corazón y que vuelva a hidratarse con afectos, retomo temas que tengan que ver con el amor, la danza…

Su trabajo ha sido definido como una antropología de los sentimientos. Ha fotografiado el cuerpo humano como expresión de belleza, dolor, fuerza, éxtasis, erotismo, sexualidad, adorno… ¿Me dejo algún sentimiento importante?

Injusticia. Manipulación. Son tantas cosas… Es que a través del cuerpo puedo contar todo. ¿Has puesto amor?

La belleza puede incluir el amor…

Es distinto. Y luz. Oscuridad. También superación. Límite.

El hombre tiene la tendencia a adornar y luego a modificar su cuerpo: ¿Qué le atraía de las transformaciones extremas del cuerpo de su serie Metamorfosis?

Me preguntaba qué estamos haciendo en el siglo XXI para que la gente joven necesite esa transformación de su cuerpo. De dónde surge la necesidad de pertenecer a una tribu y de volver a prácticas ancestrales.

Cuesta mirar esas imágenes.

Cuesta mirarlo. Nunca me meto cuando fotografío, pero una vez no lo pude resistir. Vi a una niña que se estaba empezando a hacer transformaciones. Y le dije: 'Eres monísima. ¿Por qué no esperas a ser mayor? A lo mejor dentro de diez años no quieres'. Ella me dijo: 'Es que yo lo que quiero es convertirme en un monstruito bello'. Entonces te das cuenta de que, como sociedad, hay algo que no debemos de estar haciendo bien.

Con la serie de retratos de las maras dentro y fuera de la cárcel en El Salvador, ¿qué buscaba?

Acababa de hacer el trabajo de las tribus en Etiopía que viven de espaldas al progreso y que utilizan su cuerpo como un libro cuando leí un artículo de Rafael Ruiz sobre las maras. Y me pregunté lo mismo, ¿qué está pasando?

Realmente ahí aprendí a no juzgar. Yo me preguntaba: 'Dios mío, pero ¿cómo puedes amar eso?'. Porque yo necesito querer lo que hago. Tenía que contextualizar. ¿Cuál es su realidad?

Hijos de familias monoparentales. Las madres trabajaban largas jornadas por 150 dólares al mes cuando unas Nike te costaban en aquella época 120. Los niños se crían en la calle sin ninguna esperanza ni formación...

¿Sintió miedo?

No se puede negar que son asesinos. Cuando los observaba, pensaba que me estaban mirando con la misma mirada con la que me mirarían para matarme de la forma más tremenda. Sí que pasé miedo. Pero he pasado miedo en muchos sitios, lo que pasa es que no lo puedo demostrar.

Impresiona. Ver esas cárceles, cómo viven rodeados de la muerte. Entre un viaje y otro se mataron dos o tres y jugaban con las cabezas. Llega un momento en que uno se convierte en una máquina. Es una realidad muy difícil de comprender para nosotros.

En muchas de sus fotografías utiliza fondos negros o blancos, incluso debajo del agua.

Y gris. Son los tres colores que uso siempre, porque son neutros. Necesito estar en el lugar para poder contar, pero no quiero que el espectador se despiste, porque lo importante es lo que te va a transmitir la persona a la que fotografío. Entonces, me gusta tener un fondo para separarlo de otras cosas.

Entrevistada y entrevistadora fotografiadas delante de una de las obras más icónicas de Muñoz.

Entrevistada y entrevistadora fotografiadas delante de una de las obras más icónicas de Muñoz. Sara Fernández

Ha disparado sobre todo en blanco y negro, pero últimamente utiliza bastante el color.

Es que depende. Los temas sociales tienen que ser como los ves, porque no te puedes permitir soñar. Pero siempre me gustó el blanco y negro: tiene un misterio, una forma de atemporalidad, de separarte de lo que estás contando.

Yo usaba el platino así, pero cuando lo descubrí en color y comprobé que podía conseguir ese aire onírico, me planteé hacer más temas en otros tonos. Y aunque empecé haciendo blanco y negro debajo del agua, me di cuenta de que ese mar que baila, ese mar azul, los peces, no podían ser estar en escala de grises.

La calidad y la experimentación con nuevos soportes son dos de sus rasgos característicos.

Yo investigo, no sólo el soporte, sino también las distintas formas de contar. Necesito convertir la fotografía en objeto. Por ejemplo, la digital, que ha evolucionado tanto, me permite hacerlo. También experimento con la imagen en movimiento. Para eso me apoyo en profesionales.

Creo que hoy el concepto de mi disciplina es más amplio que en el siglo XIX. Además, se hacen muchos retratos sin cámara profesional que ilustran cómo se vive.

En la exposición de Piedras del Cielo en Colecciones Reales hay un cuarto inmersivo y también muchos fotomontajes.

Siempre me ha encantado el collage y recortar. Pero ahora los haces digitales o con la técnica de chine-collé.

¿Qué nuevos mundos le quedan por explorar o repensar?

Muchísimos. Sigo luchando para retratar el Paleolítico español. También una cueva en Francia. El tema del agua sigue…

Estoy ampliando Las piedras del cielo, con las Geometrías de lo Sagrado. Me enamoré de lo que representó la construcción de El Escorial como un centro de conocimiento. El año que viene se conmemora el 500 aniversario del nacimiento de Felipe II y de Arias Montano, a quien encargó la Biblia Políglota.

¿Un recuerdo de infancia?

Uy, tengo muchos. Uno que, además generó mi primer trabajo, es ver a mis padres bailar el tango en aquellas reuniones familiares de esa época. Bailaban de maravilla.

Isabel Muñoz en el inicio de su carrera, fotografiando a una pareja de bailarines.

Isabel Muñoz en el inicio de su carrera, fotografiando a una pareja de bailarines. Cedida

¿Ha hecho fotos de familia o en casa de herrero, cuchillo de palo?

Pobres... Los tenía hartos, porque cuando empecé tomaba muchas fotos y ¿a qué se las haces? A aquello que te rodea.

¿Sus nietos le piden que vuelva a contarles alguna de sus aventuras?

Eso lo hacía yo con mi abuela. Me encantaba. Le pedía que me contara una y otra vez sus anécdotas de la guerra.

Adoro a mis nietos y ellos a mí, pero compartimos otras cosas. Deben de estar cansados de verme salir y entrar. Me pasó también con los hijos. Tengo uno con el que tengo una relación muy especial y me apoya, pero lo compartimos de otra forma.

¿Cómo es su día a día? ¿Qué hace en un día normal cuando no viaja?

No paramos, ya has visto. Y tengo la suerte de contar con María y Verónica. Mi vida es así, pero creo que es un privilegio. No podría estar mano sobre mano.

Otras aficiones. ¿Qué le divierte, con qué disfruta?

Compartiendo con la gente que quiero. Me encanta bailar tango. Antes iba los jueves a las cuatro. Pero hay cosas que tienes que ir dejando porque un día estás de viaje, otro... Me encanta el agua. Y me gusta mucho el cine. Leo cuando puedo e investigo. Pero siempre me gusta compartir.

'Julio César', por Isabel Muñoz.

'Julio César', por Isabel Muñoz. Cedida

Su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando concluyó con una fotografía de un gorila que se había adornado con una rama a modo de corona y la frase "Tampoco nosotros somos nada".

Por eso titulé la fotografía Julio César. Los emperadores romanos cuando entraban a las ciudades llevaban al lado un esclavo que les decía 'Memento Mori'. Es algo parecido a: 'Recuerda que vas a morir'. No eres nada. Ahora entras triunfante, pero no debes olvidar que podrías haber entrado como vencido. Y sin duda también fallecerás.

La vida da muchas vueltas. Pero, además, no somos conscientes de que nada vuelve y de que lo que no hagas ahora o no te hagan, probablemente, son oportunidades perdidas que no se volverán a presentar.