La escritora argentina es periodista y editora.

La escritora argentina es periodista y editora. Sara Fernández

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Adriana Riva cuestiona la vejez a través de su nuevo libro: "En las personas mayores el deseo parece prohibido"

La escritora argentina ha publicado Ruth, cuya protagonista tiene 82 años y da una lección de vida al margen de la edad.

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Adriana Riva escribe sobre las relaciones humanas y los vínculos familiares. Periodista y editora además de novelista, en Ruth desplaza la mirada hacia un territorio poco transitado por la ficción: la vejez.

Pero no para hablar del final de la vida, sino de todo lo que todavía puede empezar.

A través de una mujer de 82 años, cuestiona el edadismo, reivindica el deseo, la amistad y la libertad, y plantea una pregunta que atraviesa toda la novela: cómo queremos vivir el tiempo que nos queda.

Adriana Riva acaba de publicar su nuevo libro, 'Ruth'.

Adriana Riva acaba de publicar su nuevo libro, 'Ruth'. Sara Fernández

Pones en el centro un perfil poco habitual en la ficción. ¿Qué sentías que todavía no se había contado sobre esa etapa de la vida?

Cuando me di cuenta de que mi protagonista estaba en el umbral de los 80, empecé a notar un cierto hueco literario. Los personajes de esa edad solían aparecer en historias melancólicas, casi siempre al final de la vida.

Yo quería hablar de mujeres que llegan bien a esa etapa, con ganas y con mucho tiempo todavía por delante.

Hablamos mucho de longevidad, pero muy poco de cómo queremos pasar esos años. Tenemos una conversación pendiente sobre la vejez. Porque hoy realmente se puede vivir, se puede tener deseo y esa etapa puede ser incluso un nuevo comienzo.

La vida se reconfigura y aparece una pregunta distinta: ¿qué hacemos con ese tiempo?

¿Una mujer empieza a conocerse de verdad cuando deja de vivir para los demás?

No necesariamente. Las hay que lo hacen porque eso es lo que eligen, y son completamente libres. Para mí lo importante es ser consciente de lo que una escoge, dentro de lo posible, porque la vida no siempre te lo permite. Pero, al menos, sí hacerse cargo de esas elecciones.

¿La vejez se vive de forma distinta en hombres y mujeres?

Yo creo que sí. Tenemos distintos roles y ocupamos diferentes lugares. Intento no generalizar, porque hay todo tipo de vejeces, pero, en general, ellos llegan más cansados, más perdidos.

En cambio, veo a muchas mujeres que van a talleres, salen al teatro, viajan, se juntan con sus amigas. Llegan a esa etapa con más actitud. Siento que, además de trabajar y cuidar a la familia, también se han cuidado a sí mismas y han cultivado intereses propios.

El cuerpo envejece antes que la mente. ¿Cómo se convive con esa fractura?

Eso es tremendo. Es como si nos hubieran dado un molde con fecha de vencimiento: no hay crema antiedad, ni cirugía estética que pueda cambiarlo.

Uno puede tener la cabeza impecable, lúcida, con una memoria extraordinaria hasta los noventa y pico. Pero el cuerpo empieza a poner limitaciones... Es posible que el deseo permanezca, aunque ya no puedas hacer las mismas cosas.

A mí, con 45 años, ya me pasa en cierta medida. El cuerpo envejece y hay que aceptarlo.

La autora, con Rosa Sánchez de la Vega en su pódcast.

La autora, con Rosa Sánchez de la Vega en su pódcast. Sara Fernández

¿El envejecimiento pesa más en quien lo vive o en quien lo mira?

En el segundo. Siempre es más fácil ver al otro envejecido que a uno mismo. Te encuentras con una amiga que hace tiempo que no ves y piensas: "Está igual".

Pero no, no está igual. Y enseguida te preguntas cómo te estará viendo ella a ti.

Aunque también el propio cuerpo empieza a hablarte. Te levantas una mañana y dices: "¿Qué son estos dolores? ¿Qué les pasó a mis rodillas si ayer no hice nada?". Ahí también aparece la conciencia del paso del tiempo.

¿Qué revela de nuestra sociedad esa necesidad constante de corregir los signos de la edad?

Que nos cuesta aceptar el paso del tiempo. Hay cosas que se pueden mejorar o, más que corregir, prolongar. La realidad es que vivimos más tiempo y está bien hacerlo mejor.

Pero hay otras que me resultan un poco irrisorias, esas personas que aparentan una edad que claramente no tienen.

Ahora bien, también entiendo a quien dice: "Yo me quiero ver bien. Cuando tengas mis años, tú también vas a hacer lo mismo". Y ese "también" es una respuesta válida. A mí me gustan muchas cosas de la vejez. Las canas bien llevadas pueden ser muy coquetas, las arrugas también. Hay mujeres que han envejecido hermosamente y espero que hacia allá vayamos.

¿Por qué parece que el deseo de las mujeres mayores tiene fecha de caducidad?

No la tiene. Siempre supe que me costaban mucho las escenas sexuales. Desde chicos no queremos imaginar a nuestros padres teniendo relaciones.

Con la gente mayor pasa lo mismo, parece algo prohibido, como si para mantenerlo hubiera que ser una suerte de Adonis o de Venus de Milo. Y no es así.

Estoy segura de que el deseo continúa siempre. Para mí no caduca nunca. Lo que sí puede pasar es que no sea exclusivo del cuerpo. Hay muchos deseos en la mente, de lo que uno piensa, y por suerte se pueden seguir encontrando otros lugares.

En muchas familias llega un momento en el que los hijos empiezan a decidir por sus padres. ¿Dónde está la línea entre cuidar y sustituir la voluntad del otro?

Creo que muchas veces hay un avasallamiento sobre la gente mayor por comodidad propia. No tiene que ver con el desamor, sino con dejar de escuchar al otro y entender qué necesita realmente. A veces precisa de ayuda, por supuesto; otras no.

Eso se vio muy claro en Argentina durante la pandemia. A mucha gente mayor prácticamente se la encerró en sus casas: "No salgas porque eres grupo de riesgo". Y estaban en pleno juicio para decidir por sí mismas.

Había una idea de 'lo hago por su bien' que a mí me resultaba bastante turbia. Hay que detenerse y preguntarse qué es lo correcto cuando la otra persona está bien y sabe lo que quiere.

Si no, terminamos infantilizándola, obligándola a hacer cosas que no quiere sólo porque tiene menos reflejos o le cuesta un poco más subir una escalera.

La amistad parece cobrar un valor especial con los años. Quizá porque son los amigos quienes conservan la memoria de quienes hemos sido.

Antes yo era de la vieja escuela y pensaba que sólo servían las amistades de siempre. Ahora creo que también se hacen en el camino. Incluso a los 80.

Las de toda la vida conservan esa memoria compartida. Por eso, cuando alguien muere, también se pierde una parte de esa memoria, se va todo ese bagaje que traía con ella.

Hay una edad en la que uno aprende a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante.

Espero que no haya que esperar a ese momento... Porque, al ritmo que vamos, llegamos con la lengua afuera. Vivimos en la inmediatez: todo es urgente y parece rarísimo no responder un mensaje enseguida. Pero uno se va dando cuenta de que casi nada requiere esa urgencia.

Hace falta frenar, pensar, mirar. Yo me levanto y ya estoy respondiendo los 35 mensajes que me entraron. En cambio, a mi madre le escribo: "¿Querés venir a almorzar?" y me responde dos días después. No había ningún apuro y me fui adaptando a ese tiempo.

¿El arte es una forma de evasión o de ampliar el mundo?

En este caso, sí ocupa ese lugar, pero podría haber sido la jardinería, la cerámica o cualquier otra cosa que nos siga obligando a preguntarnos.

A mí me interesaba el arte contemporáneo porque muchas veces es difícil de pescar al vuelo. Uno se acerca, quiere entender de qué está hecho, si eso es real. Y, de pronto, queda un poco descolocado. Eso te obliga a pensar.

Me parece importante seguir pensando por nosotras mismas. No para evadirnos, sino para abrir la mirada. Las cosas nunca son de una sola manera. Por eso, para mí, el arte no es evasión, sino ampliación.

¿Qué preguntas te hizo Ruth sobre tu propia vida?

No la escribí proyectando mi propia vejez, ni pensando cómo voy a estar yo a esa edad. Lo que me replanteé fue qué significa realmente. Hay cosas, como el cuerpo, que son reales. Pero hay otras que trascienden los años.

Me pasó que muchos lectores me dijeron 'yo soy Ruth' y sólo habían cumplido 38. Eso me hizo plantearme qué edad tenemos realmente, ¿la que vemos en el espejo? ¿la que nos dan los demás?

¿Y qué prejuicios te ayudó a desmontar?

Que no hay que prestarle tanta atención a la edad, porque muchas veces es anecdótica. Salvo por las cuestiones físicas, porque contra eso no hay con qué darle. Pero una persona puede tener 90 años y estar muchísimo más lúcida que otra.

Lo peor que tenemos es el prejuicio. Por eso, la infancia es tan maravillosa: uno mira por primera vez, con los ojos limpios. Después nos cargamos muy rápido de connotaciones negativas. Es difícil desprenderse de ellas, pero hay que intentarlo todos los días para mirar de verdad y que no se nos escape la vida.

¿Sentías que para hablar de esa libertad necesitabas un personaje que ya hubiera dejado atrás casi todas las expectativas?

Sí. Me interesaba qué pasa cuando uno ya cumplió —o no— con todas esas expectativas. Hay mucho escrito sobre la necesidad de ser exitosa en el trabajo, como madre o de encontrar un lugar en el mundo. Pero, cuando todo eso queda atrás, creo que se abre otra forma de libertad.

La vejez tiene la desventaja de la invisibilidad, pero también ese beneficio de 'me pongo un vestido negro, total nadie me mira'. Entonces elijo el más cómodo. Eso no significa dejar de querer gustarse. Tengo una tía de ochenta y seis años que se viste como una diosa porque es lo que le gusta.

Tal vez la edad nos permita ser un poquito más libres, porque ya no vivimos tan pendientes de lo que se espera de nosotros.

La escritora, durante la entrevista.

La escritora, durante la entrevista. Sara Fernández

¿Cómo te imaginas a la edad de tu madre?

Ojalá sea como ella. La adoro. Me gustaría llegar con ganas, seguir siendo una persona deseante, que no haya tirado la toalla. La vida le cuesta, pero siempre le costó. No tiene que ver con la edad, sino con una manera de estar en el mundo.

Y, a pesar de eso, está de acá para allá. Entra a un museo, se junta con las amigas, va a la ópera o pasa un día entero feliz en la cocina.

Sigue encontrando cosas que le entusiasman, continúa aprendiendo. Y eso me parece maravilloso. A veces basta una palabra del crucigrama. No hace falta ir a ver el Guernica para sorprenderse.

¿Ella se reconoció en Ruth?

Sí, leyó el libro y se divirtió mucho. Pero entiende perfectamente que es una ficción. Yo tomo cosas de la realidad, de mi madre, que es mi barro, mi materia prima. Pero después, por supuesto, ella no es Ruth.

Lo gracioso es que, según le convenga, dice que tiene que ver o no con el personaje.

¿En qué momento dejaste de escribir sobre una mujer de 82 años para escribir, simplemente, sobre una mujer?

Yo escribo bastante a tientas, medio a ciegas. Y me di cuenta de que la edad era bastante anecdótica. Hay un pacto con el lector: este personaje tiene estas características y estos años. Pero muchas de las cosas que piensa Ruth las pienso yo. Otras las dicen otros protagonistas. Y, de pronto, todo empieza a mezclarse.

Al final, más que hablar de la vejez, estás hablando de la vida.

Sí, tal cual. Creo que hay que darle mucho más lugar a estas historias. Me da la sensación de que se viene una ola de libros sobre esto, porque está en la calle. Y la literatura siempre se alimenta de lo que ve.

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