Serena Williams en un entrenamiento reciente.

Serena Williams en un entrenamiento reciente. Reuters

Protagonistas

Serena Williams vuelve a los 44 años y desafía todas las reglas del tenis: a ellos se les permite pausar, a ellas retirarse

La leyenda vuelve a las pistas casi tres años después de su último partido. Su regreso al Queen's Club no es un capricho: es un acto político y cultural.

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Alba Díaz
Publicada

Cuando Serena Williams (Florida, Estados Unidos, 1981) salió de la Arthur Ashe Stadium la noche del 2 de septiembre de 2022, después de caer en tercera ronda del US Open, eligió cada palabra con la precisión de quien sabe que el lenguaje también marca finales.

No dijo ‘me retiro’. Dijo que evolucionaba. Habló de nuevos capítulos, de otras formas de estar en el juego, de puertas entreabiertas. El mundo, sin embargo, la despidió igual.

23 Grand Slams individuales. 319 semanas como número 1. La campeona más veterana de Grand Slam en la Era Open (Australian Open 2017 estando embarazada). Cuatro oros olímpicos. Más de 94 millones de dólares en premios. Vuelve probablemente la deportista que más transformó el tenis femenino desde Billie Jean King.

El simbolismo no es menor tampoco en el escenario donde eso sucederá. El regreso al Queen’s Club es significativo: tras décadas sin presencia estable en uno de los escenarios más tradicionales del tenis británico y dominado por el circuito masculino, el torneo vuelve a incluir competición femenina en un espacio históricamente reservado a ellos.

Así, este verano Williams estará en el Queen's Club de Londres para jugar dobles junto a la canadiense Victoria Mboko, 25 años más joven que ella, en el HSBC Championships.

Vuelve a los 44 años. Sin explicar demasiado. Vuelve porque puede y porque quiere. La imagen parece escrita por Hollywood: la leyenda que definió una era compartiendo pista con una tenista nacida cuando ella ya levantaba trofeos.

El regreso de Serena Williams es también una discusión sobre la edad, sobre la maternidad, sobre el derecho a cambiar de opinión y sobre el extraño empeño cultural de exigir a las mujeres que conviertan cada despedida en algo definitivo, limpio y silencioso.

Serena Williams en acción sobre la pista.

Serena Williams en acción sobre la pista. Europa Press

Tipos de retirada

Ellos descansan y ellas se retiran. En el deporte masculino, las pausas son estratégicas, incluso románticas. Michael Jordan volvió. Tom Brady volvió. Los regresos de ellos suelen narrarse como gestas épicas o necesidades inevitables del talento.

Cuando Roger Federer anunció su retirada en 2022, el mundo del tenis lo recibió con un respeto reverencial. Cuando Rafa Nadal tardó años en confirmar la suya, entre idas y venidas, lesiones y regresos, nadie le preguntó si estaba siendo injusto con su legado.

A los hombres se les permite el matiz, el descanso, la pausa, el regreso. A las mujeres se les exige un cierre limpio y definitivo. Existe una expectativa casi moral de cierre. Como si retirarse fuera también comportarse correctamente. Serena lo sabía aquella noche del US Open de 2022 en la que evitó pronunciar la palabra ‘retirada’.

El lenguaje no es inocente. Cuando algunas deportistas intentan volver, la conversación rara vez se centra en su nivel o en su derecho a seguir compitiendo.

En el caso de Naomi Osaka, su pausa por salud mental y maternidad se leyó muchas veces como una fractura más que como una continuidad mientras perdía patrocinadores por el camino; en el regreso de Caroline Wozniacki tras ser madre, el foco mediático giró constantemente hacia la explicación de su vuelta más que hacia su rendimiento.

En el caso de Elina Svitolina, su regreso después de dar a luz fue recibido con una mezcla de sorpresa y admiración que delataba una expectativa implícita: que lo normal hubiera sido no volver igual y, sin embargo, en 2024 ya había regresado al top 20 del ranking mundial.

Pero el subtexto siempre es el mismo y apenas aparece disfrazado… ‘¿No habías cerrado ya esta etapa?’.

Serena Williams, en una fotografía de archivo del US Open 2022.

Serena Williams, en una fotografía de archivo del US Open 2022. AFP7 / Europa Press

44 años como provocación

Aunque los 44 años en tenis son una anomalía estadística, la mediana edad femenina sigue siendo, en demasiados ámbitos, un espacio de borramiento.

Las actrices dejan de recibir papeles protagonistas, las presentadoras son sustituidas por versiones más jóvenes, las deportistas se convierten en embajadoras o en comentaristas. Se les construye un pedestal, que es otra forma de aparcarlas, casi a modo de ente decorativo.

Williams ahora baja del pedestal y vuelve a la cancha. Su presencia en Queen's no es un homenaje. Se puede ver como un desafío al relato de que las mujeres tienen fecha de caducidad visible.

Hay algo incómodo para cierta mirada social en una mujer que no acepta desaparecer cuando le corresponde y también algo de radical en entrar a una pista donde las rivales crecieron viéndote por la televisión. Volver a competir a los 44 no es sólo una decisión deportiva. Es casi una provocación cultural.

Maternidad versus ambición

Parte de aquella narrativa de 2022 incluía a sus hijas y el deseo de estar más presente. Durante años, el deporte femenino obligó a muchas atletas a elegir entre competir o desaparecer. Serena Williams transformó ese paradigma pagando el precio físico y mediático de hacerlo.

Hablar de la tenista y de maternidad sin hablar de su embarazo es contar sólo la mitad de la historia. En 2017, después del nacimiento de su hija Olympia, vivió una experiencia médica límite.

Sufrió una embolia pulmonar poco después de dar a luz, una complicación grave que casi le cuesta la vida. No fue un episodio menor ni anecdótico dentro de su biografía deportiva.

Cuando volvió a competir en 2018, lo hizo con un vendaje en la pierna, con secuelas físicas y con una narrativa nueva encima. Ya no era sólo la campeona que volvía después de ser madre, sino una mujer que había sobrevivido a un parto complicado en el que su propia voz tuvo que abrirse paso entre dudas ajenas.

Pero su regreso completa el argumento de una forma que pocas veces se dice en voz alta: la maternidad puede ser un paréntesis, no un punto final.

Que una mujer decida tomarse tiempo por sus hijos no significa que haya renunciado a sí misma de forma permanente. Serena no abandonó el tenis por ser madre. Lo pausó.

Sin embargo, esa maternidad nunca fue tratada como la paternidad de los deportistas hombres, sino que fue analizada como un posible punto final.

La que dijo que no y volvió

En diciembre de 2022 lo negó. Hoy está a nada de su vuelta a la hierba londinense. Hay quienes verán en eso inconsistencia, falta de palabra o el deseo calculado de alimentar narrativas mediáticas. Hay quienes le reprocharán haber generado expectativas para luego frustrarlas o haber levantado falsas esperanzas.

Como si las personas estuvieran obligadas a mantenerse coherentes con sus propias declaraciones o como si una entrevista fuera un contrato notarial. La cultura contemporánea tiene una relación tensa con el cambio de opinión.

Por un lado, lo exige: se espera que las personas evolucionen, que integren nueva información, que no se aferren a posiciones del pasado cuando la realidad ha cambiado. Por otro lado, lo castiga: el ‘antes dijiste’, el ‘te contradices’, el ‘no tienes palabra’ funcionan como mecanismos de control que disuaden de la revisión honesta.

Serena Williams, en una rueda de prensa por el torneo Queen's.

Serena Williams, en una rueda de prensa por el torneo Queen's. Reuters

En ese marco, el regreso de Serena Williams no es sólo una decisión deportiva ni una anécdota biográfica; es también recordatorio de que cambiar de idea, de etapa o de dirección no debería requerir una justificación permanente.

Y que, sin embargo, sigue haciéndolo, sobre todo cuando quien cambia es una mujer a la que el relato público ya había intentado fijar en una versión definitiva.

Tu ídolo ahora es tu rival

Victoria Mboko tiene 19 años. Las jugadoras que hoy ganan Grand Slams tienen entre 20 y 30 y pocos. Muchas de ellas crecieron viendo a la estadounidense por televisión, coleccionando sus finales en VHS digital o en YouTube, aprendiendo de sus saques, memorizando sus gestos de victoria, soñando con ser la mitad de lo que ella fue.

Serena Williams no era sólo una tenista para esa generación. La prueba de que era posible ser negra, potente, expresiva y la mejor del mundo al mismo tiempo. Un símbolo que normalizaba lo que antes parecía excepcional.

Ella no vuelve para demostrar que puede ganar. Vuelve para demostrar que puede jugar. Que la decisión de seguir es suya, que los cierres los hace ella.

En un mundo que lleva décadas intentando escribir el último capítulo de su historia —desde que era demasiado joven, demasiado fuerte, demasiado expresiva, demasiado negra, demasiado madre, demasiado mayor— ella acaba de añadir una página más. Sin pedir permiso. Como siempre.

En la rueda de prensa para el torneo que espera su regreso, envió un mensaje claro: "No necesito ganar, he ganado más de lo que la mayoría de la gente gana en toda su vida, así que eso no es importante para mí. Lo es que siga recordándomelo a mí misma porque no tengo nada que demostrar ni que perder, aunque sé que aquí todo se basa simplemente en ganar".