La escritora Alice Kellen, en un posado para Magas.

La escritora Alice Kellen, en un posado para Magas. Javier Ocaña

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Alice Kellen, entre millones de lectores y su gran estreno en Netflix: "No soy ambiciosa ni jugando al parchís"

La autora publica un nuevo libro, El Club del Olvido, mientras otras de sus dos novelas llegan al cine y la pequeña pantalla.

Más información: Alice Kellen, la superventas con dos millones de lectores: "No fui buena estudiante, repetí dos veces. Me arrepiento de mi adolescencia"

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Alice Kellen (Silvia Hervás) es una de las autoras de ficción romántica más seguidas en España y Latinoamérica. Con más de tres millones de lectores y 16 novelas publicadas, su obra se caracteriza por una mirada íntima a las emociones y por una prosa cercana que ha conectado con distintas generaciones.

En 2026, su universo da el salto a la pantalla con la adaptación cinematográfica de Todo lo que nunca fuimos protagonizada por Maxi Iglesias y la llegada a Netflix de El mapa de los anhelos.

En este contexto se sitúa El Club del Olvido, un libro que gira en torno a un grupo de amigos y a un local de copas que se convierte en su refugio, pero también en el escenario donde se ponen a prueba la amistad, el amor y las heridas que arrastran desde el pasado.

Alice Kellen, con su nuevo libro, 'El Club del Olvido'.

Alice Kellen, con su nuevo libro, 'El Club del Olvido'. Javier Ocaña

El título resulta casi contradictorio: los personajes buscan olvidar, pero la historia parece construirse a partir de los recuerdos y de lo que han dejado atrás. ¿Cómo se articula esa idea?

Es un poco ese juego entre qué rememoran ahora de aquel año y todo lo que sucedió en ese lugar. Evidentemente, no podemos olvidar del todo porque nos construimos sobre nuestros recuerdos, pero sí es verdad que los vamos lavando y van perdiendo un poco de color. Ahí es donde todo queda como un poco velado.

¿Eres más de recordar o de intentar olvidar?

Soy terriblemente nostálgica, incluso proyectándome en el futuro sobre el momento presente. Y olvido, porque tengo mala memoria. A veces me pregunto si de alguna manera nuestra cabeza necesita dejar ciertas cosas atrás o ir haciendo hueco. Es algo en lo que pienso mucho: la memoria, los recuerdos, la narrativa que vamos construyendo... Es un tema inagotable, muy interesante.

¿Crees que vivimos en una sociedad que tiende a olvidar demasiado rápido, incluso las emociones?

Ahora se ha pasado un poco esa etapa, pero hace unos años hubo un momento en que eso me preocupaba, me incomodaba. Parecía que había una especie de oda al no sufrimiento, a no atravesar nada; que cualquier persona que te supusiera un problema había que dejarla atrás, como si todo tuviera que ser sano, que nada te rozase.

Y me preocupaba porque me parecía imposible, una utopía. La vida no es así, necesitamos esos rasguños. Y luego tenemos que hacer una especie de criba, de filtrado, algo que la vida lleva a cabo casi de forma inconsciente.

La novela se mueve entre los años 90 y la actualidad, lo que aporta una capa de nostalgia muy potente. ¿Qué te interesaba explorar con ese salto temporal?

Me atrae, tanto en este caso como en otras novelas, ese contraste con los años 90, cuando el mundo y la forma de relacionarnos eran distintos: quedabas con alguien y te plantabas en su casa, no existían los mensajes ni la inmediatez actual. Todo era más contenido.

Creo que eso aporta otra fuerza a las historias, un aire distinto. Hay una barrera antes y después de redes sociales y móviles que cambia completamente la forma de relacionarse. No es mejor ni peor, simplemente es diferente.

La amistad masculina ocupa el centro del relato. ¿Por qué?

Me intriga mucho. No me genera envidia, pero incluso en mis amigos percibo silencios. Quizá generalizo, pero no sé si profundizan como yo entiendo la amistad.

En el 93 hay un peso educativo claro, y todo gira en torno a la comunicación: se dicen muchas cosas sin palabras. No hay conversaciones emocionales directas; el espectador debe percibirlo, porque a ellos les cuesta encontrar las palabras precisas.

Tienes millones de lectores. El éxito también implica expectativas. ¿Sientes presión cada vez que publicas?

Normalmente, sí. A la hora de elegir un proyecto te lo piensas más, quieres hacer algo que te guste y que también llegue al público. Repetirme me genera bastante presión.

Pero en cuanto al éxito, cada vez menos. Lo veo como algo que está en un lugar y yo en otro; se ha colocado ahí de forma natural, sin forzarlo. El tiempo suaviza todo y vas ordenando prioridades.

Admiro a quienes tienen un punto más ambicioso, pero hay un momento en que te aceptas como eres. Yo no soy ambiciosa, jamás, ni jugando al parchís. Y creo que eso hace que todo vaya rodando.

Este año veremos la adaptación cinematográfica de Todo lo que nunca fuimos y la llegada de El mapa de los anhelos a Netflix. ¿Cómo estás viviendo que tu obra salte al audiovisual?

Bien, porque, como comentaba con lo del éxito, aquí también aprendes a soltar. Al final es otro lenguaje, algo que ya no es tuyo, que es de muchas personas. Tienes que ser generosa, saber compartirlo y comprender que se abren más perspectivas sobre una historia que tú hiciste y que, a veces, incluso suman.

En el momento en el que lo dejas en otras manos, no tiene sentido sufrir. Yo me lo planteé y pensé que, si iba a querer tener el control y que se hiciera como yo quería, no valía la pena ceder los derechos. Debe de ser una experiencia demoledora para el autor...

Pero en este caso haces esa reflexión, sueltas y lo disfrutas con curiosidad. Sobre todo, me ha abierto a un mundo que me parece muy interesante.

¿Qué margen real tiene una autora en un proceso de adaptación, cuando entran decisiones industriales y creativas?

Creo que depende mucho de lo que te quieras implicar. Al final negocias unas condiciones previas, pero en mi caso mi única petición fue poder leer los guiones. Todo lo demás entendía que no tenía los conocimientos como para intervenir. Además, el texto luego cambia en el rodaje.

Actores como Maxi Iglesias y Margarida Corceiro forman parte de Todo lo que nunca fuimos. ¿Qué sentiste al verlos elegidos?

Me río... porque mi primer pensamiento fue: “Dios mío, son guapísimos”. A ella no la conocía, pero me encajaba con la descripción del personaje. A veces no es tanto que coincida con rasgos físicos, sino una cuestión de gestos y de movimiento, que creo que es lo más importante.

Me sorprendió mucho cuando vi algún trocito o estuve un día en el rodaje: me gustó cómo lo hacía. A Maxi sí lo conocía y creo que es perfecto para el papel. Estoy contenta.

Tus historias suelen moverse entre lo vivido y lo recordado. ¿Qué pesa más: lo que ocurrió o la forma en que lo interpretamos después?

Es un debate que daría para muchas horas. Todo es muy subjetivo. Llegar a una verdad absoluta es utópico. Siempre te preguntas hasta qué punto lo que tú eres interfiere en un hecho, en una misma escena.

En El Club del Olvido me interesaba precisamente eso: verlo desde diferentes perspectivas, cómo cada uno vive un mismo hecho, las distintas formas de reaccionar, sentir o pensar. Es una variable, no hay una sola verdad ni una sola forma de ver.

Creo que la gente muy cuadriculada, que apela a la objetividad, se pierde algo o no lo está sabiendo atender. Entiendo que, en ocasiones, es un acto de supervivencia querer que todo sea así, pero yo no estoy ahí.

¿En qué momento el amor deja de ser una promesa y pasa a convertirse en una responsabilidad?

Supongo que cuando dos personas, al establecer un vínculo, generan una especie de expectativas. De forma inconsciente, sin forzarlo, se establecen unas normas. Y esas normas, esas reglas, esas expectativas, conllevan una responsabilidad en todos los sentidos. En cualquier tipo de amor: el maternal, el romántico, la amistad.

Tus novelas conectan profundamente con el público. ¿Te preocupa que se idealice el amor?

Me preocupan las dos cosas, que se idealice el amor y también que se vea como algo negativo, con ese rechazo a lo cursi, a la ilusión o al brillo. Me preocupan los extremos en general.

Me parece triste la visión completamente cínica del amor, porque es una forma cínica de ver también la vida y a uno mismo. Y, por otro lado, ese 'mundo de arcoíris' también genera frustración: cuando todo tiene que ser perfecto y, a la mínima, se rompe porque se espera que siga unas reglas muy rígidas.

Además, últimamente también se ridiculiza mucho. Creo que cada vez se abren más grietas, y eso es incómodo: tener que situarte en un lugar.

La autora viaja en el tiempo en su nuevo libro.

La autora viaja en el tiempo en su nuevo libro. Javier Ocaña

¿Entiendes el amor más como una consecuencia del tiempo o como una experiencia en sí misma?

El tiempo es muy engañoso en los afectos. Un vínculo de muchos años es distinto, pero no necesariamente mejor. Puedes estar tres años con alguien y no sentir tanto, y en un mes con otra persona sentirlo todo.

En la amistad pasa igual: las de la infancia tienen un poso especial, pero no significa que quieras o conectes más que con alguien que has conocido hace menos tiempo. A veces eliges un lugar más maduro y la conexión puede ser más profunda. Todo es muy relativo.

Si El Club del Olvido fuese un recuerdo, ¿sería uno al que volverías o del que intentarías salir?

Volvería mentalmente. Volver está bien, es algo imaginario que puedes hacer de vez en cuando. No creo que haya que mirar siempre hacia delante; la vida es muy escurridiza y se olvidan cosas.

Me gusta ese ejercicio de regresar a mi infancia, incluso a momentos que te irritan, y ver que tú también pensabas o actuabas así. También en la adolescencia, cuando juzgas a alguien de 15 años.

Volver te acerca más. El tiempo a veces se abre sin que lo busques, y estrecharlo a través de los recuerdos me parece importante.

Después de este año, entre cine, televisión y libros, ¿hay algo que aún te dé vértigo?

Sí, todo me da vértigo. Creo que lo más difícil es mantenerse y pensar qué pasará dentro de cinco años. Una de las cosas que más impone es preguntarme si seguiré ilusionándome al imaginar una nueva historia. Ese es el mayor miedo: que de pronto se apaguen la creatividad y las ganas, y acabe haciendo las cosas de forma mecánica. Para una profesión así, me parece algo muy cruel y doloroso.