La periodista, en un posado para Magas.
Sonsoles Ónega: "Los años te dan libertad y te quitan filtros, pero tienes que ser cuidadosa con las palabras"
La escritora, que acaba de publicar Llevará tu nombre, analiza el peso de los galardones y el proceso de su nueva novela.
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La periodista y escritora Sonsoles Ónega vuelve con Llevará tu nombre, una novela que entrelaza historia, intriga y un homenaje a las mujeres que, a lo largo del tiempo, han abierto camino en la literatura y en la sociedad.
Nacida del deseo de explorar la creación, la literatura como refugio y el papel femenino en la historia, surge también de la necesidad de la reinvención personal y de ofrecer una mirada profunda y comprometida que trasciende el tiempo.
Tras el éxito de sus obras anteriores y el impacto mediático que acompañó al Premio Planeta, demuestra con este nuevo título que la disciplina, el método y la pasión por la literatura siguen siendo su sello.
Sonsoles Ónega posa con su nuevo libro.
La novela arranca en el verano de 1882, en Comillas, con el rumor de un cadáver que rompe la calma. ¿Buscabas un detonante que justificara la ruptura de Magdalena y su necesidad de empezar de nuevo?
Sí, quería escribir y construir un personaje que se ve obligado a reinventarse y empezar de cero. Necesitaba un detonante potente que hiciera creíble esa necesidad.
Más que el desprecio de la sociedad, situé el conflicto en la familia. Mada, Magdalena, es expulsada, arrancada de cuajo de su hogar, y creo que no hay nada más doloroso que ser rechazada por quienes deberían protegerte y que eso marque tu vida.
En ese contexto, la familia no es refugio, sino el primer espacio de condena.
Es una familia acomodada, adinerada e ilustrada de finales del siglo XIX, que vive en una villa marcada por el designio real, ya que durante varios veranos fue destino estival del rey Alfonso XII. De no haber sido así, quizá habría sido un pueblo más, hermoso como tantos otros de Cantabria.
Pero Comillas estaba revestida de esa pompa, ese artificio y esa impostura propios de la sociedad de la época, donde no existía clase media: estaban los ricos, los pobres, los nobles… y luego las mujeres.
¿Cómo nace esta novela y qué fue lo que encendió la chispa inicial de la historia?
Pues no lo sé. No hay nada concreto que me haya llevado a Comillas, a Magdalena o a esta historia. En otras novelas sí había un vínculo emocional, como en Las hijas de la criada, que partía de una historia real.
Aquí nace del deseo de escribir sobre alguien que tiene que inventarse de cero, destruido por las circunstancias de su vida, y luego surge la idea de que le cuelguen un asesinato que no ha cometido. Eso es pura imaginación, un proceso casi mágico que no sé muy bien cómo se produce.
A partir de ahí viene el trabajo de siempre: arar la tierra y la página, con documentación, estructura, trama, personajes, diseño del libro y escenarios. Probablemente, esta novela tenga un 99,9 % de trabajo y un 0,1 % de inspiración.
Ha sido la que he afrontado con más disciplina, con método y rutina, porque era la primera que sentía que necesitaba escribir y terminar, para demostrarme a mí misma que podía hacer otra.
Sonsoles recuerda su premio Planeta en la entrevista.
Entiendo que esa necesidad surge tras recibir el Premio Planeta, cuando parte de la conversación pública no se centró en tu perfil profesional, ¿te sentiste de alguna manera juzgada?
Claro, el galardón tiene una potencia brutal. Y más que juzgada, me sentí muy expuesta.
La literatura siempre había sido mi parcela de salvación, esa pequeña tierra en la montaña a la que vas para escapar del mundanal ruido. De repente, fue descubierta por todos y dejó de ser un remanso de paz para quedar bajo el escrutinio público, que supongo que es lo normal.
Yo escribo para que me lean, igual que hago televisión para que me vean. Trabajo para los demás. Era natural que eso ocurriera. Lo que pasa es que la potencia del Planeta es enorme, y la exposición gigantesca.
Con todo, la respuesta de los lectores fue muy positiva.
Sería ingrata e injusta si no les agradeciese lo que han hecho. Porque una novela, por mucha exposición o altavoz que tenga, si no gusta, no hay nada que hacer.
Afortunadamente no fue el caso. El respaldo de los lectores ha sido lo más maravilloso: su confianza, su comprensión y su cariño. Eso no se paga con dinero.
A raíz de todo el bullicio que se generó con el Premio Planeta, ¿consideras que esa polémica fue para ti una herida, una prueba de resistencia o un aprendizaje?
Casi me lo has contestado tú, porque me has marcado las etapas. Primero fue una herida, luego una prueba de resistencia para superarla, y después un maravilloso aprendizaje. Endurecerme “epidérmicamente” me ha servido: todo deja un poso de experiencia que aplicas en cada faceta y parcela de ella.
Probablemente no soy la misma que entra en la tele, ni la que lleva a los niños al colegio, ni la que escucha un diagnóstico médico, ni la que atiende a sus amigas. Y creo que esto me ha permitido madurar, y quizás ya iba siendo hora.
Te ha dado también más seguridad, entonces, tras superar la inseguridad inicial.
Sí, claro, y también perspectiva. Aunque parece que Las hijas de la criada se publicó ayer, han pasado tres años. Mentalmente, para mí ha sido incluso más porque la novela ya estaba terminada mucho antes de su presentación, en junio.
Y luego está la serie... Es como si le hubiésemos dado una segunda vida al libro que tanta polémica levantó.
Sí, ha sido una experiencia maravillosa de la que aprendí mucho. Me confirmó que una adaptación televisiva es un traslado visual, no palabra por palabra: los ritmos y la cadencia de un libro no son los mismos que los de una serie.
La serie está muy trabajada, ha gustado a los espectadores, se ve bien, está íntegra en Atresplayer y permite evadirse del mundanal ruido, de la vecina o de la enfermedad de un familiar.
¿Crees que en España sigue existiendo cierta desconfianza hacia los autores que combinan popularidad con visibilidad?
Bueno, creo que es más mediática que social. Indudablemente habrá de todo: lectores que puedan desconfiar del periodista de televisión, pero no ocurre lo mismo con el de prensa escrita.
Hay que convivir con eso con naturalidad y, sobre todo, con honestidad. No puedo borrarme de lo que soy: soy periodista, hago televisión y trabajo con las palabras, igual que en los libros. Me preocupo por la corrección semántica, ortográfica y léxica, como puedo hacer en la literatura.
Si existe el prejuicio, a mí no me paraliza. Si no, no habría escrito.
La escritora cuida al máximo su imagen.
Como periodista trabajas con hechos, y como novelista con posibilidades, al menos eso me parece. ¿Qué te permite la ficción que el periodismo no te concede?
La ficción te da opciones. La literatura te permite corregir situaciones de la vida ordinaria, desnudar dolores para aprender a manejarlos y, en cierto modo, a curarlos. Te permite mostrar lo que nos pasa en la vida cotidiana con toda su dureza y, a través de los personajes, ofrecer posibilidades de remedio.
La literatura es balsámica; para mí lo ha sido, tanto desde la visión de creadora como desde la de lectora. Es un analgésico tan poderoso que me da pena que no se prescriba más en las consultas de los médicos de cabecera. Sería bueno.
Hoy en día, una crónica puede arruinarse en redes sociales en un minuto. ¿Crees que ha cambiado el poder, la velocidad y la capacidad de mover a la sociedad?
Desde luego. Vivimos un momento delicadísimo, en el que es muy fácil manipular al ciudadano. La información no contrastada llega al teléfono móvil, a un espacio íntimo donde sólo la ve el ciudadano, sin posibilidad de verificación. Eso me parece peligrosísimo.
Además, la abundancia de información genera desinformación. Nuestros cerebros se están formando cada vez más por consumo rápido, sintético, superficial y sin análisis, y eso produce ciudadanos mal informados, poco reflexivos.
Ya vemos en algunos países cómo esa situación favorece líderes extremistas que ofrecen soluciones simples, sin detenerse en la complejidad real del mundo, que existe y es enorme.
¿Te parece que hoy las mujeres, cuando ocupan un espacio público, siguen pagando un peaje?
Sí, porque todavía nos cuesta ocupar esos lugares. Estamos en un momento de cierto desafecto por el poder; ha dejado de resultar atractivo para las mujeres por muchos motivos, uno de ellos es que estamos agotadas de trabajar. Incluso siendo vicepresidenta no se está tan mal… y eso también es peligroso.
Claro que seguimos pagando un precio más alto, empezando por el juicio sobre nuestra estética, algo que no se exige a los hombres. Por ejemplo, hoy he perdido una hora en arreglarme antes de venir, porque debo proyectar una imagen correcta. Lo hago asumiendo las reglas del juego.
Vivimos en un momento en que la imagen importa, a mí me gusta cuidarla y proyectar corrección. Es un coste que asumo como parte de mi desempeño profesional, y llegará el día en que quizá decidamos pasar de todo, pero hoy lo acepto como una servidumbre más.
Después de todo lo vivido estos años, ¿te sientes más libre o más consciente del coste de cada palabra?
Los años te dan libertad, sí. Te quitan muchos filtros y te ayudan a relativizar, que me parece fundamental y una de las claves de la felicidad. También permiten despojarse de la velocidad a la que va el mundo.
Más libertad, sin duda, pero también más conciencia del peso y la relevancia de lo que dices. Tienes que ser más cuidadosa con tus palabras.
¿Hay algo que no estarías dispuesta a sacrificar, ni por el éxito, ni por la visibilidad, ni por el poder?
Sí, he llegado a mi límite de entrega. Ya está bien. Trabajo también los fines de semana, pero hay un punto que no voy a sobrepasar.
Hablando de Magdalena: cuando llega a Madrid, el tema de la escritura es muy importante para ella. ¿Qué tipo de escritora querías mostrar con este personaje?
Magdalena es escritora en todos los sentidos. No buscaba mostrar rabia o culpa, sino cómo descubre que la literatura y la creación son su único refugio seguro. Probablemente haya algo de autobiográfico, porque para mí lo ha sido. Siempre que algo me ha dolido, en momentos de oscuridad, la literatura ha estado ahí: a mi alcance como creadora y como lectora.
En ese sentido, lo que he querido trasladar con el personaje es precisamente eso: el refugio que hay en las letras.
Mencionas a Emilia Pardo Bazán, también a Faustina Sáez de Melgar, pero hay muchas otras de las que tenemos una versión muy reducida. ¿Deberíamos cambiar ese discurso académico?
Sí, empezando por los libros de la escuela. En los coles probablemente sólo nos hablaron de Rosalía de Castro o de Emilia Pardo Bazán, y muy poco más. Habría que revisar los libros escolares para incluir a todas las mujeres que hicieron cosas extraordinarias por la literatura.
A mí me ha gustado mucho descubrir otras autoras de las que no teníamos ni idea, que escribían en aquella época con mucho dolor, sufrimiento y penurias. Emilia Pardo Bazán era rica y tenía acceso a la cultura, pero hubo muchas otras que no, y que igualmente intentaron abrir camino en la creación literaria, al mismo nivel que los hombres.
El libro, en parte, es también un homenaje a todas esas mujeres que, o bien nunca fueron célebres, o bien escribieron con el nombre de sus maridos o con seudónimos masculinos.
La periodista confiesa estar bastante satisfecha de su novela.
En realidad, tu libro, Llevará tu nombre, es un homenaje a todas ellas.
Es así. Todas las mujeres pueden llevar su nombre, y no hace falta remontarse al siglo XIX: se lo puedo decir a cualquiera de mi entorno, a cualquier madre del cole, a una compañera, en la tele o en la vida diaria. Tenemos que empezar a marcar nuestro paso por la vida con esa fuerza.
Después de todo este esfuerzo, ¿cómo te sientes ahora?
Muy bien, bastante satisfecha con el resultado. Siempre pensamos que la mejor novela no ha llegado, que la última es la mejor. Probablemente todavía pueda haber otra que la supere, pero estoy orgullosa de mí misma por haberlo conseguido y de haber vuelto a hacer compatibles mis dos pasiones, la televisión y la literatura, sin descuidar lo más bonito de mi vida, que es mi familia.
Por primera vez puedo decir: lo he logrado, y esa sensación me consuela bastante.
Has ganado también el Premio Fernando Lara.
Nunca he escrito pensando en ello. Siempre lo he hecho sin miedo. Aquí, quizá había algo de temor: mientras araba la tierra de la historia, te preguntas “¿y si no funciona?”, “¡ay, qué miedo!”, pero al final ha salido razonablemente bien.
He tardado menos en escribir y he experimentado otra forma de hacerlo. Como me decía Juan Eslava: “Escribe la historia, ya la adornarás después”.
Nunca me ha costado, ni he sufrido el bloqueo del escritor. Esta novela se ha creado así: con velocidad y luego refinando, y hoy es el día de empezar a cosechar.
Ojalá tenga el éxito que merece.
Gracias. Por todo lo que mueve un libro: la ilusión de tantas personas que han trabajado en él, la industria detrás, la cantidad de gente que ha depositado su energía.