La psicóloga, en un posado cedido.
La psicóloga Lorena Gascón habla claro sobre el duelo: "El tiempo no cura una mierda sino que te curas tú"
Con más de 600.000 seguidores en Instagram, ha publicado Cómo sobrevivir a las putadas de la vida donde afronta la pérdida con sinceridad y cercanía.
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Lorena Gascón, conocida en redes como @lapsicologajaputa, es una psicóloga clínica y divulgadora que ha logrado acercar su disciplina a miles de personas gracias a su estilo directo, honesto y con un toque de humor.
Con más de 655.000 seguidores en Instagram, combina claridad y cercanía para hablar de temas difíciles como el duelo, las pérdidas y la gestión emocional sin suavizarlos.
Su libro Cómo sobrevivir a las putadas de la vida refleja esa misma filosofía: ofrece herramientas y reflexiones prácticas para afrontar los golpes de manera sincera, integrando el dolor y aprendiendo a seguir adelante.
¿Funciona llamar a las cosas por su nombre y enfrentarlas tal como son, aunque duela?
Creo que es mejor decirlas a lo bruto y, a veces también dejando ver lo graves que son, que adornarlas. Yo prefiero ser clara y no maquillar las cosas.
¿El tiempo solo ayuda a tomar perspectiva, pero no basta para sanar?
Efectivamente, te permite tomar distancia, pero si no haces nada más que dejarlo correr, puedes pasar diez años como si fuera uno, o incluso vivir toda la vida con el trauma a no ser que vayas a terapia. Así que sí, el tiempo puede facilitar una mirada más amplia, pero por sí solo no sana.
Lorena Gascón afirma que prefiere ser clara y no maquillar las cosas, algo que plasma en su libro. Cedida
En tu libro hablas de las tareas del duelo de Worden. ¿Cómo funcionan y cómo ayudan a atravesarlo?
La teoría de Kübler-Ross plantea cinco fases, pero Worden propone que podemos hacer algo más que pasar por ellas. Para él, hay cuatro tareas: aceptar la realidad de la pérdida y que es irreversible; elaborar el dolor permitiendo que aparezcan las emociones; adaptarnos a un mundo sin aquello que hemos perdido; y reconstruirnos manteniendo un vínculo pero también abriéndonos a nuevas experiencias. Todas ellas ayudan a integrar la pérdida de una manera más activa.
Cuando se pierde a alguien cercano, ¿cómo se vive realmente este proceso y de qué manera se manejan los roles y recuerdos?
Al principio solemos huir, hacer como si nada hubiera pasado o quedarnos en el ayer, y eso incluso puede ayudarnos. Antes se veía como “no hacer bien el duelo”, pero ahora sabemos que también necesitamos momentos de evasión o de desahogo.
Cada persona lo experimenta de manera distinta, incluso dentro de una misma familia. No es fácil, porque nuestra cultura no nos enseña a acompañar el malestar, y a menudo escuchamos frases como “ya deberías haberlo superado” o “tú eres fuerte”, que pueden tener buena intención, pero no ayudan.
Tu libro tiene un aire gamberro, irreverente, casi inhumano. ¿Crees que eso es necesario para tratar un tema tan doloroso?
No creo que sea necesario; hay libros muy buenos sobre duelo, pero a mí me gusta más este estilo. Creo que con humor todo entra mejor. Hay textos que leen como si fueran una paliza: aprendes cosas y las vas procesando, pero es pesado. Con este enfoque quería que fuera más como si te lo contara una amiga divertida. Creo que ayuda a que el tema sea más accesible.
Tratas de desmitificar ideas como que el duelo tiene un final. ¿Qué nos aporta aferrarnos a esas creencias, cuál te parece la más equivocada y por qué seguimos manteniéndolas?
Muchos mitos persisten por la cultura, los medios y lo que nos transmiten nuestros padres. Antes de ser psicóloga yo misma creía que solo existían las cinco fases y que un duelo de más de un año era “patológico”, como si todos lo viviéramos igual.
Son ideas simplificadas que se entienden rápido, pero pueden hacer que la gente sienta que lo está haciendo mal si no sigue un orden lineal, cuando en realidad no lo hay. Kübler-Ross aclaró que las fases no eran rígidas, pero se comercializó como si lo fueran. Y, al final, cuando alguien pierde a una persona o algo querido, le importa poco todo este debate teórico.
¿En qué momento es necesario que una persona acuda al psicólogo durante un duelo?
La mayoría se recupera sin ayuda profesional, quizá porque tiene recursos o apoyos suficientes. Pedir ayuda psicológica siempre está bien. Recomiendo acudir cuando, tras varios años, la persona sigue viviendo en el pasado, mantiene la casa igual, espera que vuelva, o no ha asumido sus roles.
Integrar la pérdida implica conservar el vínculo, pero también reconectarse con el presente, volver a hacer cosas, ilusionarse o recuperar planes. Si después de mucho tiempo sigue estancada, es momento de buscar ayuda. También si recurre al alcohol para no sentir, se aísla por completo o no logra relacionarse; un aislamiento inicial es normal, pero si persiste, deja de ser sano.
¿Qué opinas sobre la ayuda a través de los fármacos?
Los estudios muestran que la mejor manera de abordar un duelo grave es combinando psicoterapia y, cuando es necesario, medicamentos. En la práctica, muchas personas acuden primero al psiquiatra antes que al psicólogo, y algunos problemas que podrían resolverse con terapia se tratan directamente con fármacos.
Sin embargo, en casos graves, pueden ser muy útiles. Como profesionales no podemos medicar directamente, pero sí preguntamos a los pacientes desde cuándo los toman, qué efectos tienen y revisamos si ciertos síntomas pueden estar relacionados con la medicación. Nunca les decimos que dejen de tomarlos, pero podemos evaluar su impacto.
¿Qué se le puede decir a alguien que acaba de perder a un ser querido?
Lo más importante es acompañar, escuchar y permitir que la persona exprese su dolor sin juzgarlo ni intentar solucionarlo. No hay palabras mágicas que arreglen la pérdida; a veces basta con estar, sostener y mostrar cercanía. Cada persona vive el duelo a su manera, y lo esencial es ofrecer contención y respeto, no consejos apresurados.
En tu propio caso, ¿cómo ha cambiado tu manera de comunicar desde que pasaste de unos pocos miles de seguidores a 655.000?
Muchísimo. No podía comunicar lo mismo con 5.000 seguidores que ahora. Cuando se me viralizó el primer post —'Por qué tu gato se quiere más que tú'—, me di cuenta de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Empecé a crear contenido que hiciera reír, pero también que enseñara algo.
Al principio era simplemente 'cabrona': soltaba un zasca y me iba. Abrí la cuenta para reírme con mis amigas, no con el fin de divulgar. Publicaba frases como 'Tinder no va a arreglar 40 años de carencias emocionales'. Te ríes, pero no aprendes nada. Ahora, sabiendo que puedo llegar a mucha más gente, intento usar el humor y la claridad para ayudar de verdad a las personas.
¿Cómo gestionas las consultas que te llegan? ¿Te escriben por Instagram y respondes enseguida, o te tomas tiempo para reflexionar antes de contestar?
El problema es que, si no contesto rápido, los mensajes que me mandan por Instagram se pierden entre cientos más. Por eso contesto al instante cuando considero que realmente debo hacerlo. Hay consultas que sí puedo responder, pero otras entran ya en terreno de terapia y no son adecuadas para tratarlas por redes sociales.
Entre las pérdidas que mencionas en tu libro —materiales, relacionales, de expectativas, de salud o de un ser querido—, ¿cuál ha sido para ti la más difícil de mirar sin autoengaños?
Tengo la suerte de no haber vivido aún la falta de un ser querido muy cercano, pero sí he pasado por la de animales, y eso para mí ha sido muy duro. También he tenido que enfrentar el diagnóstico de una enfermedad grave en familiares cercanos. Por suerte están bien, pero ese proceso fue igualmente complicado.
¿Qué emoción aprendiste a permitirte gracias a las mismas herramientas con las que trabajas con tus pacientes?
La tristeza y el enfado. Yo crecí creyendo que llorar era ser débil y que enfadarse estaba mal. Y claro, también es verdad que mi manera de enojarme antes era muy descontrolada, así que lo veía como algo negativo. Pero cuando aprendí a canalizarlo, empecé a verlo como algo buenísimo: un aviso, un límite. Eso sí, requiere terapia, autoconocimiento y práctica. Y aun así tengo mis momentos, porque soy humana.
Hay tareas que propones a tus pacientes o seguidores que, en el fondo, a ti también te resultan difíciles. ¿Hay alguna cosa que sientas que no podrías hacer?
Depende. Una de las más difíciles es la carta de despedida que muchos psicólogos sugerimos cuando alguien pierde a un ser querido o a un animal. Escribirle a quien ya no está. No le digo a un paciente que la haga a un mes, a dos o a seis, porque cada persona necesita su tiempo, y a mí también me costaría.
Si perdiera a mi gato, sería durísimo escribir esa misiva. Podría hacerlo, pero solo después de llorar mucho, hablarlo con la gente que quiero y enfrentarme varias veces al vacío que deja la pérdida.
¿Qué parte del libro sientes que escribiste más para ti que para los demás?
Todas, porque me hablo todo el rato. Si tuviera que elegir, diría el tema de que el tiempo no cura una mierda sino que te curas tú cuando puedes afrontar tus heridas. Me gusta porque desmonta la idea de que el tiempo lo arregla todo y te recuerda que sí hay cosas que puedes hacer.
¿Qué “putada” te parece más difícil de sobrevivir?
La pérdida de un hijo, sin duda. Tanto si es perinatal como si ya tenía 15, 20 o incluso 30 años. Lo he acompañado en consulta y es extremadamente difícil. Cuesta muchísimo tiempo poder avanzar poco a poco… en realidad, toda la vida.
Y para cerrar, ¿por qué 'la psicólogajaputa'?
Porque jamás pensé que llegaría donde estoy. Me hice la cuenta para reírme con mis amigas y quise un nombre que dejara claro que iba a decir tacos, bromear y hablar directa, en plan ‘zasca’. Así que dije: pues ya está, me pongo este.
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