Laura Gómez, profesora.

Laura Gómez, profesora.

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Laura, profesora: "Tengo que hacer 10 exámenes distintos: uno normal, otro para los que tienen dislexia, disortografía..."

Cada vez más profesores en España se enfrentan a aulas con una diversidad creciente, apoyos insuficientes y una burocracia que se multiplica.

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El número de alumnos con necesidades especiales en España ha crecido un 75% en seis años. Actualmente, hay más de un millón de estudiantes que requieren apoyos específicos y atenciones educativas adicionales debido a una discapacidad, trastorno de conducta, de comunicación, o por otras condiciones como altas capacidades intelectuales.

Las cifras son alarmantes; sin embargo, más alarmante es saber que los recursos no han crecido al mismo ritmo. Según un informe de Comisiones Obreras, harían falta 32.000 especialistas más para atender a todos los alumnos con necesidades especiales: mientras los medios han crecido un 25%, el número de alumnos lo ha hecho un 75%.

La brecha entre las necesidades reales y los recursos disponibles se percibe con claridad en las aulas. Allí, profesores como Laura Gómez, docente de matemáticas en un instituto público de la localidad murciana de Mula, sienten cada día la presión de intentar llegar a todo sin poder hacerlo, "es imposible".

Las necesidades especiales y la falta de recursos

Aunque las cifras parecen mostrar un aumento sin precedentes del alumnado con necesidades educativas especiales, los expertos señalan que lo que realmente ha crecido es su diagnóstico y visibilidad.

La educación inclusiva, el mayor acceso a la información y a los recursos, así como una mayor concienciación social, han permitido identificar a más estudiantes con dislexia, TDAH, autismo u otras condiciones que antes pasaban inadvertidas.

Esta realidad más visible, que es, en realidad, muy beneficiosa para los alumnos con necesidades especiales, se ha convertido en una pesadilla para los profesores que tienen que enfrentarse a la situación con escasos recursos para atender a todos.

Para Laura, profesora murciana, cada clase es un desafío. En apenas 55 minutos debe impartir la materia, atender las dudas generales, detectar las dificultades de aprendizaje y, al mismo tiempo, adaptarse a las necesidades específicas de varios alumnos.

A pesar de que los docentes quieran responder a esta diversidad, la realidad es que muchas veces carecen no solo de los recursos necesarios, sino también de la formación para entenderlas y tratarlas.

Los profesores de Secundaria proceden de carreras universitarias centradas en sus especialidades —matemáticas, lengua, biología—, no en la atención a la diversidad.

"Recibimos algunas pinceladas sobre este tema en el máster de formación del profesorado, pero se nos escapan muchísimas cosas porque no es nuestra especialidad", admite la profesora. La falta de formación específica, unida a la sobrecarga de trabajo, convierte cada jornada en una prueba de resistencia.

Esa tensión se agrava cuando surge una situación inesperada. Laura pone un ejemplo: una crisis de un alumno con autismo en plena clase. "Debes atenderle de inmediato, contener la situación, ayudarle… pero eso significa que el resto de la clase se queda sin atención. Por atender a unos, dejas a otros, y eso puede provocar frustración", lamenta.

Para ella, la diversidad en el aula es un valor, pero advierte de que sin los apoyos necesarios se convierte en un peso que perjudica a todos. "La diversidad es buena, pero no de esta forma. Al final están saliendo perjudicados todos los alumnos", insiste.

Sin embargo, no son solo ellos quienes sufren las consecuencias, sino que su propio trabajo se ve perjudicado. Mientras que las clases se focalizan en llegar a cada uno de los alumnos, en casa las tareas se duplican. Uno de los ejemplos más claros son los exámenes.

@laurimathteacher

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De acuerdo con la profesora, para un mismo curso tiene que hacer malabares con los exámenes. En teoría, debería bastar con dos modelos distintos. En la práctica, existen diferentes grupos dentro de una misma clase que requieren unas necesidades u otras.

"En tercero de la E.S.O., como tengo dos grupos, tengo que hacer dos exámenes distintos. Porque encima los tengo en dos días diferentes, así que no me vale el mismo examen", explica Gómez. Para los que se examinan después sería fácil conocer las preguntas.

Sin embargo, esto no es suficiente, sino que "dentro de cada uno de los grupos de tercero de la ESO tengo que hacer el examen normal, el examen adaptado para los que tienen dislexia y disortografía", explica esta experta.

Mientras que la dislexia es un trastorno del aprendizaje específico que se caracteriza por dificultades en la lectura, la escritura y la ortografía, la disortografía afecta la capacidad de escribir correctamente y de transcribir el lenguaje hablado a escrito.

Las adaptaciones implican modificar el tamaño y el espaciado de las letras, cambiar la disposición de los ejercicios o incluso rediseñar completamente la prueba para alumnos que no pueden escribir.

"Cada número tiene su cuadro, hay que armar una cuadrícula especial para que la niña pueda hacer el examen. Todo para que mi alumna pueda hacerlo bien", explica Laura.

"Todo esto estoy hablando solo de una clase. Lo mismo con el otro grupo de tercero. Llevo siete tipos de examen y luego para segundo, lo mismo. Tengo también mucha diversidad", señala la maestra. "Tengo que hacer ahora diez exámenes diferentes".

Su caso no es una excepción. Cada vez más profesores en España se enfrentan a la misma situación: aulas con una diversidad creciente, apoyos insuficientes y una burocracia que se multiplica. El resultado es un profesorado desbordado y un alumnado que, pese a los esfuerzos de todos, no recibe la atención que merece.