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El 15 de junio, estaba llamado a ser uno de los días más felices para Maritza Helen Flores Villanueva. Tras un año lejos de su familia en Perú, por fin volvería a tener a uno de sus hijos entre los brazos. Pero ese reencuentro nunca llegó: fue asesinada por su pareja horas antes de que este aterrizara en A Coruña.

Cualquiera que la conociera sabía que su único sueño era traerse a sus cinco hijos a España. "Todo lo que hacía era por ellos", cuenta su amiga Érika. Y ya casi lo había conseguido. El de 29 años estaba de camino a la ciudad. Pronto emprenderían una vida juntos, lejos de su maltratador.

Era el impulso que necesitaba para separarse de su marido, con el que se había casado hacía tan solo un mes y con el que vivía un infierno constante: "La amenazaba, la golpeaba, le tenía retenido el pasaporte...", indica Érika, que vivió un sinfín de situaciones a su lado. Pero cuando estaba más cerca de escapar, este le arrebató la vida.

La madrugada del domingo del 15 de junio, el 112 recibió la llamada de un particular informando de que un hombre acababa de apuñalar a su mujer. El marido de Maritza, de 61 años, peruano con nacionalidad española, había telefoneado a un familiar para contarle que había matado a su pareja. Este no dudó en dar aviso a las autoridades.

Sobre las 7:00 horas de la mañana, los servicios de emergencias llegaron al número 3 de la calle San Isidoro, en el barrio coruñés de la Sagrada Familia, aunque ya no pudieron hacer nada. Maritza moría a sus 49 años a manos de su pareja, con el que tan solo llevaba un mes casada.

En el barrio no se supo nada hasta bien entradas las 9:30 horas. Ningún vecino escuchó nada. Ni siquiera vieron cuando la policía se llevaba al agresor detenido, quien a día de hoy se encuentra entre rejas esperando a que se celebre el juicio.

Figuraba en el sistema VioGén

Antes de su muerte, Maritza ya había dado pasos para romper con el ciclo de violencia. La mujer figuraba en el Sistema de Seguimiento Integral de los casos de Violencia de Género (VioGén), pero no existía una orden de alejamiento en vigor.

Su entorno más cercano sabía que ese domingo era el punto de inflexión: su hijo llegaba, ella tenía los papeles casi listos y el trabajo asegurado. Todo parecía alineado para empezar de nuevo. "Tenía apalabrado un puesto de camarera en un bar de la zona. Ya había hablado con los dueños y empezaría pronto", cuenta su amiga.

Pero unas cuantas horas antes de que todo esto sucediera, ese domingo a las 6:00 horas de la mañana, su marido le quitaba la vida a puñaladas en la habitación de su casa.

Morriña a su tierra, Perú

Cualquiera que la conociera coincidía en lo mismo: era una persona muy alegre. Siempre con una sonrisa en la boca. Le encantaba recordar su vida en Perú y todo lo que tenía lo compartía con los demás.

Su hijo se enteró de la tragedia nada más aterrizar. Fue él quien tuvo que ir a reconocer el cadáver de su madre, sin poder despedirse siquiera.

Meses atrás, Maritza le había confesado a Érika lo que pasaba en casa. "La tenía amenazada, no le daba ni teléfono, ni papeles, ni libertad. Le tenía hasta el pasaporte retenido. Maritza no conocía a nadie más aquí. Solo me encontró a mí", explica esta amiga de la infancia con la que se reencontró en A Coruña después de años.

"Nos conocíamos desde los 14, pero luego yo me vine a España y ella se quedó. Un día, saliendo del Gadis, la reconocí. Iba con ese hombre", recuerda con rabia. "La encontré muy asustada. Fue a mi casa al día siguiente y me contó que estaba siendo maltratada".

A partir de entonces, Maritza empezó a conocer a más gente del barrio. "Aquí en la Sagrada Familia y por el Agra del Orzán hay muchos sitios peruanos. Empezó a hacer amistades y parecía que él era más permisivo con ella", dice Érika, refiriéndose al agresor.

Lo dio todo por sus hijos

Durante semanas, su amiga la acompañó en cada paso: al hospital, a empadronarse, a pedir ayuda. "Yo le decía: 'sepárate', pero ella quería traer a sus hijos. Me decía: 'voy a hacer este sacrificio por ellos'", recuerda con tristeza.

Maritza necesitaba la nacionalidad para poder trabajar, lo que la impulsó a casarse con su maltratador. "Yo intentaba no meterme demasiado, él empezó a mirarme mal, como si le molestara que ayudara a Maritza", añade Érika.

Y un mes después de la celebración del enlace, apareció muerta en el piso en el que vivía con su marido.

Los últimos meses de Maritza fueron una lucha silenciosa por recuperar su libertad y reunir a su familia. Una lucha que terminó demasiado pronto.

Su familia, al otro lado del charco, todavía la llora y pide justicia. Maritza ahora yace en A Coruña. Por motivos de la investigación, no pudieron repatriar su cuerpo. Es la víctima número 14 de violencia de género en lo que va de año en España.