Ilustración de Murasaki Shikibu componiendo 'Genji Monogatari' (La historia de Genji) de Tosa Mitsuoki (1617-1691).
Así fue Murasaki Shikibu, la dama de la corte japonesa que inventó la novela 500 años antes que Cervantes
Sin saberlo, revolucionó el género literario con una estructura extensa y refinada, con una sensibilidad y un desarrollo narrativo sorprendentes.
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En el refinado y hermético Japón del período Heian, una mujer desafió las normas de su tiempo para escribir La historia de Genji.
Considerada la primera novela de la historia, su obra no sólo retrató las aventuras amorosas del protagonista con un detalle nunca antes visto, sino que otorgó una voz eterna a las mujeres silenciadas de la aristocracia nipona.
Siglos antes de que Shakespeare escribiera Hamlet o de que El Quijote de Cervantes recorriera La Mancha, en el corazón de Kioto, una mujer a la que se conoce como Murasaki Shikibu escondía una inteligencia prodigiosa que logró florecer en un mundo diseñado para mantener a las féminas en la sombra.
La cortesana nació en torno al año 978. En plena época Heian, Murasaki pertenecía a una rama menor de la influyente familia Fujiwara.
En un momento donde el aprendizaje del chino —el idioma de la administración y la alta cultura— estaba reservado exclusivamente a los hombres, la escritora aprendía escuchando a escondidas las lecciones que su padre impartía a su hermano.
Esa formación "clandestina" en los clásicos, sumada a su dominio del kana (la escritura japonesa silábica asociada entonces a lo femenino), le permitió desarrollar un estilo literario único: una mezcla de rigor intelectual y sensibilidad poética que nadie había logrado hasta entonces.
La vida de la japonesa estuvo marcada por la pérdida.
Contrajo un breve pero feliz matrimonio con Fujiwara-no-Nobutaka, un pariente mucho mayor que ella con el que tuvo dos hijas: Katako, conocida en literatura con el nombre de Daini-no-sammi, y Benno-tsubone.
La japonesa quedó viuda en el año 1001, debido a una epidemia. Su esposo enfermó y no logró recuperarse. En medio de ese profundo duelo, y mientras se encargaba de la educación de sus pequeñas, fue cuando comenzó a escribir Genji Monogatari (La historia de Genji).
Estatua de Murasaki Shikibu sosteniendo el manuscrito de 'Genji Monogatari' en Kioto, Japón. iStock
Lo que empezó como una terapia para sí misma y un entretenimiento para las damas de su círculo se convirtió en una obra monumental de 54 capítulos y cientos de personajes. En ella, narra la vida del Príncipe Radiante, un hijo ilegítimo de un emperador, pero el verdadero valor de la obra no reside en sus aventuras amorosas, sino en su profundidad psicológica.
Por primera vez en la historia, una narración exploraba los sentimientos más íntimos, las contradicciones morales y la soledad de sus protagonistas, elementos que definen lo que hoy conocemos como novela moderna.
La fama de su relato llegó a oídos del hombre más poderoso de Japón, quien la llamó para que fuese dama de compañía de la joven emperatriz Shōshi. Allí, Murasaki se encontró en un nido de intrigas, protocolos asfixiantes y rivalidades intelectuales.
En la corte coincidió con otra gran escritora, Sei Shōnagon (autora de El libro de la almohada). A través del diario personal de Murasaki, que ha llegado hasta nuestros días, conocemos su carácter observador y algo melancólico.
Aunque criticaba la arrogancia de su rival, ambas formaron parte de una explosión literaria femenina sin precedentes. En un entorno donde las mujeres vivían tras las sombras, Murasaki utilizaba su pluma para hacerse eco de la voz acallada de las mujeres de su época, convirtiendo su literatura en un refugio contra la realidad silenciada de la corte.
La escritora falleció hacia el año 1014, pero su rastro nunca se borró. Su obra es hoy la cumbre de las letras japonesas y un pilar de la literatura universal.
Fue ella quien introdujo esa sensibilidad ante lo efímero de la belleza y de la vida que sigue siendo el corazón de la estética nipona.
Comparada por la crítica con Homero por su magnitud, o con Proust por su introspección, demostró que la novela no nació en la Europa del Siglo de Oro, sino en los aposentos de una dama japonesa que se atrevió a estudiar lo que le estaba prohibido.
Hoy, su figura no sólo es recordada por su genio literario, sino como el símbolo de una valentía silenciosa que, a través de la ficción, logró conquistar la eternidad.