Rosalind Franklin. Clara Moreno Gaspar
Rosalind Franklin, la científica que capturó por primera vez una imagen del ADN y a la que 'robaron' su Premio Nobel
A pesar de enfrentarse a un sistema que la relegó a la sombra, su Fotografía 51 cambió el curso de la biología para siempre.
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La historia de la ciencia suele escribirse con los nombres de los que subieron al podio, pero a veces, la verdadera genialidad reside en quien sostuvo la cámara en la oscuridad.
El 25 de julio de 1920, en el barrio londinense de Notting Hill, nació Rosalind Franklin, una niña que creció leyendo a Albert Einstein e Isaac Newton y que muy pronto decidió que su vida estaría ligada a la investigación y a los laboratorios, no al salón de té.
Con apenas 18 años ingresó en la Universidad de Cambridge para estudiar química, desafiando las expectativas de su propio padre, que imaginaba para ella un destino más convencional. Fue una tía paterna quien, percibiendo su talento, costeó sus estudios hasta que el progenitor, ya rendido ante la evidencia, asumió por fin la formación de aquella hija tan poco dispuesta a obedecer los roles impuestos.
En 1941 terminó sus estudios universitarios y obtuvo una beca para realizar el doctorado, pero su tesis se vio interrumpida por la Segunda Guerra Mundial. Lejos de apartarla de la ciencia, el conflicto bélico la empujó a una investigación de enorme utilidad práctica: la Asociación Británica para la Utilización del Carbón le ofreció trabajar en el estudio de la composición de este combustible fósil.
De ese análisis salieron resultados cruciales para la industria británica y, al mismo tiempo, la base sólida que le permitió defender su proyecto doctoral en 1946, cuando las sirenas antiaéreas ya se habían silenciado.
El siguiente gran capítulo de su carrera comenzó en 1947, en París, bajo la dirección de Jacques Méring, en el Laboratorio Central de Servicios Químicos del Estado. Allí se adentró en el mundo de la difracción de rayos X y perfeccionó la técnica hasta convertirse en una verdadera especialista.
Tenía 27 años y, por primera vez, encontró un entorno de trabajo cercano, amable y mucho menos hostil hacia las mujeres. En aquella ciudad descubrió no sólo la belleza de la física cristalina, sino también el placer de los viajes, la cultura francesa y unos paisajes que le daban un respiro frente a la dureza de la disciplina científica.
En 1951 regresó a Londres, gracias a una beca en el Laboratorio de Biofísica del King’s College. Sus conocimientos en cristalografía hicieron que el director le confiara una misión decisiva: estudiar la estructura molecular del ADN, un misterio que aún nadie había resuelto.
Para la científica no era desconocido el hecho de que en el King's College no sería destacada como la brillante investigadora que era, ya que se seguía cuidando la tradición machista de superponer al hombre.
Rosalind Franklin con su microscopio en 1955.
Esta situación no fue un impedimento para Rosalind; mejoró los equipos que tenía a su disposición para realizar la investigación hasta obtener el máximo potencial de los mismos.
En 1952, con el apoyo de su estudiante de doctorado Raymond Gosling logró la fotografía más nítida conseguida hasta ese momento de la estructura del ADN, la cual dio como resultado la forma de doble hélice con la que se le conoce a esta molécula actualmente.
En noviembre de ese mismo año, Rosalind presentó sus conclusiones en una charla interna ante sus colegas del laboratorio. Entre el público se encontraban James Watson y Francis Crick, investigadores del Laboratorio Cavendish, en Cambridge, invitados por Maurice Wilkins, compañero de Franklin en el King’s.
Ellos también competían por desentrañar la configuración del ADN, pero no contaban con una evidencia experimental tan contundente como la que la joven había conseguido.
Un tiempo después, Watson y Crick obtuvieron, a través del propio Wilkins, varias de las imágenes tomadas por Franklin, entre ellas la Fotografía 51. Con esa prueba en sus manos, se adelantaron en la carrera y publicaron el modelo de la doble hélice en la revista Nature.
Aquel artículo les valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina y convirtió sus apellidos en sinónimo de descubrimiento, mientras el nombre de Rosalind apenas aparecía mencionado de pasada, como si su trabajo hubiese sido un simple pie de imagen.
Decepcionada por el ambiente hostil y por la falta de reconocimiento, la científica abandonó el King’s College y se trasladó al Birkbeck College, también en Londres. Allí dio un giro a sus investigaciones: dejó a un lado el ADN y se centró en el estudio de virus —entre ellos los virus del mosaico del tabaco y de la polio—, aplicando de nuevo la difracción de rayos X para descifrar sus estructuras.
Sus aportaciones también resultaron fundamentales para la virología moderna, aunque su nombre tardó décadas en sumarse al relato oficial.
En 1956, durante un viaje de trabajo a Estados Unidos, enfermó gravemente. El diagnóstico fue cáncer de ovario, muy probablemente relacionado con los años de exposición a radiación en los laboratorios, cuando las medidas de protección estaban lejos de los estándares actuales.
Rosalind Franklin luchó durante dos años contra la enfermedad, sin interrumpir del todo su actividad científica, hasta que murió en 1958, con solo 37.
Se fue en silencio, sin Nobel ni discursos, sin saber que su figura acabaría convertida en un símbolo global de la justicia pendiente en la ciencia. Hoy su mirada a través del cristal y sus placas de rayos X siguen iluminando el trabajo de quienes intentan entender el código genético.
Mientras los nombres de Watson y Crick continúan en los libros de texto, la historia empieza por fin a escribir también el suyo.