Meryl Streep y Anne Hathaway en el estreno de Londres.

Meryl Streep y Anne Hathaway en el estreno de Londres. Reuters

Moda

Anne Hathaway y Meryl Streep se 'coronan' con sus looks de promoción... y no han vestido sólo de Prada

Más allá de la alfombra roja, ambas actrices transforman sus apariciones en una performance constante.

Más información: De Anna Wintour a Chanel: la selección definitiva de obras que podrás comprar en el Día del Libro y disfrutar esta primavera

Publicada

El 20 de abril de 2026, en Nueva York, la première de El diablo viste de Prada 2 fue mucho más allá de un simple photocall. Desde su llegada, Anne Hathaway y Meryl Streep instauraron una tensión familiar, casi escenificada, como si sus personajes nunca hubieran abandonado la pantalla.

La encargada de interpretar a Miranda Priestly marcó el tono desde el inicio. Tras sus gafas oversize, observaba más de lo que mira. Sus gestos eran mínimos, precisos, casi calculados.

Un leve movimiento de cabeza, un silencio prolongado y una expresión imperturbable ante los fotógrafos: todo remitía a la directora de Runway. Más que un homenaje, era una encarnación.

A su lado, Anne Hathaway adoptó una actitud más sutil. Su mirada captaba la del público y luego se desvíaba. Sus sonrisas eran contenidas, a veces medidas, como si respondieran a una autoridad invisible.

En su postura, una nueva forma de control: Andy Sachs ya no se ve intimidada, construye su propio espacio.

El diálogo entre ambas se generaba sin palabras. Se daba una cercanía controlada y hay una distancia que nunca terminaba de romperse. Reproducían una dinámica conocida, pero que ahora se ha transformado: la de una alumna convertida en igual.

Rojo en escena

El vestuario ha servido a lo largo de este tour para reforzar el acting. Anne Hathaway apareció en Nueva York con una silueta rojo escarlata firmada por Louis Vuitton, diseñada por Nicolas Ghesquière.

Un corsé estructurado, volúmenes escultóricos, sandalias de plataforma y joyas de Bulgari: todo construía una imagen que la reafirma en su posición. Concebida para cautivar.

Anne Hathaway con un vestido rojo firmado por Louis Vuitton en el estreno de Nueva York.

Anne Hathaway con un vestido rojo firmado por Louis Vuitton en el estreno de Nueva York. Reuters

Meryl Streep llevó la simbología aún más lejos con una creación de Givenchy firmada por Sarah Burton: un vestido-capa de cuero rojo de aire autoritario, realzado con un pañuelo —que parece emular una corbata— integrado.

Los guantes largos, los botines afilados y las gafas negras prolongaban esa idea de uniforme. Incluso su llegada, envuelta en un abrigo de leopardo de Gucci, participaba en la dramaturgia.

Meryl Streep con el diseño de Givenchy en Nueva York.

Meryl Streep con el diseño de Givenchy en Nueva York. Reuters

Aquí, el color no sólo sirve para vestir, sino que supone una afirmación. Una suerte de declaración de intenciones. Encierra posición, tensión y presencia. Más que una première, la escena neoyorquina se convirtió en una performance.

El juego continúa

Desde Nueva York, fuera del photocall, el tono se mantuvo. En sus apariciones mediáticas, Meryl Streep prolongó sutilmente la actitud de Miranda Priestly fuera de la pantalla.

Pocas palabras, silencios medidos, una presencia capaz de imponer su criterio sin apenas esfuerzo. En el programa The Late Show with Stephen Colbert, apareció con un sencillo jersey cerúleo de J.Crew.

Una elección aparentemente simple pero cargada de significado. Ese azul —inmortalizado por el monólogo icónico de la película— funciona como un código. Lejos de los looks espectaculares de la red carpet, optó por la sobriedad, haciendo un guiño además a la primera entrega de la cinta, que marcó a una generación.

El momento, difundido de forma exagerada en redes sociales, fue viral por lo que sugiere: una actriz que juega con su propio mito sin exagerarlo.

Anne Hathaway, por su parte, adoptó una estrategia más abierta. Se mostró más cercana, más accesible y dejó entrever complicidad con el público. La sensación era de estar manteniendo cierta contención. Una forma de mostrar que Andy Sachs ha evolucionado sin desaparecer.

El 22 de abril, en la première de Londres, la tensión se suavizó sin llegar a desaparecer del todo. Hathaway y Streep adoptaron una actitud más abierta, aunque sin que se les fuera de las manos el acercamiento.

Anne Hathaway y Meryl Streep en el estreno en la capital británica.

Anne Hathaway y Meryl Streep en el estreno en la capital británica. Reuters

La encargada de interpretar a Sachs se mostró más directa, incluso cómplice con el público, con un vestido deconstruido a medio camino entre el esmoquin y el corsé, firmado por Versace.

Meryl Streep, por su parte, mantuvo su distancia característica, fiel a la esencia de Miranda Priestly. Llevó un abrigo satinado rojo de Prada, sobre un pantalón negro y top blanco con lazada, con detalles de diamantes de Kwiat.

Al final, el diablo sí se viste de Prada.

Entre control y ruptura

En México, esta dualidad se intensificó a través de referencias directas al imaginario del primer film. Anne Hathaway optó por mostrarse más lúdica, casi performativa, multiplicando guiños reconocibles para el público.

Su minivestido de lentejuelas burdeos de Stella McCartney, combinado con botas altas, evocaba inmediatamente una de las siluetas más icónicas de su personaje, reinterpretada en clave contemporánea.

En la segunda aparición en el país centroamericano continuó con la misma dinámica —más extra— con un conjunto de flecos de Schiaparelli. Esta apuesta sirvió para acentuar el efecto espectáculo y reforzar la idea de una protagonista plenamente consciente de lo que representa.

Meryl Streep, en contraste, mantuvo una imagen de control absoluto. Su actitud, más distante y casi ceremoniosa, se traduce en un traje rojo de Dolce & Gabbana con blusa con lazada, seguido de un vestido camisero de Schiaparelli con detalles surrealistas. Cada aparición supone un golpe de poder y autoridad sobre la mesa.

En Tokio, el juego tornó más conceptual. Anne Hathaway transmitió el mensaje a través de la simbología. Fue vestida con un conjunto azul cerúleo de Sacai, encarnando el monólogo de Miranda Priestly sobre el jersey azul.

Más tarde, en otra aparición en el país nipón, encontró a su mejor aliado en un vestido de Alta Costura de Valentino en blanco y negro para prolongar la narrativa.

En cambio su coprotagonista, optó por la distancia. Su estilismo de Chanel es la traducción de una elegancia atemporal, como si su protagonista se situara por encima del propio juego de referencias.

En Seúl y Shanghái, la actitud del tándem se redefinió. En el ambiente, un vaivén entre tensión y control. En la capital surcoreana, Anne endureció su presencia con un estilismo de cuero rojo de Balenciaga: menos espontaneidad, más precisión.

Streep, por su parte, introdujo un guiño más directo con un traje al tono de Prada, sin renunciar a esa distancia que define su personaje.

En la metrópolis china, el tono cambió. El ritmo se suavizó y Hathaway decidió virar hacia un registro más ligero con un diseño etéreo de Susan Fang. Meryl Streep, sin embargo, mantuvo la intensidad con una silueta dramática de Saint Laurent, prolongando esa sensación de control constante.

A lo largo de las ciudades, recorriendo el mundo, han sido las actitudes las que han marcado el hilo conductor. La ropa, simplemente, acompaña.