Un universo en Cibeles.
Isabel Sanchís juega con la luz, la tecnología y las escamas para llevar a Cibeles su visión de feminidad contemporánea
La diseñadora y su hija presentan en el marco de la MBFW Madrid una colección donde el vestido se percibe más que se ve.
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En la Galería de Cristal del Palacio de Cibeles, en el marco de la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, Isabel Sanchís y Paula Maiques presentan su colección otoño-invierno 2026/2027 en un espacio donde el tiempo parece suspendido.
Bajo la bóveda de cristal, bañada por una luz suave, casi irreal, el desfile no se percibe como una simple sucesión de siluetas, sino como una atmósfera que se despliega poco a poco. Aquí, la luz deja de ser un elemento secundario para convertirse en protagonista.
Desde los primeros looks, se impone una sensación clara. Los tejidos no sólo se llevan, parecen atravesados. Las transparencias filtran la mirada, los encajes dibujan líneas sobre la piel y los tejidos ligeros acompañan el movimiento con una precisión casi silenciosa. Todo se construye desde la sutileza, desde aquello que aparece sin imponerse.
La colección se articula en torno a un juego constante entre revelación y contención. Las siluetas, largas y fluidas, evocan una feminidad serena, construida sin rigidez. Algunas propuestas remiten al universo lencero, pero lo hacen desde la reinterpretación: lo íntimo se sugiere, se desplaza y se traduce en un lenguaje de alta costura. El cuerpo no se oculta ni se expone, se acompaña.
El encaje, omnipresente, deja de ser decorativo para convertirse en estructura. Organiza la silueta, marca el ritmo e introduce profundidad visual. Las transparencias, por su parte, no buscan mostrar, sino generar un diálogo sutil entre la piel y el tejido. En ese equilibrio reside la fuerza de la propuesta.
Transparencias que sugieren.
La paleta cromática prolonga este discurso. El negro y el blanco establecen una base sobria sobre la que emergen tonos más emocionales: granate profundo, verde contenido y pinceladas de lila. Apariciones suaves que actúan como respiraciones dentro de un conjunto dominado por la contención.
De forma puntual, acentos dorados irrumpen en ciertas piezas. Se manifiestan en detalles delicados —flores aplicadas, cadenas finas, tirantes trabajados— que aportan una luz más cálida, casi preciosa. Lejos de cualquier exceso, acompañan la silueta y la subrayan con discreción, en un equilibrio entre ornamento y construcción.
En este contexto, un corsé esculpido se convierte en uno de los puntos de atención. Como una pieza casi escultórica, define el cuerpo con precisión, a medio camino entre armadura y joya. En él se concentra la tensión que atraviesa la colección: firmeza y fragilidad, estructura y luz.
Es, sin embargo, en la relación con la luz donde la propuesta alcanza su mayor singularidad. Algunas prendas parecen capturarla, retenerla y devolverla transformada. La iluminación deja de ser externa para integrarse en la propia materia del vestido.
Entre ellas, una silueta destaca especialmente: un vestido negro, elegante y ceñido al cuerpo, de líneas depuradas. De frente, transmite una sobriedad absoluta. Pero al girarse, todo cambia.
En la espalda descubierta, una rosa aparece iluminada. Como una pulsación discreta, casi orgánica. El efecto resulta impactante sin necesidad de exageración, poético sin artificio. La luz no acompaña la prenda: la habita.
Las siluetas protagonistas del desfile.
Esta pieza condensa la intención de la colección: una feminidad que se revela en el detalle, en el movimiento, en aquello que no se ofrece de inmediato.
Cuando el desfile parece llegar a su fin, Isabel Sanchís extiende esta exploración con una última aparición.
Para cerrar, un vestido cubierto de escamas entra en escena. Cada una capta la luz, la refleja y, de pronto, se activa. Se iluminan generando un efecto casi líquido, como una superficie en constante transformación.
El ambiente cambia. Con la música de Alicia en el País de las Maravillas, la escena adquiere un tono más extraño, casi inquietante. La silueta avanza lentamente, como si emergiera de otro mundo, evocando la presencia del Jabberwocky acercándose.
La prenda se transforma en criatura. Entre armadura y segunda piel, oscila entre protección y amenaza, entre belleza y misterio. La luz ya no incide sobre el vestido: circula en su interior, dotándolo de vida.
En este final se concentra todo el discurso de la colección: materia, cuerpo e imaginación. Una última imagen, precisa y onírica, que deja la sensación de haber asistido a algo más que un desfile.
Isabel Sanchis y Paula Maiques con las modelos, tras una pasarela entre luz y emoción.
Lejos de un ejercicio técnico, Isabel Sanchís y Paula Maiques plantean una reflexión sensible sobre la feminidad contemporánea. Una que no necesita imponerse, sino que se afirma en la sutileza, en la precisión y en el control del detalle. Una presencia situada entre lo íntimo y lo visible.
Con esta propuesta, la firma reafirma su capacidad para unir savoir-faire y emoción. Entre luz, encaje y transparencias, dibuja una silueta que no busca el espectáculo, sino la percepción.
En Cibeles, esta temporada, la moda no solo se vio: se sintió.