Clara, agricultora, en una captura del vídeo de YouTube de Jaime Gumiel.

Clara, agricultora, en una captura del vídeo de YouTube de Jaime Gumiel. YouTube

Estilo de vida

Clara, agricultora en España: "Prefiero tirar mi cosecha antes que me paguen la mitad de lo que vale"

La agricultora ha contado las dificultades de mantener una pequeña explotación familiar y denuncia los bajos precios que recibe por sus productos.

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Durante generaciones, trabajar la tierra ha sido mucho más que una profesión en España. El campo ha dado de comer al país, ha sostenido a miles de familias y ha permitido que pueblos enteros mantuvieran su actividad y sus raíces.

Sin embargo, para quienes siguen viviendo de la agricultura, mantener hoy una explotación puede convertirse en una carrera constante contra los costes, los precios y la incertidumbre. El problema no se encuentra únicamente en producir, sino en conseguir que ese trabajo resulte rentable.

Semillas, fertilizantes, combustible, maquinaria o agua han elevado los gastos de las explotaciones, mientras que muchos agricultores denuncian que el precio que reciben por sus productos apenas les permite cubrir lo invertido.

Esta situación es especialmente complicada para los pequeños productores, que cuentan con menos margen para afrontar las dificultades del mercado, como Clara. Esta agricultora riojana decidió continuar con la explotación familiar después de que sus padres se jubilaran, pero cuatro años después reconoce que mantenerla resulta cada vez más difícil.

Sus jornadas pueden alcanzar las dieciséis horas y, aun así, hay ocasiones en las que el esfuerzo de meses termina sin compensar económicamente.

El campo español, al límite

El deterioro del sector agrario no sorprende a quienes llevan años trabajando la tierra. La sensación de decadencia es progresiva y se acumula, alimentada por campañas cada vez más inciertas y por un sistema que, según denuncian muchos productores, "no protege al eslabón más débil de la cadena".

En numerosas zonas rurales se asume con resignación que el abandono de explotaciones y la desaparición del pequeño agricultor forman parte de un proceso casi inevitable, impulsado por dinámicas que priorizan el volumen y el bajo coste frente al trabajo artesanal y que sostiene, prácticamente, la alimentación de un país.

Clara es una de esas agricultoras que ha decidido resistir, al menos por ahora. Según ha contado en el canal de Jaime Gumiel, vive y trabaja en Logroño, en el corazón de La Rioja, y lleva algo más de cuatro años dedicada profesionalmente al campo como autónoma.

Tras la jubilación de sus padres, tomó la decisión de continuar con la explotación familiar para evitar que se perdiera el legado de sus abuelos y tíos, así como las tierras que durante generaciones habían sido trabajadas por su familia.

Clara, agricultora, explica las condiciones laborales del sector.

Su explotación es pequeña, de aproximadamente una hectárea y media, y la gestiona prácticamente en solitario. Clara cultiva tomates, melones y sandías mediante agricultura convencional y realiza gran parte del trabajo de manera manual, apoyándose en herramientas como el azadón y en la ayuda puntual de un tractor.

El día a día en el campo, explica, está marcado por un esfuerzo constante que va mucho más allá de lo físico y que exige una resistencia mental difícil de explicar a quien no la ha vivido.

Durante los meses de verano, sus jornadas se alargan sin excepción de lunes a domingo, alcanzando fácilmente entre catorce y dieciséis horas diarias. Su rutina se resume en dormir poco; sin embargo, el verdadero desgaste llega con la incertidumbre climática.

Clara reconoce que apenas puede conciliar el sueño cuando hay avisos de tormenta o granizo, consciente de que unos minutos de mal tiempo pueden arruinar el trabajo de meses. En su experiencia, ha llegado a perder campañas enteras por inundaciones.

La principal denuncia de Clara, sin embargo, se centra en los precios que reciben por sus productos. Asegura que el sector está al límite porque, en demasiadas ocasiones, se obliga a los agricultores a vender por debajo de los costes de producción, que estima entre treinta y cinco y cuarenta céntimos por kilo.

En su caso, pone como ejemplo el tomate: en Mercarrioja se lo llegaron a pagar a ochenta céntimos o, en el mejor de los casos, a un euro, mientras que ese mismo producto acababa en las tiendas a más de tres euros y medio el kilo.

La competencia de productos procedentes de fuera de la Unión Europea es otro de los puntos que Clara considera especialmente injustos.

Denuncia que estos alimentos llegan al mercado con precios mucho más bajos porque no están sujetos a las mismas normativas estrictas sobre pesticidas, abonos o condiciones laborales, lo que hace imposible competir en igualdad de condiciones.

Clara, en una captura de un vídeo de YouTube.

Clara, en una captura de un vídeo de YouTube. YouTube

A ello se suma una burocracia que, en su opinión, ahoga a los pequeños productores, saturados de papeleo y obligaciones administrativas que resultan difíciles de asumir sin pérdidas económicas.

Fue precisamente ante una de estas situaciones cuando Clara tomó una de sus decisiones más arriesgadas. El año pasado, al intentar vender su cosecha, le ofrecieron pagarla a la mitad de precio que el año anterior. En lugar de aceptar, decidió no vender y tirar parte de la producción.

Prefirió asumir esa pérdida antes que, como ella misma explica, "pasar por el aro las injusticias" y contribuir a un sistema que considera destructivo para el propio sector agrícola.

Para Clara, aceptar precios abusivos no solo perjudica al productor individual, sino que acelera la ruina colectiva del campo.

Por todos estos motivos, la visión de futuro de la agricultora es profundamente pesimista. Aunque le gustaría seguir dedicándose al campo, no se ve trabajando dentro de diez años si las condiciones no cambian de forma estructural.

Considera que el sistema actual empuja a la desaparición del pequeño agricultor, que representa todavía una mayoría significativa del sector, pero que no puede competir con las grandes explotaciones ni con las dinámicas de las grandes superficies.

A esta situación se suma la falta de relevo generacional, con una población agrícola envejecida y pocos jóvenes dispuestos a asumir un proyecto que perciben como inviable.

Sin embargo, y a pesar de sus denuncias, Clara intenta utilizar las redes sociales para visibilizar su trabajo y demostrar que una mujer sola puede gestionar una explotación agrícola.

Reconoce que es un oficio satisfactorio para quien lo siente como vocación, pero aconseja a los jóvenes que no se planteen empezar desde cero en la agricultura actual, porque considera que las barreras económicas y estructurales lo hacen prácticamente imposible.

En medio de este panorama, Clara ha encontrado un pequeño respiro en la venta directa a clientes finales. Este modelo le permite obtener un margen económico algo más digno y, sobre todo, sentirse valorada socialmente por su trabajo.