Cristina Simón, limpiadora.

Cristina Simón, limpiadora. Redes sociales.

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Cristina, limpiadora en España: "Todavía hay personas que me llama 'la chacha', me mandan a cocinar o a cuidar a los niños"

La trabajadora denuncia el trato despectivo y la confusión de funciones que todavía sufren muchas profesionales de la limpieza.

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Las reivindicaciones por unas condiciones laborales dignas en el sector de la limpieza no son nuevas. Desde hace décadas, las mujeres, que han ocupado históricamente la mayor parte de estos empleos, reclaman salarios justos, contratos estables y el reconocimiento de una profesión que durante demasiado tiempo ha quedado relegada a un segundo plano.

Sin embargo, pese al paso de los años y a los avances conseguidos en materia de derechos laborales, algunas situaciones recuerdan a otra época. La forma de dirigirse a las trabajadoras, las tareas que se les atribuyen o la idea de que deben estar disponibles para cualquier necesidad siguen mostrando que todavía existe una profunda desvalorización de este trabajo.

Una realidad que tiene mucho que ver con la consideración histórica de la limpieza y los cuidados como tareas propias de las mujeres y poco reconocidas socialmente. Cristina Simón, conocida en redes como Cris, es una de las trabajadoras que todavía tiene que explicar en pleno siglo XXI en qué consiste realmente su profesión y, sobre todo, cuáles son sus límites.

Una profesión que todavía arrastra prejuicios

"Soy limpiadora, pero todavía hay personas que se refieren a mí como 'la chacha'". La frase de Cristina resume una de las caras menos visibles de un trabajo que está presente cada día en miles de hogares.

No habla únicamente de una palabra que considera despectiva, sino de todo lo que existe detrás de ella: una forma de entender a la trabajadora como alguien que está al servicio de la casa y de las personas que viven en ella.

El problema, explica, aparece también cuando se confunden sus funciones. Que una persona sea contratada para limpiar una vivienda no significa que deba asumir cualquier tarea que se le ocurra al cliente.

"Soy limpiadora, no soy niñera, ni jardinera, ni cocinera", reconoce en uno de sus vídeos de TikTok, donde acumula más 150 mil seguidores.

Esta confusión tiene raíces profundas. Durante generaciones, la limpieza del hogar y los cuidados se entendieron como una obligación vinculada a las mujeres dentro de la familia.

Cuando esas tareas comenzaron a trasladarse al mercado laboral y a convertirse en un empleo remunerado, arrastraron parte de esa consideración. La profesionalización no consiguió borrar por completo la idea de que quien limpia una casa está ahí para hacer "lo que haga falta".

Por eso, términos como "chacha" o "muchacha" no son para Cristina una cuestión menor, sino que el lenguaje refleja la posición que se atribuye a una profesión.

Cuando una trabajadora es presentada como alguien subordinado que debe obedecer cualquier petición, resulta más sencillo que su trabajo se perciba como poco cualificado y, en consecuencia, que también se infravalore su tiempo y su salario.

@lafregonadecris 🫧Yo soy limpiadora 🫧 Es mentira pero si quieres no es mentira🤭 Dejame en comentarios alguna “anécdota” de tu trabajo. Te leo💗 🤩𝐒𝐢 𝐭𝐞 𝐡𝐚 𝐠𝐮𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞,𝐜𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐨 𝐝𝐚 𝐚 𝐥𝐢𝐤𝐞,𝐧𝐨 𝐭𝐞 𝐜𝐮𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐧𝐚𝐝𝐚 𝐲 𝐦𝐞 𝐚𝐲𝐮𝐝𝐚 𝐚 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐫 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐞𝐧𝐢𝐝𝐨 𝐠𝐫𝐚𝐭𝐢𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐭𝐢 🥰𝐆𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐯𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨 𝐜𝐚𝐫𝐢ñ𝐨♥️ #limpieza #tips #limpiezamadrid #ordenylimpieza #labayetamagica #lafregonadecris ♬ sonido original - La fregona de Cris

"Soy limpiadora y no, no soy lenta, las cosas llevan su tiempo", explica Cristina. Y es que, desde fuera, puede parecer que limpiar una vivienda consiste simplemente en barrer, fregar y quitar el polvo, pero quienes se dedican a ello saben que cada tarea requiere su tiempo.

No se tarda lo mismo en mantener una casa que en hacer una limpieza a fondo, ni todas las estancias presentan las mismas necesidades.

La profesional trabaja con diferentes tipos de superficies y productos, debe organizar el orden de las tareas y adaptar el trabajo a las características de cada vivienda. Una limpieza profunda de una cocina o de un baño, por ejemplo, puede requerir mucho más tiempo que un mantenimiento habitual.

A ello se suma el esfuerzo físico que implica permanecer durante horas en movimiento, agacharse, cargar productos o repetir determinados movimientos.

"No tengo superpoderes", resume la limpiadora. Hay clientes que esperan que una vivienda quede completamente limpia en muy pocas horas, aunque el tamaño de la casa o el estado en el que se encuentre hagan imposible cumplir determinadas expectativas.

El resultado es una presión constante para terminar más rápido, incluso cuando hacerlo puede significar que el trabajo no se realice en las condiciones adecuadas.

El tiempo también forma parte del trabajo

Uno de los aspectos que más reivindica Cristina es precisamente el respeto por su jornada. "Aunque algunos no lo sepan, tengo un horario. No me pidas tareas nuevas cuando me tengo que marchar", señala.

La frase puede parecer evidente, pero adquiere otra dimensión cuando se observa la relación particular que existe entre algunas trabajadoras domésticas y las familias para las que trabajan.

Al desarrollar su actividad dentro de un domicilio particular, los límites entre espacio de trabajo y espacio privado pueden difuminarse con facilidad.

La vivienda es el lugar en el que el cliente desarrolla su vida cotidiana y, por ello, pueden aparecer nuevas necesidades mientras la trabajadora está realizando sus tareas.

Una petición que en otro entorno laboral se entendería como una modificación de las funciones o como una nueva tarea puede plantearse como algo tan sencillo como "ya que estás aquí, ¿puedes hacer esto?".

El problema aparece cuando esas peticiones se acumulan y terminan ampliando una jornada que ya estaba previamente establecida. Para Cristina, tener un horario significa también poder marcharse cuando termina.

Precisamente esta falta de respeto hacia la jornada laboral es uno de los puntos clave de las denuncias de las limpiadoras. Vania, líder de las Kellys, una asociación española de camareras de piso que lleva años denunciando la precariedad del sector, advierte de que el problema va mucho más allá.

"Cuando se habla de trabajo precario yo me imagino un sueldo mileurista. Pero esto ya es un trabajo esclavista, porque no tenemos una hora de salida", explica. "Muchas de mis compañeras se quedan más tiempo porque es imposible cumplir en su horario", confiesa a una entrevista para este medio.

Lo mismo ocurre con el descanso. "También tengo derecho a irme de vacaciones o a ponerme enferma", recuerda Cristina.

Una cuestión que puede parecer obvia en cualquier empleo, pero que adquiere especial importancia en un sector donde la relación personal con el empleador puede hacer que algunas profesionales sientan que deben justificarse constantemente.

La enfermedad, las vacaciones o el final de la jornada no deberían convertirse en situaciones excepcionales por el hecho de trabajar en una vivienda particular. El empleo doméstico es un trabajo y, como tal, está sujeto a derechos y obligaciones.