Lamine Yamal y su madre, Sheila Ebana

Lamine Yamal y su madre, Sheila Ebana Instagram @Sheila_Ebana

Estilo de vida

Lamine Yamal, 19 años: "Mi infancia no fue la mejor del mundo, pero mi madre hacía que yo solo viera lo bonito"

Detrás de la meteórica carrera del joven futbolista también existe una historia familiar marcada por el esfuerzo y la capacidad de salir adelante.

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El éxito de Lamine Yamal no puede entenderse únicamente a través de sus goles, sus regates o los récords que ha batido desde su llegada al primer equipo del FC Barcelona.

El futbolista creció en Rocafonda, un barrio de Mataró que continúa muy presente en su identidad. Allí pasó una infancia que no siempre fue sencilla, aunque su madre, Sheila Ebana, procuró mantenerlo alejado de las dificultades económicas y personales que atravesaba la familia.

En una entrevista concedida a DAZN, el jugador recordó aquellos años y reconoció el papel fundamental que desempeñó su madre, Sheila Ebana. Pese a las complicaciones, asegura que conserva una imagen positiva de esa etapa.

"Tengo un buen recuerdo de mi infancia. No tuve la mejor infancia del mundo, pero mi madre hacía que no viera nada malo", declaraba el futbolista con la templanza de uno de los grandes.

El esfuerzo de Sheila Ebana

Sheila Ebana es una de las figuras más importantes en la vida personal y profesional de Lamine Yamal. Nacida en Guinea Ecuatorial, tuvo que afrontar numerosas dificultades mientras criaba al joven y trataba de ofrecerle estabilidad.

El futbolista es consciente de los sacrificios que realizó para protegerlo. Por eso, cada vez que habla de ella, lo hace desde el agradecimiento y la admiración.

"Siempre le digo a mi madre que le agradezco mucho porque, tan difícil como lo tenía ella, hizo que yo viera todo lo bueno", explicó durante la entrevista.

Sheila trató de construir un entorno seguro para su hijo. Aunque la situación familiar no siempre fue fácil, evitó que las preocupaciones de los adultos condicionaran la manera en la que el pequeño Lamine veía el mundo.

El jugador se ha referido públicamente a ella como "Mi primer gran amor". Una definición que evidencia la estrecha relación que mantienen y la importancia que ha tenido en cada una de las decisiones que han marcado su carrera deportiva.

Una familia muy presente

La faceta familiar que demuestra el joven futbolista contrasta con la presión y la exposición mediática que rodean al fútbol profesional.

Además de Sheila, su padre, Mounir Nasraoui, también ha acompañado al futbolista desde sus primeros pasos. Ambos fueron esenciales cuando comenzó a destacar en las categorías inferiores y tuvo que compaginar su vida cotidiana con las exigencias de la formación deportiva.

Lamine Yamal también mantiene una relación muy cercana con su hermano pequeño. En sus redes sociales comparte numerosas imágenes y vídeos junto a él, hasta el punto de que se ha convertido en una pequeña estrella, al que él mismo admite que "es como su hijo".

Otra de las personas fundamentales es Fátima, su abuela paterna. El jugador ha explicado que suele recibir de ella recomendaciones sencillas, pero cargadas de significado. "Siempre me da dos consejos: que no me ponga ropa negra y que sonría y cuide a mis padres”.

Desde hace algunos meses, el futbolista mantiene una relación con la creadora de contenido Inés García, con quien ha formado una de las parejas más admiradas y seguidas de este Mundial de Fútbol. La joven también se ha convertido en uno de los pilares fundamentales del Lamine.

Vínculos que han ayudado al joven a mantener los pies en el suelo pese a su rápido ascenso. Su entorno ha sido uno de los principales refugios ante las expectativas generadas alrededor de su talento y su presencia habitual en las grandes competiciones.

Orgulloso de sus orígenes

Sheila Ebana también ha defendido públicamente las raíces de su hijo frente a quienes han cuestionado su vinculación con Guinea Ecuatorial. La madre del jugador respondió con contundencia a esos comentarios: "Mi hijo es ecuatoguineano y me duele que la gente diga que no lo es".

Lamine Yamal ha convertido sus orígenes en una parte visible de su identidad. Cada vez que marca un gol, suele representar con sus manos el número 304, correspondiente al código postal de Rocafonda, el barrio en el que creció.

Su historia representa el camino de un joven que ha alcanzado la élite sin olvidar a las personas que lo acompañaron cuando el reconocimiento todavía parecía lejano. Por encima de los títulos y los goles, el futbolista destaca especialmente el esfuerzo de una madre que consiguió ocultarle las dificultades.