Pineta, terapeuta ocupacional.
Pineta, trabajadora en una residencia: "Cada día veo como miran la puerta esperando una visita, es desgarrador"
En España hay más de 5.500 residencias y la labor de terapeutas como Pineta es clave, pero la soledad de los mayores es una de las partes más difíciles.
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España cuenta con más de 5.500 residencias de mayores, con cerca de 400.000 plazas, según datos del Imserso y estudios del CSIC. La mayoría siguen siendo de titularidad privada (alrededor del 73 %) y en un sector que además presenta ya una ocupación cercana al 86 %.
Una presión creciente que refleja un problema estructural claro: el déficit de plazas en residencias para personas mayores no deja de aumentar al mismo ritmo que se acelera el envejecimiento de la población española. Mayoritariamente el de las mujeres y es que, alrededor del 70 % de los usuarios en estas residencias siguen siendo mujeres.
Sin embargo, esa mayor esperanza de vida también implica, en muchos casos, vivir más solas. Y esa soledad no siempre tiene que ver con la falta de cuidados, sino con algo mucho más difícil de cubrir: la ausencia de vínculos cotidianos.
Es precisamente en ese día a día dentro de las residencias donde ocurren historias de las que casi nunca se habla. Lo cuenta Pineta, terapeuta ocupacional en una residencia de mayores, a través de su cuenta de Instagram (@viviendoconto), donde ha puesto palabras a una escena tan habitual como invisible.
"Nadie te habla de esto cuando llevas un familiar a una residencia", comienza. Y es que, como ella misma explica, las visitas en estos centros son mucho más importantes de lo que muchas familias imaginan: "Las visitas no son solo para venir a verlos, son una herramienta que les permite mantener su identidad".
La imagen más dura en su trabajo
Porque, en realidad, no todo gira en torno al cuidado físico o a las rutinas médicas. Hay una necesidad más profunda y más emocional, que muchas veces pasa desapercibida. "Las personas mayores no preguntan por su medicación, preguntan por quiénes vienen a verlo", añade. Lo que de verdad esperan no es solo atención, sino conexión.
Una diferencia que, según describe, se percibe cada día en estos centros y a través de pequeños gestos de los mayores: en la forma de mirar, en la actitud y, por supuesto, también en el ánimo. "Cuando una persona recibe visitas se llena de alegría, pero cuando ese día no viene nadie a verla se llena de tristeza y es muy desgarrador", confiesa. Algo que, asegura, no siempre se ve desde fuera, pero que para trabajadoras como ella se repite cada día dentro de estos centros.
"Muchas veces veo cómo miran la puerta y esperan tener visitas", explica. Personas que, sin decir nada, permanecen pendientes de si alguien entra cada día o de si alguien viene a verlas.
Una escena que, para esta terapeuta, reconoce que es una de las partes más duras de su trabajo. Momentos que se repiten más de lo que muchas familias imaginan y en los que, como ella misma reconoce, "la cara de alegría y la cara de tristeza y decepción son muchas veces las protagonistas".