Escena de 'Friends' con Janice y su novio, Chandler.

Escena de 'Friends' con Janice y su novio, Chandler.

Estilo de vida

'Las chicas Gilmore' hablaban rápido y Janice de 'Friends', también: cuando la velocidad no es prisa sino estrategia

Esta característica de muchas mujeres esconde una táctica contra las interrupciones de los hombres, según algunos expertos.

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Marita Alonso
Publicada

“Las que somos pobres, las mujeres, los maricones, los desgraciaditos del planeta tierra, nosotros tenemos que decir las cosas rápido porque a lo mejor, no hay espacio. Lo tenemos que hacer con rapidez y hablar como una metralleta porque si no, no lo colocamos”, dijo Marc Giró en La Fábrica, el programa de entrevistas que Gabriel Cebrián tuvo en YouTube.

Al escuchar sus palabras, resulta complicado no pensar en que al ser lamentablemente habitual que los hombres interrumpan el discurso de las mujeres, muchas aceleren sus palabras. Hablar por dos es, para muchas, una estrategia adaptativa. Como si hubiera cierto carpe diem lingüístico que empuja a quien habla a aprovechar el momento pronunciando la máxima información posible.

Si pensáis que a menudo habláis más deprisa que los miembros del género masculino que os rodean, tenéis que saber que generalmente no tiene que ver con el temperamento ni con los nervios, sino cada vez más, con el entorno.

Marc Giró, en una imagen de su programa con Aitana Sánchez-Gijón, ha hablado de este tema.

Marc Giró, en una imagen de su programa con Aitana Sánchez-Gijón, ha hablado de este tema.

La lingüista Deborah Tannen, profesora en la Universidad de Georgetown, lleva años señalando que, en conversaciones mixtas, las de ellas son cortadas con mayor frecuencia. Investigaciones como las de la Universidad George Washington sobre dinámicas de interrupción en espacios institucionales, o los estudios de la Universidad de Cambridge acerca de cómo el tiempo de intervención femenino suele ser más breve y fragmentado en contextos formales, apuntan en la misma dirección.

En otras palabras: no hablamos “a toda velocidad”, hablamos afinando. Porque intuimos que el turno puede terminar antes de que la idea alcance su forma completa. De ahí surge una destreza que casi nunca se reconoce: la de condensar, sintetizar y concentrar sentido en pocos segundos. No es exceso de palabras sino táctica. No es precipitación, es administración del espacio.

Mientras otros pueden demorarse, muchas hemos aprendido —casi sin advertirlo— el oficio de ir a lo esencial. Porque cuando el tiempo de palabra rara vez te pertenece por completo, aprendes a ocuparlo con la precisión de quien sabe que cada segundo cuenta.

“Mi padre, para decir una frase, se puede tirar dos días. Tiene que hacer sujeto, verbo y predicado. Y luego estamos mis hermanas, mi madre y yo, que tenemos que colar la frase. Así descubrí que efectivamente, hay gente que puede hablar lento. Luego estamos las que tenemos que meter los mensajes rápido”, comentaba años después el propio Giró en La Ser.

“Lo que si está bastante demostrado es que las dinámicas de poder afectan a quién toma el turno, cuánto habla y a qué velocidad y cómo se distribuye la voz en grupos, en ambos sexos”, aclara a Magas Diana Clarke, profesora en la Escuela de Negocios ESCP Business School.

La pausa privilegiada

“En muchos contextos, hablar despacio puede ser un privilegio. El privilegio de quien sabe que va a ser escuchado sin interrupciones, de aquel a quien no le preocupa que su intervención sea percibida como extensa o fuera de lugar, del que no vive con incomodidad ocupar mucho espacio ni en lo físico ni en lo simbólico”, añade Andrea Rueda, autora de Oprimidas (Vergara).

La psicóloga especializada en mujeres tiene la sensación de que la velocidad del habla también está relacionada con la seguridad y la legitimidad percibida. “A nosotras nos han robado esa seguridad, porque convivimos con el miedo a equivocarnos y también con la certeza de que es mucho más probable ser juzgadas y criticadas no solo por lo que decimos, sino también por cómo lo decimos”, dice.

Rueda recalca que los estudios de interacción resaltan que las mujeres son interrumpidas con mayor frecuencia en determinados contextos, especialmente en espacios mixtos y formales.

“Cuando anticipas que tu turno puede ser cortado, es comprensible que intentes decirlo todo antes de que ocurra. Acelerar el discurso puede convertirse en una estrategia de comunicación: condensar ideas para no perder la oportunidad de terminar la frase”, asegura antes de hacer un matiz vital: detrás de ese “hablar rápido” hay una dimensión estructural más profunda.

Ocupar menos

“A las mujeres se nos educa desde pequeñas para ocupar poco espacio. No sólo físico —sentarnos con las piernas juntas, no expandirnos— sino también simbólico y verbal. Se nos enseña a no resultar ‘demasiado’, a no extendernos, a no incomodar, a pasar desapercibidas”, dice la creadora de Dolores y gloria.

“En determinados ámbitos, como el intelectual o el profesional, esa expectativa se intensifica: es frecuente que una mujer que habla largo o firme sea percibida como arrogante o pesada, mientras que en un hombre se interpreta como seguridad”, asegura Rueda, que indica que ese es reflejo de la doble vara de medir de la que hablan las feministas.

“En la sociedad actual la misma conducta se juzga diferente según tu género y eso provoca que nos comportemos de modo distinto en la misma situación”, dice la psicóloga especializada en mujeres.

Señala que hablar rápido puede ser una estrategia inconsciente para minimizar nuestra presencia. Es una manera de cumplir con la expectativa de brevedad y, al mismo tiempo, no renunciar a intervenir.

“Además, muchas mujeres viven en una situación de sobrecarga constante. La doble o triple jornada no sólo afecta al tiempo disponible, sino también al modo de estar en el mundo. Esa sensación de prisa cala en la forma de hablar, en el ritmo de las frases, en la necesidad de resolver rápidamente lo que se está diciendo”, asegura.

El tono de voz de las mujeres se modula para ser escuchado.

El tono de voz de las mujeres se modula para ser escuchado. iStock

Por lo tanto, aunque los motivos que pueden llevarlas a hablar más rápido son multifactoriales, cada uno de ellos tiene que ver con las consecuencias de ser mujer en un mundo machista. Por si fuera poco, hay estudios que explican que la escala de sonido femenino, que cuenta con más agudos, a ellos les resulta incómoda.

Por ello, para capturar mejor su atención aprenden a usar tonos graves. De acuerdo con un artículo publicado en la revista NeuroImage, la voz de la mujer se percibe como más natural, pero presenta una mayor complejidad acústica, lo que implica que activa de forma más amplia las áreas auditivas del cerebro. En cambio, la masculina requeriría una activación más localizada, vinculada al área subtalámica.

El investigador Michael Hunter, profesor en la Universidad de Sheffield, apunta que esta diferencia podría explicar por qué a algunos hombres les resulta más difícil sostener la atención durante una conversación con una mujer.

Los amantes de la cultura pop recordarán a míticos personajes como Six, la amiga de la protagonista de Blossom que hablaba tan rápido que dejaba boquiabiertos a los espectadores y que era un auténtico aspersor de chistes.

O a Janice, la novia de Chandler en Friends a quien da vida Maggie Wheeler, que en más de una ocasión ha dicho que su personaje era definido como “una neoyorquina que habla muy rápido”.

Porque cuando es una mujer la que habla a un ritmo acelerado, es esa velocidad la que la define. Ese es precisamente el sello de identidad de las protagonistas de Las chicas Gilmore.

Su creadora, Amy Sherman-Palladino, hizo que la protagonista de La maravillosa señora Maisel también se caracterizara por ese ritmo casi imposible que replicaron los protagonistas de su siguiente serie, la malograda Etoile.

Hablar rápido era una seña de identidad de 'Las chicas Gilmore'.

Hablar rápido era una seña de identidad de 'Las chicas Gilmore'.

Contra el silencio

“Quién es escuchado y quién no define el statu quo. Quienes lo encarnan, a menudo a costa de silencios extraordinarios consigo mismos, se desplazan al centro; quienes encarnan lo que no se escucha, o lo que viola a quienes se alzan en el silencio, son expulsados”, escribe Rebecca Solnit en La madre de todas las preguntas (Capitán Swing).

Ella es la autora de Los hombres me explican cosas (Capitán Swing), el libro que introdujo en nuestro léxico el término mansplaining. “Los hombres me explican cosas, a mí y a otras mujeres, independientemente de que sepan o no de qué están hablando”, escribe.

“Todas saben de qué les estoy hablando. Es la arrogancia lo que lo hace difícil, en ocasiones, para cualquier mujer en cualquier campo; es la que las mantiene alejadas de expresar lo que piensan y de ser escuchadas cuando se atreven a hacerlo; la que sumerge en el silencio a las jóvenes indicándoles, de la misma manera que lo hace el acoso callejero, que este no es su mundo”, asegura.

Hay quienes aseguran que a ellos se les escucha por lo que dicen; a ellas, por cómo lo dicen. Diana Clarke matiza que las mujeres pueden ser criticadas cuando adoptan conductas asociadas al poder porque va en contra de los estereotipos que se asocian con su género.

“Hay evidencia empírica de cómo el estilo comunicativo se interpreta a través de expectativas de género: si suenas firme, puedes parecer agresiva; si suenas cálida, poco líder”, comenta.

Hay a quienes las mujeres que hablan rápido, sobre todo si encima emplean un volumen elevado, les molesta. Y las etiquetan consiguientemente como ‘intensas', algo que funciona como una forma sutil de restar legitimidad a lo que dicen.

“No se trata sólo de cómo habla, sino de que lo hace con iniciativa, sin pedir permiso o tratando de evitar que se la interrumpa. Y eso cuestiona todavía un orden simbólico en el que la voz masculina se ha entendido como neutral y la femenina, como evaluable”, dice Andrea Rueda.

Recalca que aunque solemos repetir que vivimos en una sociedad igualitaria, la igualdad formal no ha eliminado del todo los sesgos culturales. “Si aún sorprende o incomoda que una mujer ocupe espacio verbal, es porque esa igualdad sigue siendo parcial.

La reacción no tiene tanto que ver con el sonido de la voz como con lo que representa: autonomía, autoridad y presencia”, asegura.

Ojalá poder hablar (y aquí podríamos terminar la frase) sin tener que medir la velocidad. Sin temer ser interrumpidas. Sin tener que ignorar que quien nos escucha está poniendo los ojos en blanco. Pero mientras tanto, lo que queda claro es que es fundamental alzar la voz y huir del silencio. Porque como recalca Solnit, “la historia del silencio es central para la historia de las mujeres”.

“Tener voz es crucial. No lo es todo en los derechos humanos, pero sí fundamental para ellos”, asegura.

Aunque se atribuye a la protagonista de Las chicas Gilmore, Lorelai Gilmore, la frase “La vida es corta. ¡Habla rápido!”, en realidad es un lema con el que los fans de la serie definen al personaje. Quizás hoy haya llegado el momento de abrazar otro lema. El de “Alto o bajo, rápido o lento… ¡Hablemos!”.