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Estilo de vida

Una pareja de 29 años habla sobre cómo han conseguido ahorrar más que nunca: "Somos 4 en una casa de un dormitorio"

Para esta familia, vivir en una casa pequeña no ha significado renunciar a calidad de vida, sino redefinirla para encontrar un mayor ahorro.

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En España, el acceso a la vivienda es hoy uno de los grandes problemas estructurales. Según datos de organismos oficiales, las familias destinan hasta un 47% de sus ingresos mensuales al pago de la vivienda, una cifra muy superior al recomendado por expertos y organismos financieros, que es un 30%. 

La situación es alarmante; sin embargo, no es exclusiva de España. En países como Estados Unidos, donde el mercado inmobiliario también ha experimentado un fuerte encarecimiento tras la pandemia, muchas familias han optado por alternativas que hace una década habrían parecido impensables, solo para acercarse a la "vida digna".

El auge de las "tiny houses", las reformas para reducir metros cuadrados o el regreso a terrenos familiares responde a una lógica similar: reducir gastos fijos para ganar capacidad de ahorro. En ese contexto encontramos la historia de Ashley Johnson, su marido y sus dos hijos, que decidieron dejar atrás una vivienda amplia para instalarse en una casa mucho más pequeña, pero financieramente sostenible.

Una vivienda de una habitación para cuatro personas

La decisión de los Johnson no fue impulsiva ni fruto de una emergencia inmediata, sino de una reflexión a largo plazo. Hasta enero de 2025 vivían en una casa de alquiler de tres dormitorios y dos baños, con una superficie de aproximadamente 155 metros cuadrados, en Thomasville, Georgia.

Era un espacio cómodo, suficiente para una familia de cuatro personas, pero que; sin embargo, no encajaba con el proyecto vital que tenían en mente. Ambos querían ahorrar para comprar un terreno y construir su propia casa en el futuro, algo complicado mientras una parte significativa de sus ingresos se destinaba al alquiler.

La oportunidad surgió cuando los padres del marido de Ashley les ofrecieron una casa vacía dentro de su propiedad. El inmueble, de unos 83 metros cuadrados, contaba con un solo dormitorio y un baño. La clave estaba en que podían vivir allí sin pagar alquiler, asumiendo únicamente los gastos de suministros.

Aunque disfrutan de este beneficio, la realidad es que si tuvieran que asumir el coste de mercado, el cambio de vivienda seguiría representando un ahorro considerable. 

Al pasar de una casa de 155 metros cuadrados y tres habitaciones —cuyo alquiler promedio en la zona ronda los 1.500 dólares— a una propiedad de 83 metros cuadrados y un solo dormitorio —que suele costar cerca de 1.000 dólares—, la reducción de espacio implicaría un ahorro mensual de aproximadamente 500 dólares.

En el caso de la familia Johnson, el hecho de solo asumir los gastos de suministros suponía la posibilidad real de ahorrar de forma constante y planificada. Con la idea inicial de quedarse alrededor de un año, los Johnson se mudaron en enero de 2025, conscientes de que el mayor reto no sería económico, sino logístico.

Montaje de la familia Jhonson y su cama Murphy.

Montaje de la familia Jhonson y su cama Murphy.

Ashley Johnson reconoce que reducir drásticamente el espacio le generaba cierta inquietud, aunque su propia infancia la había preparado en parte para ese cambio. Creció en una familia numerosa, compartiendo vivienda con seis hermanos en casas pequeñas.

Con esa experiencia como referencia, se propuso transformar la casa de un dormitorio en un espacio funcional, acogedor y estructurado, especialmente importante para el bienestar de sus hijos, de cinco años y dieciocho meses.

La organización de la casa

La vivienda tiene una distribución de concepto abierto, con cocina, comedor y sala de estar integrados en un mismo ambiente. En la cocina, Ashley optó por maximizar el almacenamiento disponible y añadir soluciones sencillas pero efectivas.

Ante la ausencia de despensa, incorporó un pequeño armario auxiliar y trabajó la estética con elementos no permanentes, como un salpicadero adhesivo, papel pintado y textiles que aportan calidez. El objetivo no era solo ahorrar, sino demostrar que un espacio reducido también puede ser agradable.

El salón se convirtió en el corazón de la casa y en una zona multifuncional. Allí conviven el área de descanso, el espacio de juegos de los niños y, por la noche, el dormitorio del hijo mayor.

En lugar de recurrir a muebles voluminosos, Ashley apostó por soluciones que integran almacenamiento de forma discreta. Una mesa consola situada detrás del sofá sirve para guardar los juguetes, evitando el desorden visual sin privar a los niños de sus pertenencias.

La mesa de comedor, redonda y compacta, incluye espacio de almacenaje en su base, donde se guardan libros, material escolar y objetos de uso diario.

Uno de los elementos clave de la casa es un mueble que se transforma en una cama abatible, una Murphy bed, donde duerme el hijo de cinco años. Durante el día, pasa desapercibido; por la noche, se convierte en su habitación.

La familia establece rutinas claras para respetar su privacidad, cerrando el espacio y adaptándolo para que el niño tenga la sensación de un dormitorio propio. Para Ashley, esta solución conecta con su propia infancia, pero con un enfoque más ordenado y adaptado a las necesidades actuales.

El único dormitorio de la casa lo ocupan los padres, junto con el hijo menor durante los primeros meses. Posteriormente, el bebé pasó a dormir en una cuna situada en el vestidor, un espacio amplio que también alberga estanterías, cajones y la lavadora y secadora.

Con la ayuda de cortinas opacas y una máquina de sonido, el vestidor se transformó en un pequeño dormitorio funcional. La cama principal, con estructura abatible, permite guardar sábanas y toallas, compensando la falta de armarios adicionales.

La convivencia en un espacio tan reducido no está exenta de incomodidades. El baño, único y sin bañera, es el punto más crítico, especialmente a la hora de bañar a los niños.

Con el paso de los meses, la familia descubrió que vivir en menos metros cuadrados los había unido más. La falta de espacios privados obliga a comunicarse mejor, a resolver conflictos con respeto y a normalizar las diferencias delante de los hijos.