María Inmaculada Antúnez Olivas junto a la portada de su libro.
El terrorismo yihadista suele aparecer en titulares asociado a atentados y procesos de radicalización. Sin embargo, lo que realmente lo sostiene rara vez ocupa la portada: el dinero.
Durante años lo he investigado desde una perspectiva estratégica: cómo se financia, cómo se organiza y cómo logra integrarse en circuitos aparentemente legítimos. Ese trabajo me enseñó algo esencial: el conocimiento comienza cuando uno decide no aceptar la realidad tal como se la presentan.
Investigar significa estudiar, contrastar fuentes, analizar patrones y desarrollar un criterio propio. Significa resistirse a las explicaciones simples y comprender que fenómenos complejos, como el terrorismo internacional, sólo pueden entenderse mediante el rigor, la observación y el pensamiento crítico.
Parte de ese aprendizaje comenzó en Somalia, durante una misión internacional. Allí comprendí que el terrorismo no se sostiene únicamente por ideología. Lo hace porque existen estructuras económicas, redes sociales y flujos financieros capaces de atravesar fronteras y mezclarse con actividades legítimas.
Aquella experiencia fue el punto de partida de una investigación sobre la financiación del terrorismo yihadista que terminaría convirtiéndose en mi tesis doctoral. Pero también abrió una reflexión más amplia sobre el miedo, el poder y la forma en que interpretamos la realidad.
En mis conferencias suelo hablar de convertirse en “maestro”. No como un título académico, sino como una actitud intelectual: alguien que aprende a analizar el mundo con criterio propio y que no acepta explicaciones cómodas para realidades complejas.
Quizá por eso, después de años escribiendo investigaciones académicas, sentí la necesidad de explorar esas mismas preguntas desde otro lenguaje. No para abandonar el rigor, sino para ampliarlo.
Hay realidades geopolíticas que sólo se comprenden plenamente cuando se narran desde la experiencia humana. De esa convicción nació Sé malvada, sé valiente.
El título suele despertar curiosidad, y quizá esa sea precisamente su función: provocar una pregunta en quien lo lee. ¿Qué significa realmente vivir con valentía cuando la vida nos enfrenta a lo imprevisible? La novela no contradice mi trabajo como investigadora. En realidad, lo expande.
El análisis académico permite comprender estructuras, dinámicas y patrones. La narrativa permite explorar cómo esas mismas realidades afectan a personas concretas, con decisiones, dilemas y aprendizajes profundamente humanos.
Mi propia historia comenzó en un entorno humilde donde las expectativas sobre el futuro eran limitadas. Precisamente por eso comprendí muy pronto que los libros podían convertirse en un acto de superación de barreras.
Porque, como decía Tomás Bulat: "Cuando se nace pobre, estudiar es el mayor acto de rebeldía contra el sistema, porque el conocimiento rompe las cadenas de la esclavitud". Esa idea marcó profundamente mi forma de entender el esfuerzo y el propósito.
A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de observar contextos muy distintos: desde misiones militares en Afganistán o Somalia hasta el estudio académico del terrorismo internacional. En todos esos escenarios hay algo que los informes estratégicos no abordan: la dimensión humana de las decisiones.
Las personas no son sólo actores dentro de un sistema; son también historias atravesadas por miedos, aprendizajes y elecciones.
Sé malvada, sé valiente nace de esa convicción. Es una historia ligada a vivencias reales y a una pregunta constante sobre cómo enfrentamos la incertidumbre.
Si esta historia llega a las lectoras, me gustaría que lo hiciera con una invitación sencilla: a cultivar pensamiento crítico, a no resignarse a los límites que otros definen y a recordar que cada vida, incluso la más improbable, puede convertirse en una exploración consciente de la experiencia humana.