La anfitriona de Amapolas en octubre, Laura Riñón.

La anfitriona de Amapolas en octubre, Laura Riñón. Cedida

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La carta de Laura Riñón a los lectores por el cierre de la librería Amapolas en octubre: "Gracias por hacerla un hogar"

El emblemático templo de los libros se despide definitivamente de la calle Pelayo de Madrid, dejando una huella imborrable de literatura y comunidad.

Más información: Lana, de la librería Amapolas en octubre: "En España son las mujeres las que fomentan la lectura"

Laura Riñón Sirera
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En el verano del año 2018 me quité el uniforme de azafata de vuelo por última vez para abrir las puertas de mi librería soñada, esa que había inventado dos años antes en las páginas de la novela Amapolas en octubre.

Fui la mujer valiente que firma la frase que a tantas otras ha inspirado: "Érase una vez una puerta cerrada, una ventana abierta y una mujer valiente. Fin".

La misma frase que me digo cada mañana desde el pasado 1 de julio, cuando anuncié que las puertas de Amapolas en octubre cierran para siempre. Y no, no habrá un segundo espacio ni nada que se le parezca. No hay una sorpresa escondida tras el cierre ni una razón triste o dramática que lo provoque.

No hay nada, por más que muchos busquen una explicación más allá de la que he dado una y otra vez: esta etapa ha terminado.

Durante las últimas cuatro semanas he sido testigo de todo lo que ha provocado el cierre. A muchos les sorprende que me sorprenda la reacción de los lectores. Porque no, no me lo esperaba. ¿Cómo iba a imaginar todas las muestras de cariño recibidas? Confieso que la despedida me ha superado y emocionado a partes iguales.

Interior de la librería en calle Pelayo.

Interior de la librería en calle Pelayo. Cedida

He pasado más de siete años organizando eventos, imaginando proyectos, dando forma a ideas nuevas. Más de siete años sin dejar de dar impulso a una rueda que no ha parado de girar desde el primer día. He recibido a lectores de todas las ciudades de España y de lugares más allá de nuestras fronteras.

Sabía lo que esta librería significaba para muchos, pero ¿tanto? No, no imaginaba que fuera tanto. Y ha sido precisamente en esta despedida donde he encontrado la mayor recompensa que jamás he recibido.

A colación de los comentarios escuchados durante los últimos días, una amiga bromeó con la idea de inventar un rumor acerca de las razones reales que han provocado el cierre de Amapolas en octubre. Dice que la gente necesita saber… que todos quieren saber.

Yo creo que la mayoría sólo necesita una explicación que le resulte más fácil de aceptar.

Pero, así como le sucedió al periodista que desestimó hacerme la entrevista cuando supo que no había una subida del precio del alquiler ni nada que se le pareciera detrás del adiós, tampoco seré yo la que empiece un rumor simplemente porque deba dar respuesta a preguntas que ni siquiera yo me hago.

No estoy enferma ni tampoco me he arruinado. No voy a abrir una editorial ni tampoco inauguraré otra librería. No sé qué vendrá después.

Laura Riñón, fotografiada con recomendaciones literarias en la entrada de esta 'casa' para muchos amantes de las letras.

Laura Riñón, fotografiada con recomendaciones literarias en la entrada de esta 'casa' para muchos amantes de las letras. Cedida

La única verdad es que un día salí a pasear y, a mitad de camino, mientras pensaba en los planes del otoño, en la nueva librera, en qué podría hacer distinto, en ese club de lectura que siempre quise organizar, en cómo renovar algunas cosas, en mi nueva novela… me paré en seco y me dije: "Creo que ya".

Tres palabras que ya habían cambiado mi vida ocho años atrás, cuando decidí bajarme de un avión por última vez. Y también mucho antes, en otro momento decisivo de mi pasado. Tres palabras que marcan un punto de inflexión y que me hacen soltar la mochila para seguir avanzando más ligera.

Me miré desde los ojos de los otros y me descubrí en la cima de una montaña que años atrás me parecía imposible coronar (con Manuel Vicent, Elizabeth Strout o Colson Whitehead). Comprendí entonces que había llegado el momento de iniciar el descenso por un camino distinto. Debía buscar otras cimas pintadas en el horizonte.

Podría haber aprovechado el generoso espacio que se me ha concedido en esta revista para relatar la vida, que no el adiós, del lugar feliz en el que he habitado durante años.

Pero no es fácil mejorar las palabras que Daniel Ramírez García-Mina, amapoler por derecho, nos dedicó en este medio hace unas semanas y que me emocionaron como pocas (tengo un Hemingway y un brindis reservados para ti, por cierto).

Pero, si algo he aprendido a lo largo de los últimos años, es que no se puede llegar a ninguna cima, ni dar más de dos pasos, si uno va solo. Por eso estoy aquí: para dar las gracias.

Gracias a los libreros que me han acompañado durante la travesía: Lana, Laura Elena, Berta, María y Paulo. Alguien dijo ayer que son un gran equipo porque los moldeé a mi imagen y semejanza. Discrepo. Todos ellos eran amapolers antes de ponerse al otro lado del mostrador. Y eso se nota.

El equipo de Amapolas en octubre.

El equipo de Amapolas en octubre. Cedida

Durante los días de la despedida, un librero cruzó el umbral del espacio y ofreció un trabajo a una de las libreras que, entre la incomodidad y la sorpresa, le dio una respuesta que lo explica todo:

Es que no soy librera. Soy de Amapolas.

De la misma manera que yo nunca fui la dueña de Amapolas en octubre, sino anfitriona de una librería. Gracias también a mis amigos y a mi familia por entender que el espacio —o mi escritura— reclamaran mi atención y me obligaran a cancelar cenas, conciertos y viajes.

Ahora me toca recuperar algunos de los planes perdidos con los que se quedaron a mi vera, a pesar de todo.

Gracias a la familia de la calle Pelayo. De vosotros no me voy. Quiero mi silla reservada en esa mesa. Gracias a los escritores que habéis hecho de este vuestro hogar, por decir sí cada vez que os he invitado.

Y gracias también a los editores, traductores y responsables de editoriales que habéis cumplido casi todos mis sueños, abriendo las puertas de esta casa a autores admirados e idolatrados.

Y gracias, amapolers. Por los años compartidos. Por los libros que leísteis simplemente porque los recomendábamos. Por decir sí a la literatura norteamericana, mi adicción literaria, y a los clásicos de nuestros clubes de lectura.

Por apuntaros a cualquier locura que se nos ocurriera, por celebrar con nosotras la Feria Off-Retiro, por las flores, el vino y las fiestas sin motivo. Por las montañas de libros pendientes que seguirán sobre la mesilla en 2030. Por estar al otro lado en los directos de los sábados. Por las fotos en el sofá.

Por volver a la librería sólo para contar lo mucho que os había cambiado un libro. Y por todas las veces que me preguntasteis: "¿Cómo sabías que era para mí?". Por confiar en un Pulitzer antes de saber que lo sería.

Y, sobre todo, gracias por todos y cada uno de los abrazos de estos últimos días, por los correos de despedida y por quienes habéis viajado hasta la calle Pelayo únicamente para agradecer los años compartidos en este lugar. Si supierais cuánto ha significado para mí vuestro adiós.

Alguien escribió hace unos días que no entendía el revuelo que se había organizado en torno a nuestro cierre "porque hay muchas otras librerías y libreras geniales". Y no puedo estar más de acuerdo.

Hay decenas de libreros extraordinarios repartidos por las ciudades y pueblos de nuestro país, amigos la mayoría de ellos, a quienes también quiero dar las gracias por el cariño y el apoyo recibido en los últimos días. Ahora que me he quedado sin Amapolas en octubre, iré a veros.

Pero me gustaría aclarar que el revuelo se ha formado precisamente porque este lugar nunca fue sólo una librería, sino un hogar en el que muchos se conocieron y desde el que emprendieron nuevos caminos y nuevas amistades. Aquí nunca hubo clientes, sino lectores. Nunca hubo libros que vender, sino sugerencias para leer.

Amapolas en octubre fue, es y seguirá siendo un lugar que sólo puede explicar quien lo conoció, incluso sin haber puesto nunca un pie en él. Es un lugar feliz. Quien lo probó, lo sabe.

Una celebración reciente en la librería.

Una celebración reciente en la librería. Cedida

Nos vemos cuando nos veamos. Mientras tanto, sigamos leyendo.

Gracias, por tanto.

(*) Laura Riñón Sirera es escritora y anfitriona en la librería Amapolas en octubre.