La vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle, Cruz Sánchez de Lara.
Todos los veranos compro un cuaderno.
Nunca lo necesito.
El teléfono guarda miles de notas. El ordenador escribe más deprisa que yo. Y la inteligencia artificial ha aprendido a hacer en segundos tareas que hace apenas unos años nos ocupaban una mañana.
Aun así, todos los veranos compro un cuaderno.
No por costumbre.
Por gratitud.
Pertenezco a una generación que aprendió que escribir era algo más que juntar letras.
Antes de empezar un curso había un gesto casi ceremonial: abrir un cuaderno nuevo, escribir el nombre en la primera página y anotar, con la mejor letra posible, los propósitos de septiembre.
Entonces no lo sabíamos.
Pero aquella mano que se esforzaba por no torcer los renglones estaba haciendo mucho más que un ejercicio de caligrafía.
Estaba aprendiendo a pensar.
Durante décadas dimos por hecho que escribir a mano era una habilidad destinada a desaparecer.
Parecía lógico. Si el teclado era más rápido y las pantallas más eficientes, ¿qué sentido tenía seguir defendiendo el bolígrafo?
La ciencia ha empezado a responder esa pregunta.
Hoy sabemos que la escritura manuscrita activa redes cerebrales relacionadas con la memoria, el aprendizaje y la comprensión de una forma distinta a la escritura sobre un teclado.
La profesora Audrey van der Meer, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología, lleva años investigando cómo el movimiento preciso de la mano favorece conexiones neuronales que intervienen en el aprendizaje.
Nature se hacía eco hace unos meses de un fenómeno inesperado: varios sistemas educativos están recuperando la enseñanza de la escritura manuscrita porque la evidencia científica empieza a ser demasiado sólida para ignorarla.
Durante años llamamos a aquello "tener buena letra".
En realidad, estábamos entrenando el cerebro.
Hace más de una década, los investigadores Pam Mueller y Daniel Oppenheimer demostraron algo que hoy se cita en facultades de medio mundo.
Los estudiantes que tomaban apuntes a mano recordaban y comprendían mejor que quienes utilizaban un ordenador.
No porque escribieran más.
Justamente porque escribían menos.
La mano obliga a resumir, a elegir, a jerarquizar.
Obliga a comprender antes de copiar.
Es imposible escribir despacio sin pensar.
Y es imposible pensar bien cuando todo sucede a la velocidad de un clic.
No es una enmienda a la tecnología.
Sería absurdo.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para acceder al conocimiento ni tantas oportunidades para compartirlo.
Bendita sea esa revolución.
La cuestión es otra.
Hay capacidades que no deberían abandonarse sólo porque exista una máquina capaz de sustituirlas.
Stefan Zweig escribió miles de cartas a lo largo de su vida.
No lo hacía únicamente para comunicarse.
Escribía porque ordenar una página era también una forma de ordenar el pensamiento.
Mucho antes de que existieran las neuroimágenes, los grandes escritores ya intuían que la mano sabía cosas que la prisa todavía no había descubierto.
Irene Vallejo recuerda que la historia de la humanidad puede contarse siguiendo el rastro de quienes se empeñaron en conservar las palabras.
Cada generación encontró un soporte distinto: piedra, papiro, pergamino, papel.
Cambió el material.
No cambió el gesto.
Escribir sigue siendo uno de los mayores prodigios de nuestra especie.
A veces lo olvidamos porque aprendimos demasiado pronto.
Celebramos que un niño empiece a caminar.
Aplaudimos su primera palabra.
Fotografiamos el primer diente que se cae.
Sin embargo, apenas reparamos en el momento exacto en que consigue leer una frase por sí mismo o escribir una idea que hasta entonces sólo existía en su cabeza.
Y, probablemente, nada cambiará tanto su vida.
Porque aprender a leer y a escribir no consiste únicamente en adquirir una herramienta.
Consiste en conquistar un lugar propio desde el que pensar el mundo.
Quizá por eso me resisto a aceptar que la escritura manuscrita sea una reliquia.
No porque tema el futuro, sino porque conozco el valor de aquello que nos ha traído hasta aquí.
La inteligencia artificial podrá escribir páginas impecables.
Pero hay algo que todavía no puede hacer por nosotros.
Recorrer el camino que va desde una idea hasta una mano.
Ese trayecto sigue siendo exclusivamente humano.
Y conviene no olvidarlo precisamente ahora, cuando todo parece invitarnos a hacerlo deprisa.
Este verano volveré a llenar un cuaderno.
No para recordar cómo era el mundo antes de las pantallas.
Sino para recordar cómo funciona mi cabeza cuando le doy el tiempo que necesita.
Porque hay gestos que no sobreviven por nostalgia.
Sobreviven porque siguen haciendo mejor a quien los practica.