Nadal compitiendo en Wimbledon en 2011.
Espero que me permitas que te escriba públicamente y que te llame Rafa, como si fuéramos amigos —o, mejor aún, como si fuera una más de tus billones de fans y fanáticos sobre este planeta Tierra—.
Me temo que no se me ocurría una vía más directa e indirecta de hacerte llegar mis alabanzas…
Ante todo, quería darte las gracias por ser un icono nacional y humano.
Durante el recorrido de nuestras vidas cronológicamente compartidas has ampliado los límites de lo que se ha considerado posible para nuestra especie.
Eres un ser literalmente extraordinario y espero que estés sumamente orgulloso de ti mismo, como lo estamos los múltiples billones de humanoides terrestres que hemos disfrutado de tus éxitos y de tus batallas sobre incontables pistas de arcilla, hierba y asfalto a lo largo de tantísimos años.
Imagino que eres plenamente consciente de haberte convertido en una leyenda viviente.
Has cambiado los anales de la historia del tenis (y seguramente aquellos del movimiento humano mismo). Eres toda una referencia para el siglo XXI, como lo fue Nureyev en su propio escenario y momento.
El ciclón de tu carrera como tenista está, por suerte, ampliamente documentado. Muchos estuvimos ahí, durante tres décadas, capturados por nuestras pantallas, viviendo aquellos partidos inigualables con los que te hiciste parte de la memoria y de la iconografía de la era moderna.
Aun así, ver el nuevo documental Rafa (2026) —disponible en las plataformas de Netflix del mundo entero— es como descubrir tu historia por primera vez y empezar a entender la dimensión operática de tu relación con el tenis.
Cartel de la propuesta de la plataforma.
Es una sublime tragedia para cualquier amante de esta disciplina y del excepcionalismo humano.
Saber que desde el comienzo de tu carrera has estado jugando con un pie lesionado (deformado a causa de una enfermedad rara y degenerativa, el síndrome de Müller-Weiss) y que esto te hizo disputar la mayoría de tus partidos con plantillas en los zapatos que paulatinamente te iban modificando la pisada y desgarrándote las rodillas y caderas —mientras que tú corrías una y otra vez detrás de cada una de aquellas pelotas— lo cambia todo.
En algún momento inicial concebiste tu futuro como tenista como una carrera a contrarreloj que dependía de cuánto podrían llegar a aguantar tus pies.
(Y lo que aguantaron aquellos pies tuyos, querido Rafa…).
No sólo quería escribirte como febril espectadora de este nuevo y definitivo documental sobre tu trayectoria como tenista, que yo misma declaro como canónica.
Quería hacerlo para darte las gracias por tu generosidad, por tu franqueza y valentía al compartir con nosotros las batallas detrás de las batidas sobre la pista.
Para agradecerte por tu inigualable recorrido como deportista y el hecho de que hablaras tan abiertamente de tus retos y dificultades, que nos lo contaras desde tu extraordinario punto de vista —¿existe mayor generosidad que compartir algo verdaderamente extraordinario?—.
Mi intención no era simplemente hacerte la pelota.
También quería recordar, tanto a mí misma, como a mis lectores, al adentrarnos en la última semana de Wimbledon 2026, que yo estuve allí —hace exactamente 18 años— en la última semana del torneo en 2008.
Múltiples decenas de millones de personas vieron ese partido. Fue emitido en las televisiones del mundo entero. La final masculina más larga de la historia de Wimbledon, la que duró 4 horas y 48 peleadísimos minutos sobre la hierba, y más de siete horas de reloj interrumpidas por lluvias impredecibles. Por supuesto, personalmente dudo mucho haber tenido algo que ver con el resultado de tu épica victoria.
Pero bueno, por si acaso, confieso haber estado ahí.
Desde entonces no pasa un solo Wimbledon sin que piense, "yo estuve ahí en el 2008".
Me acuerdo de cómo murmuraban ominosamente aquellas gradas, "Roger, Roger...".
El tenista español luchando una bola en el torneo inglés en 2011.
Federer en aquel entonces era el darling de Wimbledon, el gentleman favorito y campeón del torneo durante cinco años consecutivos.
Mientras que a ti —con tus hombros al aire, melena despeinada y shorts de pirata— estaban dispuestos a soltarte a los leones.
Poco a poco te los fuiste ganando, como te ganaste al mundo entero. Aquello fue inevitable.
Jamás se había visto jugar un partido de tal intensidad y brillantez.
Generalmente, el público presente quería que Federer se consolidara como campeón con su sexto Wimbledon consecutivo, pero tú no estabas dispuesto a rendirte ante el número 1 del mundo, te habías decidido a derrocarlo.
Los contados españoles que estuvimos ahí estábamos revolucionados, como si de alguna manera estuvieses jugando por nosotros.
De repente tuvimos algo de lo que enorgullecernos, algo que nos conectaba nebulosamente con los dioses.
Probablemente aquel fuera uno de los momentos más patrióticos de mi vida.
Me acuerdo de que cuando por fin ganaste, colapsaste en el suelo, ante un océano de flashes, y luego trepaste las tribunas para abrazar a tu familia y alguien te cubrió —eufórico— con una bandera española.
Estábamos tan orgullosos de tener algo —por efímero que fuera— en común contigo.
El 6 de Julio de 2008 me sentí más española que nunca.
También me sentí parte de un gran secreto, porque en las televisiones no se podía apreciar lo poco que se veía en realidad, lo tarde que se había hecho.
No se apreciaba la carga eléctrica, la tensión mágica, la respiración contenida y la emoción palpitante e intoxicante de aquella penumbra en la que todo estaba aún por ganarse.
Creo recordar una paloma blanca que bajó a rozar la red con sus alas en un momento de máxima tensión. Aunque puede ser que me la haya inventado y que forme parte de la leyenda en mi propio imaginario.
Posiblemente esa paloma sirvió de pretexto para uno de los brillantes y pomposos artículos de mi padre.
Y luego, más exclusivamente, para un artículo escolar mío.
Es posible que el ave existiera, pero que trajese consigo un mensaje divino sobre el significado de aquel partido es más complicado de determinar.
La escena entera está tejida de fantasmagoría…
Tampoco quería ponerme nostálgica ni fenomenológica, esa no era mi intención.
Lo que quería es felicitarte y hacerte llegar mi apoyo y mi desbordante admiración.
Felicitarte reiteradamente y con insistencia, tanto en presente, como en pasado y futuro mítico.
Nos conocimos fugazmente en mi adolescencia, cuando me daba demasiada vergüenza admitir que existían seres superiores y que estaba en la presencia de uno de ellos. No supe aprovechar el privilegio.
Nadal tras ganar el Conde de Godó en 2006.
Hoy en día no me perdería ni la más mínima señal, sabiendo lo incansablemente que has perseguido a tu estrella y las lecciones infinitas que podrías aportarme.
Posiblemente me atrevería a preguntarte por tus presentes capacidades de relajación —con la esperanza de que consideraras tu cuota de sufrimiento vitalicio más que abarcada— y te ofrecería mis propios conocimientos especializados en este ámbito.
Ojalá estés disfrutando de uno de los descansos más merecidos de nuestros tiempos.
Si necesitas cualquier ánimo, apoyo o adulación adicional para poder aprovechar extensamente tus días, por favor, no dudes en hacérmelo saber.
Seguro que tienes canales mucho más sensatos e inmediatos que los míos.
De momento es lo único que se me ocurre ofrecerte, una fuente inagotable de floridos elogios. A no ser que te animes a ponerte un uniforme de tenis que haya diseñado especialmente para ti, pero bueno, de eso ya hablaremos en persona...
Un fuerte abrazo, (querido héroe)
Tu nueva fan incondicional,
Cósima