Cruz Sánchez de Lara reflexiona sobre la toma de decisiones por inercia y la libertad.

Cruz Sánchez de Lara reflexiona sobre la toma de decisiones por inercia y la libertad. Magdalena Siedlecki

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¿Por qué no bebes?

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Hay preguntas que sobreviven al paso del tiempo porque nadie se detiene a pensar qué esconden. Parecen inocentes. Incluso amables. Pero contienen una visión del mundo.

"¿Por qué no bebes?"

No es una pregunta sobre una copa de vino. Es una pregunta sobre la pertenencia.

El alcohol ha acompañado durante siglos las grandes ceremonias de la vida. Brindamos cuando nace un hijo, cuando se firma un acuerdo, cuando una pareja se casa, cuando un amigo vuelve, cuando otro se marcha. Bebemos para celebrar y para consolarnos, para inaugurar una conversación y para cerrar un duelo. Hemos convertido la copa en un lenguaje compartido, hasta el punto de que, a veces, olvidamos que sólo era una bebida.

Quizá por eso quien decide apartarla de la mesa provoca una extrañeza desproporcionada. No porque incomode su decisión, sino porque rompe un código que creíamos universal.

Hace unos días leí un libro pequeño en tamaño y grande en inteligencia. Se titula No fuimos a llorar por ti. Una reflexión sobre el alcohol, la libertad, la amistad y la alegría. Lo firma Lucio Cortés, el pseudónimo elegido por un alto ejecutivo de sólida formación humanista que ha preferido que las ideas lleguen antes que su nombre.

Tiene la rara virtud de los buenos libros: convierte en extraordinario algo que todos habíamos dejado de mirar.

Lucio Cortés observa qué sucede alrededor de quien deja de beber. No habla del alcohol como sustancia, sino como símbolo. Describe ese instante en el que alguien responde con un sencillo "no, gracias" y descubre que la conversación ya no gira alrededor de la bebida, sino alrededor de su decisión. De pronto aparecen las preguntas, las bromas, las explicaciones que nadie había pedido. La negativa se interpreta como una excepción que necesita ser descifrada.

Es un fenómeno curioso. Vivimos una época que celebra el autocuidado como nunca antes. Admiramos a quien madruga para correr, a quien protege sus horas de sueño, a quien decide comer mejor o cuidar su salud mental. Sin embargo, abandonar el alcohol continúa siendo una decisión rodeada de sospecha. Como si el bienestar necesitara una coartada cuando llega sin una copa en la mano.

Cada vez son más las personas que dejan de beber. Algunas porque su cuerpo se lo pide. Otras porque quieren descansar mejor, trabajar con más claridad, entrenar con más energía o, sencillamente, vivir de otra manera. No hay una única historia. Hay tantas como personas. Y, sin embargo, todas acaban respondiendo a la misma pregunta.

"¿Por qué no bebes?"

Quizá la respuesta importe menos que la necesidad de formularla.

Porque la libertad tiene una propiedad desconcertante: ilumina nuestras costumbres. Cuando alguien se aparta con naturalidad de un rito compartido, obliga al resto a preguntarse si aquello que considera una elección no será, en realidad, una inercia. Y pocas cosas incomodan tanto como descubrir que llevamos años haciendo algo sin haber decidido nunca hacerlo de verdad.

El mérito del libro de Lucio Cortés consiste precisamente en ese desplazamiento. Habla de alcohol para hablar de otra cosa. De la amistad que no necesita excusas líquidas para sostenerse. De la alegría que no depende de un porcentaje de graduación. De la libertad silenciosa de quien toma una decisión sin convertirla en una bandera ni en un juicio hacia los demás.

Las sociedades cambian despacio. Primero cambia la realidad. Después cambian las costumbres. Mucho más tarde cambia la conversación. Quizá estemos entrando en ese tercer momento. Cada vez habrá más personas que pidan agua, cerveza sin alcohol o un refresco, y cada vez menos gente sentirá la necesidad de preguntar el motivo.

Ese día no habrá perdido el alcohol.

Habrá ganado la libertad.

Y una sociedad siempre mejora cuando deja de pedir explicaciones por decisiones que pertenecen únicamente al ámbito íntimo de cada persona.