Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle.
Quién me iba a decir, cuando publiqué Cazar leones en Escocia en 2022, que apenas unos años después una parte esencial de aquella novela acabaría convertida en asunto de conversación nacional?
La literatura tiene estas ironías. Uno cree estar escribiendo sobre personajes concretos, sobre conflictos íntimos o situaciones excepcionales, y de pronto la realidad aparece para recordarle que las historias verdaderamente importantes nunca pertenecen del todo a quien las escribe.
Permanecen ahí, suspendidas en el tiempo, esperando el momento en que vuelven a hacerse presentes bajo otra forma.
Estos días, mientras observo las fotografías de las joyas del expresidente que ocupan portadas, tertulias y conversaciones privadas, no puedo evitar regresar mentalmente a aquella novela.
Algunos pensaron entonces que era una historia sobre una herencia. Otros la interpretaron como una novela sobre el amor, la familia o la búsqueda de la felicidad.
Sin embargo, el verdadero corazón de Cazar leones en Escocia era otro: el peso de la clandestinidad y la carga que ciertos secretos adquieren cuando terminan convertidos en patrimonio.
La trama giraba alrededor de Cata, una mujer que había acumulado una extraordinaria colección de joyas como consecuencia material de una historia de amor clandestina, de esas que pertenecen a otro tiempo.
Un hombre extranjero quería compartir su riqueza con la mujer a la que amaba y, sin embargo, no podía hacerlo de manera abierta. No podía reconocer públicamente aquella relación. Nopodía explicar determinadas transferencias patrimoniales. No podía convertir en oficial lo que pertenecía al territorio de lo secreto.
Las joyas aparecían entonces como una solución tan antigua como humana: una forma de trasladar patrimonio sin necesidad de explicarlo del todo, una riqueza capaz de viajar de mano en mano protegida por el silencio.
Recuerdo perfectamente las conversaciones que mantuve con fiscalistas mientras documentaba la novela. Quería entender cómo se resolvían situaciones parecidas cuando la ficción terminaba y comenzaba la vida real.
Quería saber qué ocurría cuando los bienes creados para la exhibición tenían que permanecer ocultos; cuando una parte de la fortuna de alguien se había construido evitando la declaración al fisco y quedaba inevitablemente bañada por la sombra.
La respuesta de aquellos expertos fue tan sencilla como reveladora: todo acaba aflorando. Llega un momento en que hay que poner nombre a las cosas, regularizar aquello que durante años permaneció oculto y asumir las consecuencias de lo que se decidió mantener en la sombra. Cuando sobre esos bienes planea además la sospecha de un delito, todo se vuelve más complejo.
Cata, la protagonista de mi novela, muere sufriendo por aquello que décadas atrás parecía socialmente tolerado y que hoy resulta impensable.
Había convivido durante años con aquellas joyas. Las disfrutó y, al mismo tiempo, padeció su existencia. Porque hay riquezas que terminan convirtiéndose en una carga: generan inquietud, obligan a convivir con el miedo y con la conciencia de lo mal hecho.
Por eso, cuando llega el momento de transmitir su legado, deja a su hija una petición concreta: que arregle su situación con Hacienda. Que aflore el patrimonio. Que pague lo que deba pagarse. Que saque a la luz lo que durante demasiado tiempo permaneció en la penumbra.
No porque el dinero fuera lo importante, sino porque la libertad sí lo era.
La novela comienza, de hecho, con un gesto profundamente simbólico. El hombre que había regalado aquellas joyas realiza una donación a Miranda, la hija de Cata, una vez fallecida su madre. Le entrega un cuadro. Pero lo hace con todos los impuestos satisfechos, con toda la documentación en regla, con todo perfectamente ordenado.
Es una forma de cerrar una parte de la historia.
Sin embargo, las joyas permanecen pendientes de regularización. Siguen siendo la representación de un pasado que todavía no ha terminado de enfrentarse a sí mismo.
Por eso me impresiona tanto contemplar ciertas imágenes estos días. No porque conozca las respuestas. No porque me corresponda emitir juicios. Mucho menos porque pretenda anticipar conclusiones que solo competen a quienes tienen la obligación de investigar y juzgar.
Lo verdaderamente fascinante es otra cosa.
La capacidad que tienen determinados objetos para convertirse en símbolos. La política española conoce bien ese fenómeno.
Hubo una fotografía que marcó para siempre la percepción pública de una etapa histórica: la de Juan Carlos I junto al elefante abatido en Botsuana.
La fuerza de aquella imagen no residía únicamente en lo que mostraba, sino en lo que representaba. Una parte de la sociedad percibió de pronto una distancia entre el relato oficial y una realidad que permanecía fuera del encuadre.
Aquella fotografía no fue una sentencia. Fue simplemente una imagen. Y, sin embargo, terminó ejerciendo una influencia extraordinaria sobre la memoria colectiva de los españoles.
Existen fotografías que no describen una época. La condensan.
Tal vez exista una explicación para todo. Tal vez los hechos encuentren finalmente su encaje. Está por ver cómo los interpretan la investigación y los tribunales.
Lo que parece indiscutible es que, para muchas personas, las imágenes ya han producido un efecto irreversible. No sustituyen a la verdad ni a la justicia, pero sí condicionan la forma en que una sociedad recuerda.
Las joyas poseen una capacidad singular para provocar esa reacción. Siempre cuentan una historia. Hablan de herencias, de caprichos, de ostentación o de excesos. Hablan de relaciones, de privilegios, de poder y, en ocasiones, también de secretos.
Nadie contempla una joya de extraordinario valor pensando únicamente en su precio. La observa preguntándose por la historia que quedó atrapada en ella.
Las imágenes más poderosas suelen mostrar relatos incompletos. Ante ellas, los seres humanos sentimos una necesidad casi irresistible de completar lo que falta, establecer conexiones e interpretar símbolos.
Cazar leones en Escocia trata, en el fondo, sobre una verdad que la literatura conoce desde hace siglos: el lujo acaba contando su propia historia.
Hace años fue un día de caza en África. Hoy son unas joyas.
Lo que permanece intacto es la extraordinaria capacidad de ciertas imágenes para convertirse en la memoria de una época.