Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle.

Cruz Sánchez de Lara, vicepresidenta ejecutiva de EL ESPAÑOL y editora de Magas y Lifestyle. Magdalena Siedlecki

Actualidad

El regreso del porqué

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Hay imágenes que explican una época mejor que cualquier encuesta. Miles de jóvenes escuchando al Papa en Madrid son una de ellas. La escena tiene una dimensión religiosa evidente, pero reducirla a eso sería quedarse en la superficie.

Revela algo más profundo: la reaparición de una necesidad que muchos creyeron superada y que, sin embargo, sigue acompañando al ser humano generación tras generación.

La necesidad de encontrar sentido.

Durante años, nos acostumbramos a pensar que la historia avanzaba en una única dirección. Más tecnología, más autonomía individual, más capacidad para decidir quiénes somos y cómo queremos vivir.

En ese relato, las viejas preguntas parecían destinadas a perder relevancia. El progreso prometía respuestas para casi todo.

El papa León XIV recorre las calles de Madrid.

El papa León XIV recorre las calles de Madrid. Gtres

Sin embargo, cuanto más sofisticadas se vuelven nuestras herramientas, más evidente resulta que hay cuestiones fundamentales que permanecen intactas.

Vivimos en un momento extraordinario. Nunca habíamos tenido acceso a tanto conocimiento ni habíamos contado con instrumentos tan poderosos para resolver problemas complejos.

Las máquinas ya son capaces de escribir, traducir, analizar y conversar con una eficacia que habría parecido ciencia ficción hace apenas unos años.

Pero la pregunta decisiva sigue esperando respuesta: qué hacemos con nuestra libertad y hacia dónde queremos dirigirla.

La cuestión no es tecnológica. Es profundamente humana. Ningún avance científico ha conseguido responder a las preguntas que terminan organizando una vida.

Que merece la pena amar. Cómo atravesar una pérdida. Qué responsabilidades tenemos hacia los demás. Qué significa vivir con dignidad.

Son interrogantes tan antiguos como la propia civilización y, al mismo tiempo, tan actuales como la conversación que cada uno mantiene consigo mismo al final del día.

Durante décadas identificamos el progreso con la emancipación. Liberarnos de estructuras rígidas, ampliar derechos y ampliar horizontes fue una conquista indiscutible.

Aun así, toda libertad necesita una orientación. Cuando desaparecen las referencias compartidas, incluso quienes celebran la autonomía terminan buscando algún tipo de brújula moral, un punto desde el que interpretar el mundo y otorgar coherencia a su propia experiencia.

Por eso resulta tan interesante observar a una generación que creció en la hiperconectividad y que, sin embargo, vuelve a interesarse por cuestiones relacionadas con la espiritualidad, la fe o la búsqueda interior.

Las respuestas son diversas. Algunos se acercan al cristianismo. Otros exploran tradiciones orientales. Otros encuentran refugio en la meditación o en espacios de silencio. Lo relevante no es la variedad de caminos, sino la existencia de una misma inquietud de fondo.

La filósofa Simone Weil escribió que "la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad". Cuesta encontrar una observación más pertinente para nuestro tiempo. Vivimos rodeados de estímulos que compiten por nuestra mirada y por nuestro tiempo.

Cada pantalla reclama unos segundos más de atención. Cada plataforma intenta retenernos un poco más. La dispersión ha dejado de ser una excepción para convertirse en una condición permanente.

En ese contexto, detenerse adquiere un valor inesperado. Quizá por eso tantas personas buscan espacios de recogimiento en medio de una cultura construida sobre la interrupción constante.

María Zambrano defendía que el ser humano necesita algo más que inteligencia para orientarse en la vida. Necesita esperanza. Necesita significado. Necesita una forma de comprender quién es y cuál es su lugar en el mundo.

Existe además una transformación cultural de la que apenas hablamos. Durante siglos, las personas aspiraron a ser recordadas. Hoy aspiran a ser vistas.

La diferencia parece pequeña, pero cambia muchas cosas. Ser visto pertenece al presente; ser recordado pertenece al tiempo. Lo primero depende de la atención momentánea. Lo segundo exige haber dejado una huella capaz de sobrevivir a la inmediatez.

Quizá ahí se encuentre una de las grandes contradicciones de nuestra época. Nunca fue tan sencillo alcanzar visibilidad y nunca resultó tan difícil permanecer.

La actualidad se ha convertido en una fuerza tan poderosa que amenaza con devorar todo lo que no pertenece al instante.

Entre quienes dominan la conversación pública y quienes ayudaron a pensar el siglo XX se ha abierto una distancia cada vez mayor. No es un problema de formación. Es, sobre todo, un problema de memoria.

Hace décadas, T. S. Eliot formuló una pregunta que hoy parece escrita para nuestro presente: "¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?".

La vigencia de esa reflexión revela hasta qué punto seguimos enfrentándonos al mismo desafío. Sabemos cada vez más sobre el mundo, pero seguimos necesitando comprender qué significado tiene nuestra propia existencia dentro de él.

Confundimos a menudo la secularización con la desaparición del hambre espiritual. Son fenómenos distintos. Las instituciones cambian, las costumbres evolucionan y las sociedades transforman sus referencias culturales.

Y la necesidad de encontrar significado permanece. Cambia de lenguaje, cambia de forma y cambia de escenario, pero permanece.

Por eso las imágenes de jóvenes rezando, meditando o buscando momentos de silencio no deberían sorprendernos. Son la expresión contemporánea de una búsqueda muy antigua.

Cuanto más acelerado se vuelve el mundo, más valor adquiere la pausa. Cuanto más ruido nos rodea, más atractivo resulta el silencio. Cuanto más efímeras parecen las cosas, más importante se vuelve aquello que merece durar.

La gran paradoja de nuestro tiempo no es que las máquinas hayan aprendido a responder preguntas.

La verdadera paradoja es que, mientras ellas ofrecen respuestas cada vez más sofisticadas, los seres humanos vuelven a interrogarse sobre cuestiones que ninguna tecnología resolverá por nosotros: quiénes somos, qué amamos y por qué merece la pena vivir.