Un gato gris nacido con las orejas abajo.

Un gato gris nacido con las orejas abajo. Archivo redacción

Mascotario

Los veterinarios coinciden: los gatos pueden aprender órdenes sencillas con sesiones diarias de 2 minutos

El veterinario Carlos Gutiérrez explica cómo comunicarse eficazmente con los gatos mediante órdenes sencillas y directas que aprovechen su motivación natural.

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Angelica Rimini
Publicada

Aunque es común pensar lo contrario, los gatos tienen la capacidad de interpretar y atender órdenes sencillas, pero su educación exige entender cómo funciona su aprendizaje.

Tal como explica Carlos Gutiérrez, en un vídeo de YouTube, la clave no está en que los felinos comprendan el lenguaje humano como lo haría un niño, sino en el contexto, la repetición constante y la asociación positiva.

De hecho, el especialista aclara que "nuestros gatos no son niños pequeños. No entienden las palabras propiamente dichas al principio, sino el contexto en el que se desarrollan esos eventos y todo lo que hacemos relacionado con eso".

Lograr que un gato entienda comandos simples como "ven", "súbete ahí" o "bájate" es perfectamente posible, aunque existen límites instintivos insuperables.

Por ejemplo, es imposible lograr que un gato deje de perseguir a una presa, como los pájaros en un balcón, únicamente mediante órdenes verbales, ya que el instinto de caza es biológicamente irrefrenable.

La motivación del momento

Para educarlos con éxito, el proceso debe integrarse de forma natural aprovechando la motivación del momento. Para introducir una orden, conviene utilizar aquello que activa al felino en ese instante, como una golosina atractiva, comida húmeda o el sonido del alimento al caer en su cuenco.

Al emitir una palabra corta o activar un clicker justo cuando el felino acude atraído por la comida, el animal comienza a asociar ese sonido con la acción de acercarse.

Las palabras elegidas deben ser muy breves o monosilábicas, e incluso se pueden emplear sonidos específicos como un chasquido de dedos si se usan siempre en un contexto determinado.

Gutiérrez ilustra esto con su propia experiencia: suele chasquear los dedos y señalar hacia el suelo cuando desea que su gato Alcachofo se baje de la encimera de la cocina.

El lenguaje corporal

Acompañar las palabras con el lenguaje corporal resulta fundamental. Es recomendable agacharse a su altura y ofrecer el dorso de la mano, un gesto mucho menos intimidante.

Si el gato no atiende a la señal al principio, se le puede guiar o bajar suavemente con las manos mientras se pronuncia el comando, por ejemplo "abajo", para premiarlo inmediatamente después en cuanto permanezca en el suelo.

Todo este proceso requiere de una coherencia estricta, por lo que la orden y la respuesta humana deben ser idénticas siempre y respetadas por todos los miembros del hogar. Si una persona prohíbe una conducta y otra la tolera, el animal se confundirá.

El veterinario pone de nuevo como ejemplo a Alcachofo: el gato no le muerde la mano a él durante el juego porque sabe que la interacción se detiene de inmediato, mientras que con su pareja Jose, al ser más permisivo, el gato sí mantiene la costumbre de morder.

2 minutos de sesiones al día

La paciencia y la brevedad son los pilares del entrenamiento felino, por lo que las sesiones nunca deben superar los dos minutos para evitar que el animal pierda el interés o se aburra.

Además, Gutiérrez advierte que jamás se debe repetir una orden en bucle sin actuar —como decir "abajo, abajo, abajo" de forma continua—, ya que la palabra termina perdiendo todo su significado para el felino.

Entre los errores más habituales al educar a un gato destacan el uso de recompensas de poco valor, como pienso seco o simples caricias en lugar de premios llamativos. Además, desaconseja emplear la palabra o sonido en contextos cotidianos fuera del entrenamiento, intentar enseñar al animal cuando está somnoliento, muy excitado o en ambientes ruidosos, o pretender que aprenda órdenes complejas que van en contra de su naturaleza.

Por último, el especialista distingue entre enseñar una orden y corregir conductas en situaciones de riesgo, como un gato intentando trepar una red en la terraza para atrapar aves.

En estos escenarios no sirve dar una orden, sino que es necesario aplicar estrategias de interrupción —por ejemplo, distraerlo lanzando un juguete hacia el interior de la casa— y asumir la responsabilidad como cuidadores garantizando la seguridad del espacio mediante cerramientos sólidos o supervisión constante.