Rocío Mora y sus perros.

Rocío Mora y sus perros.

Mascotario

Rocío Mora, abogada: "Me quitaría años de vida para dárselos a mis perros porque, desde que llegaron, soy feliz"

La directora ejecutiva de la entidad contra la trata de mujeres encuentra su refugio en Bruce y Tom que la acompañan en los momentos más adversos.

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Para Rocío Mora, la vida más allá de su incansable lucha al frente de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención a la Mujer Prostituida (APRAM) tiene nombre propio, o más bien dos: Bruce y Tom. En su día a día, marcado a menudo por la dureza de las realidades que enfrenta, este par de peludos se ha convertido en su refugio más incondicional.

"Desde el primer día fueron uno más de la familia", confiesa la abogada y activista por los derechos de las mujeres española en una entrevista para Mascotario. Para ella, la etiqueta de "mascota" se queda irremediablemente corta; el vínculo es tan profundo que, si tuviera que cometer la mayor de las locuras por ellos, no lo dudaría un instante: "Me quitaría años de vida para dárselos a ellos".

En este hogar, cada perro aporta una pieza fundamental a su ecosistema emocional. Bruce, un labrador de siete años, es el equilibrio perfecto.

Llegó a su lado para devolverle la ilusión tras la dura pérdida de otro perro de la misma raza, y hoy es su pilar más sereno, además de un confeso comilón.

Tom, por su parte, es un border collie de seis años que representa exactamente lo contrario: la sobreactividad pura. Amorosísimo y con una lealtad que Rocío describe como "fuera de lo normal", es la sombra que adora pasar tiempo a su lado.

Ambos comparten una energía desbordante que, admite, muchas veces la supera. Son perros tremendamente sociables que van saludando a todo el mundo a su paso, una extroversión que a Rocío a veces le da un ligero reparo por si a alguien no le gusta, pero que en el fondo de su corazón adora.

Comparten códigos secretos, y basta con pronunciar las claves mágicas —"vamos a la calle" o "vamos a comer"— para que la alegría estalle en casa.

Si Bruce y Tom tuvieran voz propia, Rocío está convencida de que su exigencia diaria sería una declaración de amor: "Quédate con nosotros y disfrutemos todo el día".

Y es que hacen por ella lo que nadie más ha sabido hacer igual: estar a su lado de forma incondicional. En los momentos más adversos, cuando la tristeza asoma o el cansancio pesa, no necesitan articular palabra para salvarla un poco.

Su sola presencia la arrastra de vuelta a la rutina y la aleja de las cosas malas. Son su ancla. Tanto es así que, si las reglas del mundo no existieran, se los llevaría consigo a todas partes, incluso a la oficina.

Y si tuviera que regalarles un paraíso terrenal a medida de sus instintos, el reparto sería claro: la inmensidad del campo para el incansable border collie y la frescura de la playa para el labrador.

La banda sonora de esta manada oscila entre la fuerza de The Best de Tina Turner y la energía incombustible de The Boss de Bruce Springsteen.

Una mezcla perfecta para lo que Rocío Mora titularía sin dudar como el libro autobiográfico de su día a día: Mi vida con dos perros. La alegría de la vida perruna.

Lejos de pensar en la melancolía del futuro o en cómo se recordarán mutuamente, ella elige aferrarse al presente y exprimir la vida con ellos hasta el final, resumiendo su historia con la certeza más simple y poderosa: "Desde que llegaron, yo soy feliz".